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Dignidad

Dignidad
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En el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido sorprende la ligereza con la que se pasa por alto la cuestión de la “dignidad” humana. Se considera estos días que la vida de la persona fallecida no era “digna”.
Es un asunto de máxima gravedad.
La dignidad de la persona es lo que estaría en el fondo de un cambio legislativo.
Pero sin entrar en la peliaguda cuestión de quién lo decide, ¿qué es la dignidad del hombre?
Uno tiene la libertad de decidirlo y tirarse del puente, pero en este asunto se fuerza a una determinación jurídica, de igual manera que la cuestión del aborto (se quiera o no) obliga a legislar sobre lo que sucede en el cuerpo de la mujer. Vida y umbral de vida son, queramos o no, cuestiones políticas.

Y aquí es donde los argumentos “liberales” y los de “mi derecho a” (el nuevo “derechismo”) se salen de su correcta calle individual y entran en lo común. Se apela a la libertad individual o de una pareja para decidir. Sí, pero en la legislación sobre el asunto se participa desde el momento en que se decide qué es la dignidad humana. Y aquí entramos todos.
Quiero decir, no es que se quiera entrar en ello, es que no se puede no entrar.
Por otro lado, este asunto se manifiesta, y en cierto modo se camufla, mediante los derechos que se crean/proclaman. La dignidad no se define pero queda expresada como un catálogo de derechos. Ahora sería algo así como el derecho a la eutanasia.
¿Quién puede negar un derecho al otro?
¿Quién sería tan cruel de negarle al otro disponer de su vida en un momento de sufrimiento así?
Y con este birlibirloque se burla el debate, porque el asunto de fondo sigue intocado: qué es la dignidad humana y, más alla: qué es ser hombre.

La dignidad protege lo que el hombre no tiene que sufrir en tanto hombre, no aquello que sufre por ser hombre.

La enfermedad y sus consecuencias, por atroces que sean, por infernales que sean, ¿son indignas? ¿Cómo pueden ser indignas si son plenamente humanas?
Junto a la conmoción por el dolor y el fallecimiento de estas personas es inevitable que surja la pregunta.
Reconocerlas así ¿no significaría distinguirlas de lo humano? Habría experiencias humanas que no serían dignas del hombre. El argumento de aquellos que dicen que la vida biológica no es necesariamente vida humana.

La persona no tendría que cargar con todo aquello que es vida biológica y con lo que no quiere cargar (el gran enemigo actual de la ideología parece ser la terca realidad biológica).
Pero lo anterior ¿rehumaniza o deshumaniza?
Ese concepto de la dignidad entra de lleno en lo humano y elimina de la experiencia humana lo que se considera insoportable, intolerable o invivible.

Aparece aquí además la dignidad expresada en sentidos un poco distintos.

Se utiliza la dignidad como “calidad”. Una vida “no digna” como se dice una “vivienda no digna”.
Hay “niveles de vida” en los que la vida ya no “compensa”. Ya no es vida.

La dignidad también como “merecimiento”. Hay cargas sobrehumanas, padecimientos y dolores que no sería dignos, es decir, que no nos mereceríamos.
Hay dolores desproporcionados para nosotros, que no tienen una relación proporcionada con lo que podemos soportar o merecemos soportar.
La desdivinización da un paso más. No tenemos que soportar dolores más allá de los que estamos dispuestos a soportar en función de nuestras capacidades y umbrales, por lo que intervenimos en lo que es humano y lo reconsideramos.
Lo que es humano desaloja aquello que debía aguantar sin poder dejar de hacerlo. Achatamos lo humano, se limpia de experiencias extremas, de lo atrozmente humano. Se reconsidera lo humano sin relación ya con lo extrahumano, es decir, con lo divino o sagrado.
Lo extrahumano en el sentido también se ser excesivamente humano, insoportablemente humano.
El hombre ya no es a imagen de Dios, sino que tiene su propia imagen de sí y prescinde de aquello que siendo suyo, del hombre, ya no le parece propio.

Se eliminan todas las desproporciones. En una nueva escala de proporciones, nuevo Vitruvio del dolor.
El hombre sufre aquello que es digno, es decir, aquello que merece. No hay calvario, no hay Gólgota.
Si ya no hay Dios, ¿por qué sufrir un castigo que parece venir de otro sitio?
Ya que no hay sentido, ya que la vida no tiene sentido, se elimina así el gran sinsentido del sufrimiento.
La vida no tendría sentido, pero tampoco tendría sinsentido. La vida se estabiliza lejos de esas fronteras y pide y ofrece “calidad”.

La eliminación de lo sagrado afectó a Dios. Muerto Dios, este vacío ya nos afecta a nosotros al ir eliminando de lo humano determinadas experiencias. Elimina lo que siendo humano se considera sobrehumano o inhumano. Es decir, vamos mondando la experiencia humana de sus periferias y extremosidades.
Esta intervención parece algo trascendental.

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