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Una Historia postcolonial de Myanmar (2)

Emilio de Miguel Calabia el

Un aspecto que chocará a los lectores familiarizados con Myanmar es la consideración positiva que los autores tienen de Ne Win, el infame dictador que gobernó el país con mano de hierro durante 22 años. En la introducción lo sitúan junto a Aung San en el panteón de los héroes unificadores de Myanmar y lo califican de “héroe de guerra y confidente de Aung San” y añaden que “…[su] ejército había salvado a la capital de ser tomada por los insurgentes justo una década antes, finalmente llevó a cabo un golpe de estado casi incruento y se hizo con el gobierno.” En su opinión, Ne Win trajo dos cosas que los birmanos valoran especialmente, el orden social y la unión.

Si Ne Win hubiera muerto en 1961, habría pasado a la Historia con un tinte claramente positivo. Uno de los Treinta Camaradas, que trajeron la independencia a Myanmar, estrecho colaborador de Aung San, jugó un papel muy importante durante la II Guerra Mundial, organizando las fuerzas armadas birmanas, contribuyó decisivamente a que Myanmar no se desmembrase durante los primeros y difíciles años de la independencia. En 1958 asumió el poder interinamente para poner fin a la anarquía que reinaba en el país; no sólo no lo hizo mal sino que devolvió el poder a los civiles 18 meses después. La mala imagen de Ne Win proviene del golpe de estado de 1962 y de la dictadura que siguió.

No sé porqué no me sorprendió demasiado descubrir que los autores ofrecían una visión bastante positiva de la dictadura de Ne Win. Creen que Ne Win se esforzó por modernizar el país, por restaurar las tradiciones nacionales, que involucró y se preocupó por el campesinado mucho más que cualquiera de sus predecesores. Lo que ni los autores pueden negar es que económicamente la dictadura fue un desastre, aunque su manera de presentarlo es algo más suave y la palabra “desastre” no aparece por ningún lado.

Más allá de las loas a la dictadura iluminada de Ne Win, llaman la atención los silencios. Los autores no mencionan la persecución a la minoría china, ni las protestas estudiantiles ocasionales, una de las cuales, la de 1974, se saldó con un centenar de muertos a cargo de las fuerzas del orden; tampoco mencionan el aislamiento internacional que Ne Win impuso, que una cosa es querer restaurar la cultura nacional y otra cortar todos los vínculos con el exterior.

Asimismo su interpretación de los sucesos de 1988 es un tanto sui generis. Ya en la introducción señalan que la “crisis” (el entrecomillado es suyo) de 1988 “a la que se atribuye una sola causa- el deseo de democracia, ignorando prácticamente la historia del país en los 50 años anteriores”. El relato que hacen los Aung-Thwin es el siguiente: se produce una pelea en un café entre unos universitarios y unos parroquianos, en la que uno de los estudiantes resulta herido; el culpable es detenido y puesto después en libertad gracias a sus conexiones con un funcionario; algunos estudiantes salen a protestar, la policía dispara y mata a un estudiante. Nuevas manifestaciones estudiantiles (“Estudiantes de otras partes de la ciudad comenzaron a sumarse a las manifestaciones por una montón de quejas relacionadas y sin relacionar, que tomaron un carácter anti-policial y anti-gubernamental”); en cuanto a lo de las quejas, me resulta llamativo lo que les cuesta a los autores reconocer que muchos de los manifestantes habían salido para pedir democracia. Entre las razones de los manifestantes para salir a la calle, los autores reconocen las siguientes: cuestiones económicas, la arbitrariedad del Gobierno, la burocracia antipática… La democracia, para los Aung-Thwin, no figuraba entre las demandas.

En estos momentos, cuando ya el propio régimen había reconocido la muerte de 41 estudiantes por asfixia en un furgón policial en el que estaban encerrados, apareció la malvada prensa occidental que presentaba los hechos “desde una perspectiva que favorecía a los manifestantes”. El resultado fue que “a causa del marco ‘global’ [aluden a los grupos de activistas birmanos que existían dentro y fuera del país] en que se situó, un simple incidente en un bar se convirtió en una cruzada internacional de 23 años en favor del ‘cambio de régimen’”. Me parece que aquí los autores exageran. Es cierto que todo arrancó de una pelea nimia en un bar. Si aquello escaló como escaló, no se debió a la prensa internacional, sino a dos factores: el gran cansancio acumulado con el régimen que existía y la torpeza de la policía en los primeros momentos.

