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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

La prudencia es políticamente correcta

José Manuel Otero Lastres el

No hay que ser muy perspicaz para caer en la cuenta de que los tiempos actuales siguen siendo difíciles, aunque la verdad es que la crisis ha golpeado más severamente a los que menos tienen. La pobreza lleva tiempo sobrevolando en círculo sobre un sector cada vez más amplio de ciudadanos españoles. Sobre muchos ya ha hecho caídas en picado, convirtiéndolos en presas desesperadas que no pueden soltarse de sus garras. Y si una parte de ellos todavía no se ha rendido no es tanto por el socorro que perciben del pomposamente llamado Estado del bienestar, cuanto porque hay muchas almas caritativas que comparten lo que tienen con los necesitados: virtuosos, como dijo Quevedo, que «siembran en los pobres siguiendo la agricultura de la limosna».

Pero que en nuestros tiempos sea tan necesaria la caridad no deja de ser una anomalía. Es cierto que siempre habrá a quién socorrer, pero es un fracaso político inadmisible que una parte cada vez mayor de los ciudadanos tenga que satisfacer sus necesidades vitales recurriendo al subsidio de organizaciones y personas privadas dedicadas a ayudar a los más necesitados. Los pobres, por no tener, no tienen quien les escriba, salvo para decirles lindezas como «al pobre poco bien le socorre».

Tenemos que conseguir que el crecimiento económico y el consiguiente descenso del paro permitan al Estado reforzar las políticas sociales hasta poder liberar parcial y progresivamente a esas instituciones benéficas de la enorme carga que soportan. Estoy seguro de que son tan conscientes de la importancia de su labor que ni siquiera se quejan. Pero hay que volver a la situación en la que la asistencia social que prestaban se limitaba a suplir a la del Estado en el territorio abandonado de los herederos de la nada.

Las necesidades son grandes y urgentes, pero las medidas a tomar tienen que ser meditadas y certeras. Como dijo Tucídides, «para el gobierno son mejores los ingenios tardos y moderados que los agudísimos y veloces». Es verdad que una buena parte de lo que tenemos que hacer ya nos ha sido indicado por la Unión Europea y los demás organismos internacionales, por lo que queda poco margen para la improvisación.

Pero como es tiempo de profundizar en las reformas que nos van a afectar a casi todos, no está de más reclamar que se sigan desplegando las velas hacia los vientos de la prudencia. Estamos empezando a superar la tempestad, y no es momento de maniobras audaces, ni tiempos para la temeridad. Tenemos que capear la tormenta, ponernos al abrigo del viento huracanado para salir definitivamente airosos de la crisis.

Y para todo ello hay que pertrecharse con el coraje de la prudencia. Porque como también escribió Quevedo, «el prudente sabe juntar muchas conjeturas de cosas para sacar un juicio cierto».

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