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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

El mensaje del independentismo cala entre los resentidos

José Manuel Otero Lastres el

Casi todos, incluidos los independentistas catalanes, solemos tener un magnífico concepto de nosotros mismos. Pero somos como somos y, más que como creemos, como nos ven los demás, ya que la dura tarea de vivir depara suficientes ocasiones para que acabemos por mostrarnos tal como realmente somos. Es cierto que tratar de calificar a un grupo de personas por un rasgo común implica cierta falta de rigor, pero no lo es menos que explicar la creciente aspiración de una parte del pueblo catalán a ejercitar un derecho inexistente, como es el de autodeterminación, es una tarea intelectual inaplazable.

Habrá muchas razones para explicar por qué alguien se vuelve independentista y sería un error sostener que no hay gente que cree de buena fe en las causas que fundamentan el secesionismo. Pero también lo sería sostener que todos los que se unen al independentismo son idealistas que creen de verdad en este credo político. Por eso, descartados los que sean de buena fe, me voy a detener en otras posibles razones para explicar este fanático ideario político.

En mi Entrada de este blog del 28 de febrero de este año, titulada “El independentismo, ganarse la vida a lomos de una gran mentira”, afirmaba: “después de oír los mítines que soltaron ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo algunos de los independentistas catalanes acusados del golpe de Estado constitucional, me ha invadido la sensación de que viven a lomos de una gran mentira con el fin de conseguir el medio que les sirve de sustento. Dicho de otro modo, sus afirmaciones sobre el derecho de Cataluña a independizarse de España y a constituirse como una república independiente son el maná que recogen cada día tras excitar las creencias de los ciudadanos”.

Hoy, a esa explicación puramente económica, añado otra de tipo espiritual, como es la de que el independentismo puede encubrir una grave enfermedad del alma, como es el resentimiento. En efecto, la segunda acepción del Diccionario de la RAE, de la palabra resentimiento es “tener sentimiento, pesar o enojo por algo”. Pues bien, después de haber leído algo de lo que escriben los independentistas, creo que no me equivoco demasiado si digo que tienen  pesar o enojo porque Cataluña forme parte de España.

El número de los resentidos es mucho mayor de lo que creemos. Pero no es fácil descubrirlos, porque, como dice el doctor Marañón, son hipócritas y suelen revestirse de una especie de falsa virtud, que engaña a los distraídos. El doctor Marañón, en su libro sobre el emperador Tiberio, ha descrito con gran maestría los rasgos más llamativos de tan compleja forma de ser. Con sólo recordar algunos, bastará para que el lector caiga en la cuenta de cuántos resentidos pueden haber abrazado el credo independentista.

Al contrario que Unamuno, que calificaba el resentimiento como «pecado capital» -de mayor gravedad incluso que la ira y la soberbia- Marañón lo consideraba como una pasión, es decir, una perturbación o afecto desordenado del ánimo. Añadía este ilustre escritor que, aunque el resentimiento es fruto de una agresión, sólo anida en las almas propicias. Porque la agresión que en la mayoría causa un simple sufrimiento pasajero que se olvida, en los resentidos se enquista, permanece para siempre en el alma y acaba siendo la que rige toda su conducta.

El resentido es una persona sin generosidad, que reacciona generalmente contra el destino. No sólo son incapaces de agradecer lo que se hace por ellos, sino que acaban por transformar los favores que reciben en combustible de su resentimiento. Suelen rondar en torno a los poderosos, los cuales engendran en el resentido un sentimiento contradictorio: se siente, al mismo tiempo, atraído e irritado por el poderoso. Por eso, el doctor Marañón advierte a los poderosos que «crece a su sombra, y mil veces más peligroso que la envidia, el resentimiento de los que viven de su favor». Otra característica del resentido es la desarmonía que existe entre su capacidad real para triunfar y la que él se atribuye. Por eso, el fracaso es fruto del destino o culpa de los demás, nunca de ellos mismos; y el triunfo, lejos de curarlo, lo empeora, ya que lo reafirma en la justificación de su resentimiento.

Desde luego, el victimismo permanente de los independentistas, su predisposición habitual a culpar de todo a “Madrid” y su falta total de autocrítica, son rasgos propios de los espíritus resentidos. Y lo mismo cabe decir de su insaciable apetito por obtener prebendas a costa de los demás españoles. Aunque este apetito de los secesionistas se produjo desde el inicio de nuestra reciente democracia, se ha ido haciendo más firme y seguro a lo largo de los períodos en los que las urnas no depararon mayorías absolutas. En estos años, a medida que España se debilitaba, se iba fortaleciendo el parásito secesionista, cuyo alimento eran los nutrientes que le correspondían y otros ajenos –casi siempre de las Comunidades Autónomas más pobres- que succionaba sin reparo alguno.

Pero lo más grave del resentimiento es que no tiene cura, porque su única medicina es la generosidad. Y esta nobilísima pasión, como dice el maestro Marañón, nace con el alma: se puede fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene.

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