El clímax de las manifestaciones contra el régimen se produjo entre el 8 de agosto y el 19 de septiembre, en que el Ejército terminó de sofocar sangrientamente las manifestaciones y asumió el poder. Resulta interesante que unos historiadores tan concienzudos que se molestaron en mencionar a la solitaria víctima del golpe de estado de 1962, en esta ocasión no sientan curiosidad por calcular el número de muertos que hubo. He visto gran cantidad de estimaciones, algunas de las cuales llegaban hasta los 10.000; ninguna bajaba de 1.000.

Los Aung-Thwin tampoco es que le tengan mucha simpatía a la Liga Nacional por la Democracia, a la que creen que los medios internacionales han ungido como “la única oposición legítima en el país, que se dice que representa al ‘pueblo birmano’ y sus aspiraciones democráticas (…) La LND apenas representa al ‘pueblo birmano’, que en su mayor parte son cultivadores rurales; más bien estaba compuesta principalmente por grupos urbanos y educados que aspiraban ‘al Trono’, conducidos por élites nuevas y viejas.” Me parece un juicio bastante severo. En todo caso, el error de los medios en considerar a la LND como la única oposición democrática, puede excusarse en parte si tenemos en cuenta que en las elecciones de 1990 la recién creada LND, sin casi medios, logró casi el 60% de los votos y 392 de los 492 escaños en juego.

Los Aung-Thwin terminan su Historia en 2011 y muestran que además de sesgados, como profetas no tienen precio. Aprovechan los resultados de las elecciones de noviembre de 2010, a las que no concurrió la LND para darle unos cuantos capones más, por si los anteriores no hubieran bastado. Los Aung-Thwin presentan la decisión de la LND de no registrarse y, por tanto, de no concurrir, como una rabieta. Lo que se callan es que lo hizo por considerar que la Ley Electoral era injusta, ya que, para registrarse, les obligaba a expulsar de la Liga a su líder, Aung San Suu Kyi.

El Partido de la Unión Solidaridad y Desarrollo (USDP, por sus siglas en inglés), compuesto por muchos oficiales retirados y gente afín al Gobierno, ganó las elecciones con el 50% de los votos. El análisis de los autores es que las elecciones de 2010 iban de preservar los logros en infraestructuras y seguridad de la Junta militar. El USDP ganó porque supo responder a las preocupaciones reales de la población (la seguridad nacional, la integridad del país, los logros infraestructurales y el desarrollo de los mercados), que no eran esas memeces de la democracia y los DDHH que tanto interesaban a la extranjerizante LND. Votar a la USDP era mucho más lógico que votar “por un partido político cuya entera plataforma se basa en abogar por la adopción de una ideología extranjera poco comprendida (la democracia) sin ofrecer ninguna solución concreta para solucionar las necesidades económicas cotidianas de la mayor parte de la gente”. Peor todavía, muchos veían a la LND vinculada a siniestras entidades extranjeras como la Fundación Soros o el National Endowement for Democracy. Mira por donde, los autores han resucitado la conspiración judeo-masónica en su versión birmana.

Me gustaría saber cómo habrían concluido el libro los autores si la fecha de cierre hubiese sido el 1 de enero de 2016, tras las elecciones de noviembre de 2015 en las que sí que concurrió la LND y obtuvo el 60% de los votos en la Cámara de las Nacionalidades y el 58% en la Cámara de Representantes. La USDP obtuvo respectivamente el 4,9 y el 6,8% de los votos. Se ve que en 2015 la población decidió votar ilógicamente.

Me parece muy valioso que los pueblos cuenten su propia Historia y que quieran reinterpretarla (ojo, reinterpretar no es reescribir ni inventar) según sus propios patrones y que aspiren a romper con una narrativa que les ha venido impuesta desde fuera. Eso sí, lo que este libro nos muestra, es que los Historiadores postcoloniales tampoco están libres de sesgos ideológicos, y es que la Historia nunca es neutral, porque a menudo buscamos en ella que nos explique nuestro presente, cómo hemos llegado a ser lo que somos. Los historiadores occidentales hace años que comenzaron a ser conscientes de sus prejuicios y sesgos y han intentado rectificar. Ahora es el turno de que los historiadores post-coloniales hagan lo mismo.

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