Miss you blues

Publicado por el ago5, 2016

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Cada verano mi mujer se lleva a mi hija algunos días, que a veces son semanas, y se instalan en la finca de mis suegros. Mi esposa es feliz con la lacerante retórica del veraneo, con la dramática ausencia de aire acondicionado, con esa vida lentísima y amuermada del campo y sus días que nunca acaban de pasar.

Yo nunca voy porque me asesinarían el calor y los árboles, y ese irritante entusiasmo que personas perfectamente urbanas sienten de repente por el modo payés, como si fuera realmente algo bajar al huerto a por tomates. Eso por no hablar de la costumbre -muy de estas fechas- de almorzar demencialmente tarde.

Nunca voy a segundas residencias y mucho menos si son campestres porque detesto malgastar el tiempo en lo que no es metáfora de nada. Sólo la ciudad es viril. Sólo la ciudad es civilizada. Sólo la ciudad es importante y lejos de ella todo es barbarie. Ni voy ni me gusta que mi hija crezca en la fascinación por este ocio atroz, por el mismo motivo que procuro no darle bollería industrial, a veces tan golosa, pero siempre tan contraria a los intereses de la Humanidad.

El verano se me hace bola y deploro la terrible demagogia de la segunda residencia, que nos reblandece el cerebro y nos roba los viajes, con su rendición tan poco imaginativa, y su vida tan carente de cualquier épica, tan pegada a lo tangible, como la mayoría de mujeres.

No hay mentalidad más estéril que la rural. La terrible carraca de los gustos sencillos y de las pequeñas cosas, el fin de trayecto que son las tardes al aire libre entre conversaciones que no llevan a ninguna parte y que se confunden con las del día anterior, y las del año pasado, y esa falsa sabiduría de botijo y alpargata, colapsada de no más que desesperantes obviedades.

Me quedo siempre en la ciudad como una alegre militancia, y hago de ello mi causa, pero al cabo de pocas horas invariablemente sucede que me acabo sintiendo solo y se desvanece la absurda euforia del escritor soldado que entró en 1945 a liberar el Ritz de París; y entre mis ridículas proclamas y el remordimiento por no saberme adaptar mejor al promedio del mundo, el único sonido que me queda es el Miss you blues como un susurro recordándome que al final siempre perdemos y que ni la música puede sustituir a las lágrimas.

Muchos hombres matarían por poderse quedar solos en la ciudad, pero yo sin mi hija no soy nada. Cada uno de mis días son una conspiración para pasar la mayor parte del tiempo con ella. Hasta me he hecho instalar una línea RDSI en mi club, para poder llevarla cada mañana al colegio y no llegar tarde donde Herrera.

Pasar por lo tanto un día, y ya no digamos una semana, sin verla, me hunde y me destroza, y soy como mi fantasma o mi poltergeist, y todo lo veo gris y la angustia se me hace un nudo en el estómago, un nudo extraño, que todavía me da más hambre. Yo sin mi hija soy una sombra, la novia cadáver de Burton. Maldigo los veranos y los veraneos, las segundas residencias, estas temperaturas infernales que reblandecen el cerebro, y los largos días que mi mujer se va con la niña a la masía de mis por otra parte queridísimos suegros.

La vida pierde el hilo en verano y emerge lo más ordinario, lo más vulgar. Todo se degrada hasta extremos inimaginables, y los que nos resistimos a resbalar por su inmoralidad paralizante, nos quedamos solos y desahuciados, grotescos en nuestro atrincheramiento y sin otra posible redención que la de rogar a Dios que perdone a nuestras esposas por despreciar con vacación y campo la Gracia infinita de habernos hecho a su semejanza.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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