Os hemos ganado con la verdad

Publicado por el nov11, 2016

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Yo es que desde que ha ganado Trump voy suelto, pero suelto de verdad. Tengo el “idiota” fácil. Calla, idiota. I tomba i gira. I anar-hi anant.

De hecho voy suelto desde que el Madrid ganó la Champions en Milán. Luego vino la reválida de Rajoy el 26 de junio, y finalmente lo del martes de Trump. Voy suelto. Voy lanzado. Y tú, calla. Y piensa que por mucho menos me he llevado a mucha gente por delante.

¿Qué tiene que ver el Madrid con Rajoy o con Trump? Que la misma gente que decía que el Atleti ganaría porque jugaba mejor que el Madrid es la que dijo que Rajoy no volvería a ser presidente o que era imposible que ganara Trump. Son gente incluso más vieja que su calendario. No comprenden la Gloria que subyace, la sonrisa de Dios reflejada en el agua. El Madrid ganó porque es eterno, porque su destino es ganar. El Madrid ganó por la misma razón que yo escribo mejor que los demás.

Lo mismo que Rajoy, que todo el mundo dice que no hace nada. ¿De verdad crees que no hace nada? Entre las muchas cosas que hace es reírse de lo idiota que eres. Todavía hay quien insiste en darle lecciones, pero no sólo ha ganado sino que ha minuciosamente descuartizado a todos y cada uno de sus enemigos.

Cuando vuelvas a tener la tentación de pensar que el Presidente no hace nada, lee El País -¡El País!- de los días en que se llevó por delante a Pedro Sánchez. Desde la aceituna esferificada que no habíamos visto nada igual.

Con todos ha acabado Rajoy, a su manera discreta y gallega, y sin pavonearse. Con los que daban por hecha la presidencia de Sánchez, con los que en enero dijeron que con lo de la corrupción no podría volver a presentarse. Con todos, todos y cada uno de sus rivales. Porque oye, ¿dónde está Artur Mas?, ¿dónde está Pedro Sánchez? Al asaltador de los cielos se le ha quedado una cara difícil de explicar. Y ahí nada Rivera, el subalterno, tonto cuando dijo que nunca pactaría con el PP, tonto cuando dijo que con el PP bueno, pero que con Rajoy ni hablar, tonto cuando se alió con Pedro Sánchez, y tonto cuando se ha negado a entrar en el Gobierno para liderar la legislatura. Tonto, tonto, tonto de solemnidad. De 40 diputados a 32, en esta España que según él clamaba por el cambio. ¿Pero qué cambio, piltrafilla? Tanto narcisismo estéril, tanto espejismo de vergüenza ajena. No es por cebarme con tus traumas, pero es tan estratosférica tu cursilería que llegaste a creer que para ganar te bastaría con tu famoso implante de pelo. Y ya ves, Albert, te dan no más de 15 diputados tus encuestas internas, y yo, que sigo siendo un calvo de mierda, ya soy presidente.

Y para coronar el gozo, el martes llegó nuestro querido presidente Trump. ¡Qué gran alegría! ¡Qué redonda y embriagadora felicidad! Tras ocho años de una América deshilachada, desdibujada por Obama y por su colectivismo atroz, desprestigiada por una política internacional impresentable -con especial mención para las funestas primaveras árabes, para el tratado con Irán y para el desprecio a Israel-; América se se ha reconciliado con el individualismo, con el espíritu de grandeza, con la admiración por el empresario de éxito y el rechazo del loro que sólo sabe repetir estúpidos lemas. Los americanos ha vuelto a hablar como una gran nación y han vuelto a afirmar su idea fundacional. Los lamentos españoles y europeos por la brillante victoria de Trump nos han alegrado sin duda estos primeros días de otoño, y verles sollozar en su ridícula y afectada gravedad es para mí mejor que el champán. Pero mi alegría es mucho más profunda y me la provoca que un hombre solo haya sido capaz de derrotar a manotazos al más potente enjambre de mentirosos y de cínicos de todos los tiempos. ¡Y le llaman populista, cuando ha ido contra todos los tópicos del populismo! Contra el feminismo, contra la carraca del cambio climático -atronadora patraña- y contra la canción del buen morito. Le llaman populista los populistas de este nuevo populismo que consiste en acusar de populista a todo aquel que no te gusta.

