Durante la negociación entre el Gobierno y los secuestradores del pesquero Alakrana, mantuve varios debates apasionados con diversos colegas del periodismo sobre las dudas morales que me suscitaba la negociación. Comparé la cesión del Gobierno ante los piratas con la actitud de no cesión que tuvo el Gobierno durante el secuestro de Miguel Ángel Blanco, actitud que ha sido, por otra parte, la generalizada de todos los gobiernos durante el período democrático ante ETA, tentaciones negociadoras aparte.
Obtuve respuestas muy críticas a mi comparación porque, me decían, ambas cosas nada tenían que ver puesto que el secuestro de Miguel Ángel Blanco y las exigencias de ETA eran políticas y, en el caso del Alakrana, el secuestro y las reivindicaciones eran puramente económicas.
¿Y ahora qué? Ahora que los secuestradores de los cooperantes españoles forman parte de un grupo terrorista, Al Qaeda del Magreb Islámico, y que sus reivindicaciones no sólo son económicas sino que incluyen, además, al igual que en el secuestro de Miguel Ángel Blanco, la liberación de varios terroristas encarcelados en Mauritania, ¿dónde está la diferencia?
En ningún lado, obviamente, puesto que el dilema político, democrático y moral es exactamente el mismo. El pago del rescate (ya realizado, al parecer, pues la información no ha sido desmentida por el Gobierno) y la liberación de los terroristas exigida en las últimas horas, si se produce, servirán para asesinar a más gente y para reforzar al grupo terrorista. Exactamente lo mismo que hubiera ocurrido si se hubiera optado por salvar a Miguel Ángel Blanco. Pero no le salvamos. ¿Y ahora qué?
Terrorismo