Manuel Olivencia, otro gran maestro que se va

Publicado por el Jan 2, 2018

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En una de mis primeras colaboraciones en La Voz de Galicia, al reflexionar sobre la muerte allá por agosto de 2001, escribí: “Dicen que eres traicionera. Pero no estoy muy seguro de que lo seas. Porque todos saben que vendrás. Sobre esto no hay duda. Y donde hay certeza, apenas queda espacio para la traición. Tal vez se quiere decir que, a veces, te presentas inesperadamente. Pero que te espere o no el elegido, o los que todavía se quedan, no es cosa tuya, sino de ellos”.

Permítanme que utilice mis propias palabras para manifestar que no esperaba en absoluto el fallecimiento del Maestro Manuel Olivencia y que no repuesto aún de tan triste noticia utilice egoistamente el privilegio de disponer de este blog, no para compartir con ustedes mis análisis de la realidad, sino simplemente para desahogarme. Y es que no veo mejor manera de aliviar mi pena que haciendo pasar por mi corazón algunos de los recuerdos que me dejó tan extraordinaria persona. Y claro, para escribir sobre Manuel Olivencia no tengo más remedio, aunque es algo que me desagrada profundamente, que hablar al mismo tiempo de mí.

Mis primeros recuerdos se remontan a 1970. En enero de ese año, después de hacer las prácticas de las milicias universitarias, me incorporé a la Cátedra de Derecho Mercantil de la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago que ocupaba y dirigía mi maestro el también fallecido Carlos Fernández-Nóvoa. En mis dos últimos años de licenciatura, había oído hablar de los profesores Garrigues y Uría. Y era tan constante y laudatoria su referencia que no tardé en mitificarlos: eran los “dioses” de aquella asignatura que empezaba a estudiar como principal y casi única ocupación de mi vida.

Pero cuando llevaba unos meses inmerso en la “materia mercantil” empecé a familiarizarme con otros nombres. Singularmente, con los tres siguientes: Sánchez Calero, Olivencia y Broseta, quienes por entonces eran jóvenes catedráticos de derecho mercantil que habían heredado los signos característicos de la “Escuela de Garrigues”: la claridad en la expresión del pensamiento, la profundidad en los análisis de la asignatura y el amor por la escritura.

Tardé más en conocerlos personalmente que en incorporarlos a mi galería de ídolos. Por suerte para mí, a pesar de los años que me separaban de ellos y de mi ignorancia sobre la materia que ellos ya dominaban, me brindaron pronto su afecto y creo que, poco tiempo después, su amistad.

A los tres profesores citados los apreciaba y, sobre todo, los admiraba. Pero, hoy lo confieso, con la preocupación de no poder alcanzar jamás su ya reconocida maestría. Manuel Olivencia, del que quiero hablar hoy, fue (me cuesta no escribir “es”) una de las personas más brillantes con las que me he cruzado en mi vida. Otras personas más cercanas a él que yo destacarán, sin duda, sus extraordinarias calidades personales, que yo ratifico plenamente. Por mi parte, subrayo, sobre todo, que tenía el don de la palabra: creo que él estaba enamorado de nuestra lengua, pero no tengo ninguna duda de que las palabras estaban enamoradas de él. Si ya era una verdadera delicia escucharlo sobre algo tan poco atractivo como el Derecho Mercantil, cuando hablaba sobra la difícil universidad de la vida uno se quedaba pasmado de lo que decía y de cómo lo hacía.

Por eso, escribo al final lo que ya tenía en la cabeza al comienzo de este escrito: ¡gracias Maestro! Esto es algo que cuesta mucho decirlo a la cara y en vida. Pero ahora, y por si todavía no te has marchado del todo y puedes oírlo, insisto en darte la gracias por lo mucho que nos has dejado de ti.

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