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31 Besos de buenas noches guardados

Carlos Pérez-Pla, Mamen Pérez-Pla y María

31 Besos de buenas noches guardados
Ignacio Gil el

Nuestros mayores son las personas más vulnerables en esta pandemia atroz. Carlos Pérez-Plá tiene 94 años. Empresario, padre de diez hijos, abuelo de 22 y bisabuelo de 5 biznietos – un currículum vital de cum laude – es de esa generación que vivió la guerra, que todo lo ha luchado, que ha levantado el país. Y ahora, no son prioritarios en el reparto de respiradores… Entonces, si enfermase, no tendría todos los cuidados necesarios. Se ha generado un abismo de miedo y tristeza y no queda otro remedio que intentar salvar a Carlos y a todos nuestros mayores metiéndoles en una burbuja de aislamiento. Se han acabado las visitas de los hijos y los nietos, y la rutina diaria de los paseos y el aperitivo en la calle, la cervecita de antes de comer.

Mamen no vive con Carlos, no, vive por y para Carlos. Es una dimensión distinta del amor filial. Carlos no es un padre cualquiera. Es un súper padre. La tragedia golpeó a su familia con el fallecimiento de su tercera hija en un trágico accidente cuando solo tenía 13 años. Su mujer no pudo superarlo, enfermando también. Carlos tuvo que hacerse cargo de todo. Era quien atendía todas las necesidades de sus hijos, acudía a las reuniones del colegio, y acompañaba a sus hijas en la preparación de sus bodas. Siempre estaba ahí para todos y cada uno de ellos. Y siempre cuidaba también a su mujer. Pasaba largas horas atendiéndola, la llevaba a sus citas médicas, y cerraban el día cogidos de la mano, hasta el final.

Mamen siempre estuvo ahí. Se casó y tiene un hijo y dos nietos, pero priorizó el cuidado de sus padres. Son muchos años ya dedicados a cuidarles. Extremadamente paciente, fuerte y vitalista, ha hecho de la logística y de la organización un arte y una vocación. María, se incorporó también al hogar de los Pérez-Plá hace dos años y es la otra mitad del dream team que cuida a Carlos.

En eso ocupa su día, en intentar reestablecer una rutina creíble que le devuelva la paz interior y la alegría a su padre, pero no está siendo fácil. A Carlos este confinamiento le trae malos recuerdos. No hay buenos ni malos, pero si un enemigo, en este caso invisible, pero cuyo aliento letal y doloroso puede sentir Carlos. Desde que inició el confinamiento está a ratos triste y a ratos asustado. Y llega a creer que está otra vez en la guerra. “Papá siempre fue un hombre alegre, dicharachero, divertido, muy señor, galante y sociable, y muy amigo de sus amigos, pero sobre todo, un gran padre”. Ahora le parte el alma en dos verle así. Ella también siente el peso de la responsabilidad y el miedo a que a pesar de todas las precauciones, pueda contagiarle.

Cada noche sigue acostando y arropando a su padre y se abstiene de darle el beso de buenas noches. Duele, pero los guarda cuidadosamente en su mente, ya van treinta y uno, para dárselos todos de golpe cuando todo esto haya acabado. Mamen, gracias por enseñarnos que la vida se mide desde el amor.

Rocío Gayarre

 

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