La riqueza de tener un buen corazón

Publicado por el May 14, 2018

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Como estamos inmersos en una realidad de la que dan ganas de escaparse, les propongo que durante unos minutos se distraigan con esta historia que está inspirada en hechos reales.

 

Era una fría y soleada mañana de noviembre y Luis Antonio salió a pasear por la playa de Riazor con su hija Raquel, cuya compañía le encantaba por lo bien que razonaba. Después de las preguntas de rigor sobre el colegio, los amigos y las notas, le propuso un juego. Le iba a contar una historia sobre la conducta de tres hermanos y ella debía indicarle cuál de ellos había actuado mejor.

Hace bastantes años, en un lejano pueblo del noroeste de España -comenzó Luis Antonio- vivía un hombre maduro que tenía tres hijos. Un día los reunió y les dijo que se iba de viaje a Madrid, dándoles a cada uno un billete de cien pesetas y diciéndoles: “podéis hacer con ese dinero lo que queráis, pero cuando vuelva dentro de seis meses, os pediré que me digáis en qué lo empleasteis”. Al regresar, los reunió y el hermano mayor le devolvió al padre doscientos pesetas, diciéndole: “compré cerezas mientras estaban en el árbol, después de recogerlas las vendí y gané el doble”. El segundo le contó que se había gastado las cien pesetas en helados, el cine, y tebeos. Y el tercero narró que temía tanto perder el dinero que lo había guardado en una lata de galletas en su habitación.

Tras observar que la pequeña Raquel le había escuchado con mucha atención le preguntó ¿y tú qué harías? Y ella respondió rápidamente: “muy fácil, ninguna de las tres cosas, yo le daría las cien pesetas a un pobre”.

En otra ocasión, estaban un sábado viendo por televisión un partido entre el Real Madrid y el Barcelona, Luis Antonio con Raquel y su hermano mayor. Raquel, a pesar de que no le interesaba mucho el fútbol, le preguntó a su padre por qué equipo iba y el respondió que por el Madrid. Su hermano, que estaba en plena edad del pavo, para hacer rabiar a su padre dijo que él iba por el Barcelona. Y empezaron a discutir, hasta que Raquel los interrumpió y les preguntó que quién era un señor vestido de negro que andaba corriendo por el campo. Le dijeron que era el árbitro y que su función era lograr que se aplicaran las reglas del juego, que los jugadores no se dieran patadas, que no tocaran el balón con la mano, etc. Raque les preguntó: ¿hay alguien que vaya por él? Ambos se rieron y el padre le respondió: “¡pues claro que no, nadie, más bien todos lo contrario!”. Y entonces ella toda lleno de razón los miró y les dijo: “pues yo voy por él”.

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