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La felicidad verdadera depende de uno mismo – Thubten Wangchen (Tíbet)

Ignacio Gil el

 

Se abre la puerta de la Casa del Tíbet en el centro de Barcelona y el olor al incienso y el color rojo y naranja de las paredes te sumergen sin casi quererlo en otro mundo. En un mundo impregnado de humanidad y serenidad. Y el encuentro con Thubten Wangchen es mágico. La calidez de su mirada te conquista al instante. En su profundidad se adivina una sabiduría serena y paciente.

Nació hace 63 años en Kyirong en el seno de una familia numerosa. Cuando tenía solo cuatro años el ejército chino invadió su Tíbet natal. Secuestraron a su madre, la internaron en un campo de trabajo donde murió fusilada al poco tiempo. Su padre no lo dudó, optó por emprender el largo y difícil camino del exilio huyendo a India, atravesando a pie con sus tres hijos mayores las gélidas montañas del Himalaya. Wangchen lo recuerda aún, era tan pequeño y tan débil que su padre le llevó cargado a hombros gran parte del camino. “Muchos murieron en la travesía, al ser descubiertos por el ejército chino o simplemente por agotamiento”. Dejaron todo atrás, saliendo con lo puesto.

Los primeros siete años en la India dormían precariamente en la calle y tuvo que mendigar para sobrevivir. Esos años que tampoco olvida le marcaron porque le enseñaron cosas fundamentales como “ser feliz teniendo poco” pensamiento fundamental en la filosofía budista. Siempre estará agradecido a la India por esa buena acogida y la oportunidad que le brindó a el y sus compatriotas exilados de obtener una formación y crecer en valores y conocimientos.

A los dieciséis años decidió entrar en el monasterio de Namgyal, donde convivió once años con el Dalai Lama, Tenzin Gyatso. Destaca de él “su coherencia, su alegría, su sentida del humor, y su capacidad de liderazgo, alejado de las ansias de poder que corrompen a tantos otros políticos”.

Desde 1994 que fundó la Casa del Tíbet vive en Barcelona y está nacionalizado español. En abril 2011 fue elegido miembro del Parlamento tibetano en el exilio.

Se define como “optimista, ¡los tibetanos lo somos!” y aboga por una solución pacífica al conflicto de su nación. “La verdad y la no violencia ganarán” asegura.

Tantas décadas de ocupación en el Tíbet arrojan cifras dolorosas de muertes, exilio y represión aún así, el niño refugiado y mendigo, convertido en sabio monje, tiene esperanza y confía que las “cosas difíciles solo tardan más” pero se acaban resolviendo.

Ignacio Gil

 

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