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La velocidad como refugio

Adi Iglesias (Mali)

La velocidad como refugio
Ignacio Gil el

En gran parte de África, las personas con albinismo viven una doble vulnerabilidad: la social y la física. Informes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos documentan que con frecuencia el albinismo se asocia con la brujería o la superstición, alimentando así la estigmatización, la exclusión y la violencia —incluidos ataques, mutilaciones, profanación de tumbas y trata vinculada a partes del cuerpo—, con especial riesgo para mujeres y menores. En ese contexto nació Adi Iglesias, albina, en Mali, donde su piel y sus ojos la convertían, desde el primer día, en blanco de miradas y miedos heredados.

Ella no guarda malos recuerdos de su infancia. “Yo siempre he sabido que era diferente. No había más que ver mis hermanos. Al final ellos eran negros, yo era blanca”. La diferencia se volvió un problema al empezar la escuela. “Empecé el colegio, pero me tuvieron que sacar porque, ahí sí que la gente no lo entendía, el profesor tampoco entendía que yo viese mal”. Sus padres sí eran conscientes del estigma que pesaba sobre ella, no solo por ser distinta, sino por el riesgo real que implicaba ser casi “maldita”. “Me explicaron que tenía que salir de ahí, que tendría mejores oportunidades y una vida segura en Occidente”.

A los once años Adi salió de Mali, con más incertidumbre que equipaje, rumbo a Logroño dónde viviría con un hermanastro. “Todo era nuevo. Hasta entonces, no conocía ni lo que era un coche ni un ascensor, no sabía nada. Y me subí a un avión. Imagínate”. Llegó sin hablar el idioma, sin estudios, sin referencias, y con una discapacidad visual que tampoco aquí supieron identificar de inmediato.

Empezó prácticamente de cero. Las cosas no fueron bien, vivió una situación de violencia doméstica y pasaba mucho tiempo sola y desatendida. El siguiente destino fue por ello un centro de menores y, lejos de relatarlo desde el resentimiento, lo recuerda como un punto de inflexión. “Comprendí que podía seguir estudiando, siempre vi el lado positivo, y quizás en ese momento aprendí cómo empezar a bloquear ciertas cosas que me hacían mal, para poder avanzar”. Su objetivo era claro: “Voy a estudiar, voy a intentar valerme por mí misma cuando cumpla los 18”. Estaba agradecida de tener “un lugar seguro donde dormir y estudiar”, aunque no idealiza esa etapa tampoco. “Es verdad que en un centro de menores no siempre se está bien, porque hay mucha gente que puede ser una mala influencia”. Ella tenía claros los límites “y en la cultura musulmana también nos crían con esa idea de no ir por el mal camino”.

Su vida dio un giro definitivo cuando le propusieron la acogida con una mujer en Lugo. Lina, su madre adoptiva, se convirtió en figura de referencia. Otro cambio, otra adaptación. “Lugo es muy apagado, días lluviosos… para una persona que viene de un sitio más alegre, como lo era Logroño, pues resultaba triste”. Se sintió observada y aislada, especialmente en el instituto. “La gente me miraba muchísimo, estuve muchos meses sola en el recreo”. Aquella soledad adolescente dolía. “Yo no quiero ser rara”, le repetía a su madre, que intentaba enseñarle que “lo raro no era malo, que era riqueza”.

En Lugo encontró su mayor refugio: “La pista de atletismo empezó a ser mi lugar seguro, mi referencia, el lugar donde me podía expresar” y donde hizo sus primeras amistades. No buscaba medallas ni metas épicas. “Yo quería correr y ya está. No tenía una meta clara… No sabía ni lo que eran los Juegos Paralímpicos ni los Juegos Olímpicos, no sabía nada”. Lo que encontró fue un espacio de aceptación. “En el atletismo hay gente de todo tipo, es un deporte tan combinado que hay lugar para todo el mundo”. De ahí su grandeza y su versatilidad frente a otras disciplinas.

Empezó a destacar sin proponérselo. Competía con atletas sin discapacidad y ahí los entrenadores comenzaron a fijarse en ella. “Pues esta chica, puede destacar mucho en el mundo del deporte paralímpico”. No fue una decisión inmediata ni calculada. “No era mi objetivo de entrada”, insiste,” yo solo sabía que quería correr”.

El progreso llegó con el tiempo, el entrenamiento y la confianza mutua con su entrenador. “Tener un buen entrenador que cree en ti y que sabe tus capacidades, lo es todo”. Las marcas bajaban, las pruebas se ampliaban. “El 200 es mi favorito, ni largo ni corto… ahí iba a pelear”. Recuerda con nitidez sus primeras competiciones internacionales y como logró sus mejores marcas.: “Batí el récord de Galicia absoluto, era lo último que me esperaba”. Y siguieron los éxitos y los podios.

Cuando corre, Adi desconecta del mundo. “Yo compito con la mente en blanco. No oigo a la gente gritando en las gradas”. En la pista encuentra una libertad difícil de explicar. “Corriendo me siento libre. Porque al final no dependo de nadie y es donde mejor me pude expresar y donde tengo la oportunidad de ser quien soy”.

Habla también de valores: el espíritu de equipo, la constancia y la disciplina como pilares. Su mirada va más allá del deporte. Piensa en quienes migran hoy como ella lo hizo. “Nadie se va de su país si estuviera bien”. Su mejor consejo: que no se rindan, que crean en sí mismos, que “aunque se sientan solos, hay mucha gente buena en el mundo y os tenderán una mano. Que sigan insistiendo, porque solo insistiendo se abren puertas”.

El futuro lo encara sin triunfalismo. “Sigo entrenando, sigo compitiendo, estoy preparando este año el europeo” y confiesa que viene de dos años bastante difíciles. No oculta la fragilidad. “Son momentos en los que la vida te reta para ver si tú tiras la toalla o no”. Pero Adi sigue. Siempre sigue. Si pudiera cambiar algo de su pasado, no lo haría. “Todo lo que nos pasa nos lleva al lugar donde estamos”. Las dificultades, dice, son las que forjan.

Adi en España transformó el miedo en velocidad: en la pista, cada zancada es memoria y desafío, cada meta una respuesta íntima a quienes la condenaron por existir. Hoy, doble medallista paralímpica, corre con la serenidad de quien ha sobrevivido y con la determinación de quien no olvida de dónde viene; su historia no empieza en el podio, sino en la obstinación silenciosa de seguir adelante cuando el mundo parecía decirle que no. Rocío Gayarre

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