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‘Coronado de Espinas’, una joya en la inclusa

Luis Miranda el

Si en Córdoba costaba que las cofradías llevasen en su repertorio las marchas propias, ¿qué se podía esperar de aquellas que no tenían una dedicatoria expresa y por lo tanto no había nadie que las pidiese, al menos en la salida y con ganas de quitársela de en medio, como pasó tanto tiempo? Serían composiciones huérfanas, del fondo de alguna banda valiente para algún concierto o con algún cofrade con capacidad de escuchar y sin las orejeras para marchar por el camino trillado. En realidad las primeras, las que se escribieron en el siglo XIX, fueron así, marchas fúnebres con un número como las de Martínez Rücker o dedicadas a la procesión oficial del Santo Entierro, como Un Recuerdo. A partir de los últimos años 40, los autores ya comenzaron a escribir para cofradías concretas, que a veces incluso apreciaron lo que tenían, o aprendieron a hacerlo.
Los años grises de la Semana Santa de Córdoba, cuando tras los pasos casi no había más banda que la Municipal tocando en la carrera oficial cada día a una, pudieron tener una consecuencia paradójicamente feliz: su archivo se nutrió de grandes obras que, sin el criterio caprichoso de cofradías ni mucho menos capataces, llegaban por sus solos valores musicales, y así se quedaban, se interpretaban y se grababan. Y en algún caso hasta se hacían cordobesas.
Coronado de Espinas es una de las marchas más enigmáticas del patrimonio musical de Córdoba, si es que le pertenece, porque es más fácil hablar de su autor que de ella misma. Joaquín Reyes Cabrera nació en Jaén en 1914 y se formó primero en su ciudad y más tarde en el Real Conservatorio de Música de Madrid y en Múnich, hasta que ganó las oposiciones a catedrático de Armonía Aplicada en Córdoba en 1944. Fue director del Conservatorio desde 1945 hasta 1968 y dinamizó la vida cultural de Córdoba con muchos conciertos, propios como pianista y de destacados intérpretes. Fue miembro de la Real Academia de Córdoba y murió en la ciudad en 2005.
De Coronado de Espinas ni siquiera se sabe la fecha, que bien podría estar entre las décadas de 1960 y 1970. Para el músico Rafael León, primer gerente de la banda de música María Santísima de la Esperanza, la pudo escribir para Jaén con el título de La Santa Faz, para una cofradía con este mismo nombre que quería impulsar su sobrino, y que finalmente no salió adelante. La marcha acabó entonces en la Banda Municipal de Córdoba, de forma literal: las partituras originales siguen en el Archivo Municipal, donde está toda la documentación de aquella formación. Para Jaén también escribió otra marcha, Expiración, hacia 1950, de carácter solemne.
Allí las encontró Rafael León, con el nuevo título, Coronado de Espinas, pegado con engrudo encima del original. ¿Hizo la instrumentación y las particellas Sebastián Valero, compositor y profesor? Pudo ser, pero no es más que una hipótesis suya. El caso es que la marcha se hizo cordobesa, la Banda Municipal la grabó en el primero de sus dos discos en 1980 y los amantes de la música la rescataron junto con las demás, y apreciaron su belleza. Coronado de Espinas es, como muchas marchas cordobesas de aquellos años, de apariencia sencilla y contenido enjundioso. Ya en el primer compás propone, con unas elegantes llamadas, el tema principal, que primero se esboza y después se desarrolla de forma amplia, con una larga melodía de un ritmo muy marcado, que llevan las maderas. Después llega una reexposición del tema en que se suman los metales y que tiene un carácter más marcial. Añade un aire de marcha fúnebre clásica que la haría perfecta para cualquier procesión.

Como muchas marchas cordobesas de siempre, no tiene fuerte de bajos. Pasa directamente al trío, que es de un dulce carácter romántico, con mucho dinamismo. Se interrumpe con una sección contrastante en que los trombones hacen varias llamadas contestadas por las maderas que llevan a una reexposición algo más triunfal y brillante del trío. La marcha deja el gusto de aquellos primeros carteles de la Semana Santa de Córdoba anteriores a la época de Ricardo Anaya, que no tenían a imágenes ni motivos de la ciudad, pero que eran capaces de evocar la fiesta y su espíritu con una belleza más que notable.
Con ese sabor romántico que no olvida el buen caldo de cultivo en que crecieron Gámez Laserna, Báez, Timoteo y Melguizo, termina una marcha que si no es cordobesa de nacimiento sí lo tiene que ser de adopción, ya que reposa en la ciudad y la Esperanza la interpreta y reclama como propia. También en Jaén lo hacen, claro, pero sea como sea siempre se le podrá dar una doble nacionalidad, como la tiene la magnífica ópera prima de Farfán que en Córdoba es En Mi Amargura y en Sevilla, muchos años después, El Cristo de la Exaltación. Todo menos que vuelva a ser una huérfana olvidada en la inclusa del archivo.

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