Una colleja

Publicado por el May9, 2018

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Mi hija tuvo la ocurrencia de querer apuntarse al equipo de baloncesto del colegio y aunque la idea me causó toda clase de disgustos, decidí inscribirla porque procuro esforzarme bastante en no educarla reduciéndola a mis prejuicios.

El lunes la fui a buscar y me la encontré sentada en el banquillo, castigada. Al verme corrió hacia mí y me pidió que la borrara de aquel deporte para siempre. Con cualquier otra actividad hubiera intentado persuadirla para que superara el bache, pero el baloncesto femenino siempre me pareció un oxímoron y de hecho hasta algunas fintas de Epi solían parecerme mucho más femeninas que estas muchachotas que a veces veo tratando de encestar en La 2. Para mi hija prefiero deportes en que la feminidad se expresa de un modo más bello, estilizado y tranquilo, como la gimnasia rítmica, el tennis o el voleibol. Y si esto es ser sexista, pues encantado de serlo, y mucho más todavía de que mi hija, una vez visto el panorama de golpes y empujones, tomara la decisión madura, estética y acertada. Nunca me falla Maria. Tú eres María, le dijo San José a La Virgen, para certificarle que creía en la concepción divina de su Hijo. Supongo que también a él le consideraréis un sexista, además de un estúpido.

A Maria la habían castigado por haberle pegado una colleja a otro niño, que según ella le había estando haciendo la cusqui durante todo el entreno. Maria se quejó a la monitoria varias veces, y al ver que no tomaba en serio sus quejas y que el niño seguía incordiándola, esperó su momento y le arreó una considerable colleja al molestón.

La profesora lo vio y la castigó, y al finalizar la sesión, le dijo a Maria algo sobre la violencia. Luego hablamos mi hija y yo, de regreso a casa. Le expliqué que lo peor que había hecho no era la colleja sino elegir la colleja como arma para defenderse. Maria, tú eres inteligente, simpática y bella, y éstas son tus armas, las que te permitirán ganar la mayoría de las veces. Tienes suerte de que aquel niño, más alto y más fuerte que tú, no te devolviera la colleja, porque podría haberte hecho daño. Tú no eres fuerte, Maria. Como tampoco lo es tu padre.

Lo importante no es participar, lo importante es competir y ganar. Y para competir en condiciones, y tener opciones de ganar, es fundamental que usemos nuestras mejores armas. Y tú, hija mía, tienes las tres más apreciadas. La inteligencia es más poderosa que la fuerza bruta, pero exige más a quien pretende usarla. La simpatía, el encanto, es considerada a veces una virtud menor, pero Borges dice que sin el encanto, las demás virtudes son inútiles, y yo creo que tiene razón. Y por último la belleza, que no es una virtud, sino un don, es potentísima como arma aunque también devastadora para quien la usa sin inteligencia, sin encanto, sin control.

Cuando yo tenía 14 o 15 años un mi amigo nos invitó a su barrio de Horta -un asunto desgraciado- a jugar un partido de fútbol. Eran unos campos municipales, o en cualquier caso públicos. Había dos. En uno nos pusimos a jugar nosotros y en otro unos quinquis con los que ya vi desde el principio que acabaríamos mal. Y en efecto, nos tiraron alguna piedra, los más brutos de mis amigos contestaron diciendo o tirando algo, ellos eran más, más grandotes y más garrulos, y hubo un momento en que alguien de los míos dio la consigna de correr y todos nos pusimos a correr hacia el metro, porque ya era más o menos la hora de volver cada uno a su casa y porque supongo que instintivamente pensamos que dentro de la estación estaríamos a salvo.

