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«Ojalá que llueva café»

«Ojalá que llueva café»
Marisa Gallero el

Antes de que Mariano Rajoy de la cara con Pedro Sánchez este lunes en prime time y éste le pueda soltar su frase más ingeniosa: «Un vaso es un vaso, sí, y un plato es un plato, ¡y un sobre es un sobre!», apostillados más tarde por Albert Rivera y Pablo Iglesias como si fueran Statler y Waldorf, los dos personajes de Barrio Sésamo que siempre aparecen sentados en el palco de un teatro y critican todo en un tono socarrón, el presidente del Gobierno tan aficionado a salir en las pantallas de plasma, ha cambiado de estrategia en campaña y quiere entrar en el salón de su casa.

Mª Teresa Campos, la primera gran reina de las mañanas, ha recibido a Rajoy en “Qué Tiempo Tan Feliz” al ritmo de Los Brincos, porque el jefe del Ejecutivo era mucho de ir a guateques. Y más allá de unas pequeñas pullas a Pedro Sánchez: «No tenía que estar» en el debate a cuatro. «El líder de la oposición debe debatir con el presidente del Gobierno»; o a Pablo Iglesias: «Hay partidos que han nacido hace media hora. Es positivo que estén en las instituciones y no en la Puerta del Sol»… Su objetivo era hablar de las pensiones y transmitírselo a los tres millones de espectadores potenciales que tiene el programa.

«No puede afectar a las pensiones», le dice la Campos. Y esa es la clave. El mensaje de toda la entrevista, aderezado con el “Te quiero” de Nino Bravo dedicado a Viri, su mujer. «No vamos a tocar las pensiones, porque son las personas que tienen mayores dificultades —explica cómodamente Rajoy—. Nos muestra la importancia de la familia… Somos el segundo país del mundo donde más se vive… Yo soy optimista». A lo que le responde la presentadora con un elocuente: «¡Dios le oiga!».

Rajoy ha decidido que su hábitat natural, para llegar a un público que no se conecta a las redes sociales, y muchos olvidan que existe, es mejor estar en la casa de Bertín Osborne, o en el programa de la Campos. No le compromete ni se la juega. Por eso se refugió en Doñana como si fuera el lince Ramón –como cantaba Kiko Veneno–, un animal político en peligro de extinción, que no podía compartir atril con sus contrincantes para no desentonar, por eso de ser el único que tenía acta de diputado desde 1981, en las primeras elecciones autonómicas gallegas.

Al ser en diferido, la Campos no le preguntó qué opina del desmentido del Gobierno de sus palabras de que el ataque en Kabul «no ha sido contra la embajada de España», ni tampoco le acorraló con una pregunta directa sobre corrupción. Quedó despachado con «el que haya robado, que devuelva lo que robó», porque era mejor terminar con la canción elegida por Mariano: “Ojalá que llueva café en el campo”. ¿Tendrá un mensaje subliminal?

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