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Blogs La capilla de San Álvaro por Luis Miranda

El mejor estreno es protegerse

El mejor estreno es protegerse
Luis Miranda el

«Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra». Gustavo Adolfo Bécquer empieza así la cuarta de sus leyendas, titulada La Ajorca de Oro. Es la historia de Pedro, un hombre enamorado al que María le pide un capricho atroz: una joya que lleva en la muñeca la Virgen del Sagrario, la patrona de Toledo. Tiene que subir a su altar y quitársela para dársela a la mujer. Y claro, él se estremece cuando le piden eso: «¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo…, yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!».

Y ya lo decían los clásicos: «Si una mujer te dice que te tires por un tajo, pídele a Dios que sea bajo». Al final Pedro lo hace, pero termina enloquecido y delira entre remordimientos: ha traspasado el umbral de lo sagrado, de aquel espacio que el ser humano no puede profanar sin exponerse a lo terrible. Bécquer, que no era especialmente religioso, utiliza aquel capricho como un símbolo de perdición, como el relato del hombre que deja de ser tan fiel a sí mismo y a sus raíces que acaba por condenarse, porque ha faltado el respeto a Dios. Y a algo más que Dios: también ha profanado la fe de sus mayores. No lo dice, pero se siente como si hubiera robado a su madre o a su abuelo, a los que le enseñaron que robar a la Virgen del Sagrario era como robarse a sí mismo.

De la publicación de las Leyendas hace ya más de 150 años y el mundo ha cambiado tanto que nadie siente pavor sagrado por subirse al altar de una imagen y llevarse las potencias o la corona. Ni naciendo en Córdoba, si es que quienes lo han hecho son cordobeses, tienen el menor respeto al Rescatado o al Cristo de Gracia. Si escucharon la voz de los antepasados que tal vez veneraran a esas imágenes, hicieron pronto oídos sordos, porque este mundo se ha vuelto hueco y quien ni siquiera contempla la posibilidad de creer no va a respetar que los demás lo hagan. Más allá de eso es inútil pedir respeto o empatía a quien dejará más daño, más miedo y más zozobra que el dinero que saque por piezas de ajuar casi siempre de diario.

No habrá ladrones de potencias delirando al pie de las imágenes, así que las cofradías tienen que pensar en maneras mucho menos sobrenaturales de protegerse, y que den tranquilidad sin estorbar al culto y la mejor cercanía. Su forma de pensar hace que siempre sea más importante estrenar un mal estandarte que amortizar la hipoteca de la casa de hermandad, una bambalina de palio a cualquier precio que un sistema automatizado para mover a sus imágenes. Pero van a tener que darse cuenta, aunque sólo sea a golpe de sustos y de perder cosas, de cuáles tienen que ser los estrenos a partir de ahora. Como decía la bolsa en que venía el tensiómetro que me regalaron mis suegros: “El mejor regalo es cuidarte”.

Liturgia de los días

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