Os hemos ganado porque somos muy buenos. Por la eternidad, por la Gloria que subyace, porque el mito es una superación del logos y no al revés. Pero también porque sois un desastre, porque habéis pervertido de tal modo el sistema con vuestros prejuicios y vuestras estupideces, que hasta Rajoy y yo, que somos los dos hombres más de orden de España, hemos parecido en algún momento antisistema por sostener sin temblar las cuatro verdades más fundamentales. La verdad, la verdad. Diciendo la verdad os hemos ganado. La verdad un poco exagerada para que todo el mundo pudiera entenderla, tal como Armani, cuando presenta sus colecciones en la pasarela, viste a las modelos del modo más extremado, para que entendamos la tendencia que quiere marcar, y luego es evidente que mi abuela nunca salió a la calle vestida como una mona de Pascua.

Hay que ver lo histéricas que nuestra izquierda y nuestra derechita cool se han puesto por lo que -total- han sido cuatro chistes de campaña. Que las lúdicas estridencias de Trump causen más estupor que las imbecilidades que dicta en serio la corrección política, da una idea de hasta qué punto vivimos rodeados de incapaces, los mismos que todavía no entienden cómo el Madrid ganó en Milán y que Rajoy vuelva a estar cómodamente instalado en La Moncloa. Los mismos que todavía no han entendido que es inútil indignarse con lo que escribo, y que yo siempre tendré para ellos abiertos mis brazos.

En este capítulo hay que consignar a los que sin duda de buena fe vienen a advertirme de que no es serio definir una línea editorial por oposición a lo que detestamos. Como si mi afición por Trump sólo estuviera basada en el desprecio por Clinton o por los socialdemócratas de aquí y de allá. Como si ellos no se hubieran entregado a Clinton -diciendo que tampoco les gusta, pero prefiriéndola, que es otra forma de entregarse- por sus absurdos prejuicios contra Trump.

La comparación no sólo existe sino que es inevitable. Es la misma esencia de la democracia, que no nos convoca a elegir al mejor del mundo sino al mejor de lo que hay. Clinton o Trump. Y claro que hemos ganado diciendo lo que teníamos que decir, pero también porque la señora Clinton sea probablemente la peor candidata de la historia de la Humanidad. Es el contraste lo que nos ayuda a amar la vida. Pero en cualquier caso, y también desde mi más cariñosa buena fe, quiero deciros que lo que no es serio es rendirse a los tópicos sin pensar, dejarse llevar por los lugares comunes, y refugiarse en cuatro seguridades que no es que sean de la “vieja política” sino de personas viejas -y no necesariamente de edad- que pretenden hablar de política desde sus destruidos apriorismos, destruidos por la realidad, destruidos por una verdad que es individualista, que es egoísta, que afecta a la vida concreta de cada persona y que es la que da el verdadero sentido a la libertad. Porque a ver, ¿de qué queréis que hablemos? ¿Del muro en México, que ya existe y fue construido en parte por Bill Clinton? ¿Del papeles para todos? ¿De la política fronteriza que practica la Unión Europea, la que de verdad practica, más allá de su demagogia buenista? ¿Hablamos de la inmigración musulmana? ¿O hablamos de esa demencial mentira del cambio climático que os habéis creído como los niños que todavía se mean en la cama?

Es esta verdad, la verdad que ha defendido Rajoy contra el populismo de Podemos, Ciudadanos y PSOE, es la verdad eterna del Madrid contra el populismo colectivista de Simeone, y es la verdad de Trump, su verdad americana, imperfecta y acibarada, dura y demasiado exigente para una Europa atrofiada de excedente y de pedantería, pero que es la verdad con que América lleva siglos iluminando al mundo.

Cuando era más joven me asustaba la soledad. Las mayorías siempre me parecieron sospechosas, pero la soledad absoluta me daba miedo y al final siempre cedía en algo. Con el tiempo he ido comprendiendo que es el precio que tengo que pagar, y he dejado de temblar. La incomprensión forma también parte del precio, y de la soledad. No pasa nada. Peor es ceder, y no sólo por dignidad, ni siquiera principalmente. Sino porque luego cuesta mucho retomar el hilo, y porque divertirse es importante, y salir a empatar no sólo es vulgar e indecente, sino lo más aburrido que hay.

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