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Blogs French 75 por Salvador Sostres

Un día de lluvia en Nueva York

Salvador Sostres el

Mi simpatía por Jaume Roures es descriptible y así lo he acreditado en todos los artículos que sobre él he escrito. Pero he de agradecerle el gesto que ha tenido con Woody Allen y que gracias a él podremos ver “Un día de lluvia en Nueva York”, que la industria americana había repudiado por culpa de las acusaciones sexuales de la hija adoptiva del director.

No me interesa la vida personal de Woody Allen, no me interesa su currículo delictivo -si es que tiene alguno- ni siquiera estoy de acuerdo con la mayoría de sus planteamientos vitales ni mucho menos morales. Me interesa que es un genio, me interesa su cine como sustancia artística y me interesa el arte porque es el motor del mundo.

Me interesa la estética, la inteligencia, el gusto de Woody Allen. Me interesa lo que a él le interesa aunque lleguemos a conclusiones distintas. Me enloquece el título “Un día de lluvia en Nueva York” porque automáticamente me transporta a todo lo que me gusta.

Me dan asco los rumores, las acusaciones indemostradas, los linchamientos, la hipocresía de los que ahora dicen que se arrepienten de haber trabajado con un genio porque alguien ha dicho algo sobre él. No se puede triturar a un hombre porque alguien le acuse de algo sin aportar ninguna prueba. No se puede amordazar a un genio ni siquiera si es culpable de las mayores atrocidades de todos los tiempos.

Ni sé ni me interesa lo que hacen en su tiempo libre los genios. Me interesa exclusivamente su obra, de la que la Humanidad depende. Si los que han perseguido, linchado a Woody Allen, y han pretendido silenciarlo, hubieran vivido en los años de Miguel Ángel, no habríamos conocido a David ni la Capilla Sixtina. El mundo puede seguir sin hipócritas, sin cínicos, sin las señoritas aficionadas de la corrección política, pero no puede vivir sin genios, sin arte, sin metáfora, sin el talento conectado al alma y el alma alargando sus dedos para tocar la cara de Dios.

Todo lo demás son asuntos menores, meramente relacionados con el tráfico diario. Ni el peor crimen restaría ni un ápice de belleza ni de inteligencia a cualquier película de Woody Allen, tal como lo que hacía Buonarroti con los niños no empaña su mítica bóveda vaticana -aunque tal vez la explica.

Si Woody Allen tiene que ser juzgado, que lo sea. Si tiene que ser condenado, no me opondré a ello. Pero mientras tanto, tiene todo el derecho del mundo, y todo el deber de los hombres que han recibido la Gracia de tan extraordinario talento, de continuar trabajando con la misma dedicación y abnegación de siempre. Y aunque se pudriera en el rincón más ínfimo de la más fría cárcel, su obra continuaría siendo magnífica, y un privilegio y un orgullo para cualquier persona sensible.

Los linchamientos son barbarie. Dar pobre comprensión a los genios es barbarie. Roures ha sido un valiente por defender a su ídolo, por no importarle lo que le digan, por salvar de la quema a un genio y porque gracias a él “Un día de lluvia en Nueva York” se estrenarà en España el próximo 4 de octubre.

La Civilización se asienta en estas demostraciones de valor, honor y hombría. Manotazos de luz para disipar el miedo. Defender a un genio es defender a Dios aunque luego Dios decida mandarlo al infierno.

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