Mis amigos corrieron suficientemente para escapar: pero correr nunca fue lo mío, de modo que fui quedando rezagado y pronto me di cuenta de que era cuestión de tiempo, y más bien de poco tiempo, que me atraparan. Tomé entonces tres decisiones. La primera, jurarme que nunca más volvería a Horta, y que he cumplido. La segunda fue dejar de correr. Y la tercera girarme y muy tranquilamente, pero con paso firme, dirigirme hacia ellos, que eran unos veinte. Cuando me vieron, también dejaron de correr, y cuando no encontramos, pregunté “¿quién manda?” y un chico entre el grupo salió diciendo “yo”. A los que mandan les gusta que les distingan y pensé que esto me daría un margen. “Supongo que 20 contra uno es vergonzoso hasta para vosotros”, le dije, y él me miró con cara de no saber muy bien qué responder pero de estar poco dispuesto a hacerme daño. Con más curiosidad que animadversión me preguntó por qué había dejado de correr y si no tenía miedo de acudir hacia ellos. Le dije que no, que no tenía ningún miedo porque nada les había hecho, ni nada les había dicho que pudiera ofenderles, y que por lo tanto estaba seguro de que nada tenían contra mí.

Cuando ya vi que mi integridad física no corría ningún peligro, les dije además que me parecía poco civilizado este tipo de espectáculos y que en cualquier caso la provocación la habían empezado ellos. Les dije también, un poco como regañándoles, que mis padres me esperaban en casa a una hora determinada y que por su culpa iba a llegar tarde, y que para colmo, un amigo mío entre los que había salido corriendo llevaba mi cartera en su mochila, y que por lo tanto me había quedado sin dinero para pagar el metro. El jefe rascó entre sus amigos las 120 pesetas que entonces costaba un billete, y me las entregó disculpándose por haberme hecho correr sin motivo. Llegué tarde a casa, pero con una historia que contarle que mi padre le gustó tanto que se olvidó de ponerme ningún castigo.

Maria, no sólo conseguí dejar de correr, que me duele más que una paliza, sino que me ahorré la paliza y además me pagaron el metro. No lo conseguí con la fuerza. Con la fuerza hubiera perdido. A collejas me hubieran ganado, derrotado, humillado. Pero usando mi arma, que como en tu caso, es la inteligencia, conseguí mucho más de lo que con cualquier bofetón hubiera obtenido de una escena como aquella. Y esa sensación, hija mía, tan extraordinaria, de notar que estás domando a las bestias.

La inteligencia exige, es arriesgado confiar siempre en ella, la vida no siempre es de los más inteligentes, y a veces hay imprevistos que te dejan con una notable cara de idiota. Pero es nuestra arma, la mejor que tenemos, la que dice más de nosotros, y aprendiéndola a usar aprendemos a sobrevivir y a estar contentos.

No creo que mi hija vuelva a darle a nadie una colleja y creo que no lo hará por los motivos correctos. El pacifismo como argumento no me habría servido para convencerla porque es estúpido, irreal, indigno. Y no le hubiera funcionado en las próximas situaciones parecidas en que se hubiera encontrado. A las personas a las que quieres no puedes enseñarles a rendirse, ni a no competir ni a conformarse con que las empujen y las golpeen, que es como las educa el pacifismo, el relativismo y en general la izquierda.

A las personas a las que quieres las has de educar en la profunda identificación de su dignidad, en el empuje de la libertad y en que aprendan a saber y a defender lo que las hace felices.

Buenos días.

Mi hija Maria Sostres me ha pedido que hoy mismo la desapuntara de baloncesto y os mando este correo a tal efecto.

Los motivos son una cierta dificultad de mi hija para aceptar la injusticia -cosa que intentamos e intentaremos relativizar para acostumbrarla a la vida- y también que considera el baloncesto un deporte grosero, que genera discusiones estériles y de demasiados golpes y empujones para ella.

Tengo que decir que cuando me pidió que la apuntara no me dio ninguna alegría, pero igualmente la inscribí porque en fin, está en la edad del descubrimiento. Conociéndola, y conociendo el baloncesto, supuse que tendríamos este tipo de final repentino, prematuro y abrupto.

Por lo tanto, a pesar de los pequeños desencuentros y las anécdotas de las últimas clases, poco satisfactorias para ella, no creo que ni las clases, ni la monitora, ni los compañeros tengan ningún problema ni le hayan hecho nada que quepa consignar. Simplemente se trata de una previsible, comprensible y para mí altamente gratificante incompatibilidad entre el baloncesto y mi hija.

Mañana miércoles ya no irá; ni naturalmente el sábado al pabellón de aquel barrio, casi de Badalona.

Salvador

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