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Lágrimas de Pétula – Pétula Koboya (República Centroafricana)

Ignacio Gil el

 

Hay lágrimas de dolor, hay lágrimas de desesperanza y las hay de tristeza. Hay lágrimas de rabia y lágrimas de impotencia. Pétula derrama todas estas lágrimas mientras narra el infierno por el que ha pasado. Tiene veinticuatro años, y un hijo de ocho ya, y ha tenido que soportar los golpes más crueles imaginables.

La mayor de seis hermanos, dejó su Bangui natal para proseguir sus estudios universitarios de contabilidad en Marruecos, la garantía para mejores oportunidades en el futuro. Pero la guerra en su país, República Centroafricana, truncó sus sueños. Una tarde aparentemente tranquila, un grupo armado irrumpió violentamente en su casa, raptando a su madre (acabaría como esclava sexual del comando en su cuartel) y violando a su hermana pequeña. Cuando su padre intentó defenderlas le mataron de un tiro a bocajarro. El resto de sus hermanos y su hijo salieron huyendo despavoridos. Aun hoy Pétula no sabe donde están todos, si viven y qué ha sido de ellos. Esa incertidumbre le tortura y es tan dolorosa que le impide recobrar la paz.

Mientras, Pétula, al quedarse sin el apoyo económico de su familia tuvo que abandonar sus estudios. Aún le quedaba lo peor por sufrir. “No tenía a nadie a quien acudir. Me sentía sola, asustada y atrapada. Vivía en la calle y mendigaba para sobrevivir. Una noche mientras dormía en el parque, un grupo de hombres me asaltó sexualmente”. Más lágrimas. Física y emocionalmente destruida y desorientada, comprendió que su vida corría peligro y que regresar a su país era del todo imposible. Con la ayuda económica de un familiar consiguió comprar un billete de avión que hacía escala en Madrid, y tuvo el coraje suficiente para aprovechar la parada y solicitar asilo en el aeropuerto de Barajas.

Recordar el pasado abre sus heridas, aun demasiado profundas y recientes. Siente que se vuelve loca, que no puede soportar más el dolor que le producen sus recuerdos. “¿Cuando y como encontraré mi paz interior?” pregunta una y otra vez, mientras las lágrimas le recorren las mejillas. Historias como la de Petula nos recuerdan que nadie deja su país y su familia por gusto. Es una superviviente, que ha demostrado ser más fuerte de lo que ella misma nunca imaginó. Paso a paso, con ayuda de ongs, pero aun sin ilusión, Pétula se está poniendo de nuevo en pié. En pocos meses ha aprendido español. El próximo objetivo es encontrar trabajo y  así tener una oportunidad de empezar una nueva vida. La merece.

Rocío Gayarre

 

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