Rocío Gayarre
Se encienden los focos y Cheikh Khane salta a la pasarela. Camina como si siempre hubiera estado ahí: erguido, elegante y preciso. Su cuerpo se adapta perfectamente a la ropa y permite que fluya y respire. Despierta admiración mientras las miradas se clavan sobre él sumidas en un hechizo. Pero, hubo un tiempo en que su cuerpo no desfilaba, sino que resistía. Antes de las luces y la música, antes de la ropa de marca, fue un cuerpo más en el mar, preso del miedo y rehén de la necesidad. Hoy, mientras encadena pasos sobre la tarima, su historia se despliega como un canto a la esperanza: la de alguien que cruzó la frontera más dura —la de sobrevivir— para acabar habitando otra, mucho más frágil, donde la belleza también es una forma de empezar de nuevo.
Cuenta cómo de dura fue su infancia. “Mi padre tiene cuatro mujeres y tengo 17 hermanos”, vivían todos juntos bajo un mismo techo. Su madre decidió marcharse llevándose a Cheikh y sus tres hermanas pequeñas. “Allí ser hijo de una mujer divorciada arrastraba un estigma terrible. Te convertías en presa fácil del bulling” y sobrevivir se convirtió en un camino de obstáculos casi infranqueables. “De pequeño, la verdad, lloraba muchísimo”.
Aunque fue a la madrasa unos años “nunca he estudiado en ninguna escuela. Nunca. Pero hablo español, francés, inglés, árabe y mi idioma también, perfectamente”. Lo que salta a la vista a sus veintipocos años, es que se ha licenciado en la escuela de la vida. Con nota. Con sólo catorce años ya salió de casa en busca de trabajo. Empezó con la venta ambulante, pero era difícil. Pensó que tendría más oportunidades yendo a la costa y siguió su camino. “Mi único sueño era ayudar a mi madre, que pudiera tener una casa”. Y parecía Europa el destino para acceder a un trabajo mejor y un mundo de mayores oportunidades.
La oportunidad llegó sin buscarla. “Un día un pescador que conocía se me acercó y me propuso ir a España, porque lo que suelen llevar las pateras son los pescadores. Me dijo sin más, mañana nos vamos. Y con el apoyo de familiares conseguí recopilar los 600 euros que costaba el pasaje”. Cheikh no sabía nadar ni al abordar la embarcación les dieron chalecos. Aclara “la travesía era extraordinariamente larga y compleja porque partíamos desde la costa senegalesa. Muchas personas hacen la mayor parte del camino por tierra y llegan a Marruecos y otros puntos de la costa ya muy cercanos a España, pero nosotros no, teníamos por delante muchísimas millas”.
Llevaban agua y comida, pero a medida que pasaban los días fueron escaseando. “Encima el mar estaba muy mal. Hubo un momento que cuando entras dentro del océano Atlántico, las olas eran terribles, como no te puedes imaginar. Y el frío no puedo ni describirlo”. Al principio mantuvo la calma, pero la travesía se alargó hasta diez días. Diez días de terror. Diez días de sufrimiento, frío y sed. Diez días de miedo aterrador. “Estaba totalmente arrepentido de haber montado en el cayuco. Porque huía de la necesidad, sí, pero no merecía la pena, porque en Senegal podría morirme de hambre y ese escenario era mucho mejor que morir ahogado en alta mar”. El último día no tenía ni fuerzas ni esperanza ya. “Sabía que iba a morirme. Hablé con Dios pidiéndole perdón y diciéndole que esperaba que me llevase al cielo”.

A lo lejos divisaron unas luces. “¡Salvados! Recuerdo la hora y el minuto exactos en que vimos la costa a lo lejos. Recuerdo ese momento como el más feliz de mi vida”.
Tras el mar, no llegó la calma. Llegó otra carrera, la de empezar de cero en un país donde todo era nuevo, incluso el idioma. En el centro de acogida, Cheikh entendió pronto que aprender español era otra forma de sobrevivir. “Yo estaba siempre mirando para intentar aprender lo más rápido posible”, recuerda. Tanto, que acabó traduciendo a otros sin entender del todo lo que decía. Solo sabía que había que adaptarse: “Aquí cualquier cosa que pidas, hay que decir por favor” le explicaban.
De Tenerife saltó a la península y Marbella fue el siguiente escenario, y también el primer golpe de realidad. “Desde África ves la cara bonita de la migración. Los que vienen cuentan historias de éxito, visten con ropa bonita, conducen coches… y piensas: España está de maravilla. Pero no es así”. Vivió compartiendo una casa muy humilde con otros diez y haciendo cuentas imposibles y descubrió una certeza: sin papeles no hay trabajo.
Durante tres años, su vida fue una suma de oficios invisibles. Mantero en el paseo marítimo, corriendo cada vez que aparecía la policía: “Cuando me perseguían, yo tiraba las bolsas y corría a toda velocidad, no me pillaban”. Jornalero en Jaén, durmiendo entre cartones y trabajando a destajo en la aceituna. Obrero, fregar platos o lo que hiciera falta. “Me daba igual todo… cogía cualquier trabajo para ganar dinero, y estaba orgulloso de ganármelo con mi sudor”. Cada euro tenía destino: su familia.
En medio de esa dureza, también aparecieron manos tendidas. “La vida a veces te pone ángeles en el camino” y salpica su relato con nombres propios: Lorena, María, o Ana, “mi madre blanca”. Pero el giro llegó casi por azar. Un fotógrafo se fijó en él mientras vendía bolsos en la calle. Le preguntó si era modelo. Yo le dije: ‘¿qué dices?’”. No conocía ese mundo, pero aceptó hacerse unas fotos, con algo de vergüenza e incredulidad y sin imaginar lo que venía después.
Las imágenes empezaron a moverse y llegaron a agencias. Surgieron los primeros castings y los primeros trabajos. Y, de pronto, el salto a la pasarela. “Al final, las imitaciones que vendía yo como mantero… ahora visto las marcas originales”, resume. Hoy desfila con los grandes y con una profesionalidad que ha aprendido como todo lo demás en su corta pero tan intensa vida: trabajando.
Pero nada de eso ha cambiado lo esencial. “Mi único sueño en la vida no era ser modelo ni ser famoso. Era ayudar a mi madre”. Y sigue siendo el motor de su existencia. Hoy Cheikh ayuda a su madre y paga la educación de sus hermanas, ya ha empezado a cumplir esa promesa. Sigue siendo ese niño que salió de Senegal con una idea fija —resistir, avanzar y no dejar a los suyos atrás. La distancia entre la patera y la pasarela se mide con sal: la de las lágrimas, la del mar y la del sudor.
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