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“Tentado estuve de rechazar el Nobel por peligrosísimo para mi salud física y mental”

Santiago Ramón y Cajal, Nobel de Medicina

“Tentado estuve de rechazar el Nobel por peligrosísimo para mi salud física y mental”
Cátedra en Neurociencia el

Por Carlos Carrera Cañas, alumno del máster en Neurociencia de la UAM

Se cumplen 85 años de la muerte de Santiago Ramón y Cajal y 150 desde el inicio de su carrera. A modo de homenaje, esta entrevista “ficticia” basada fielmente en su autobiografía (“Recuerdos de mi vida”) nos acerca a la figura de tan célebre investigador.

Hace ahora 150 años comenzó sus estudios de medicina. ¿Cómo recuerda los inicios de su carrera?

El verano de 1868 está asociado en mi memoria con mi iniciación en los estudios anatómicos. Mi padre, cirujano reconocido de la época, decidió aficionarme a la anatomía harto tempranamente, pero estudiar los huesos en papel, es decir, teóricamente, hubiera sido crimen didáctico, de que mi maestro era incapaz.  Cierta noche de luna, maestro y discípulo asaltaron las tapias del solitario camposanto. Grande fue la impresión que me causó el hallazgo y contemplación de aquellos restos humanos procedentes de esas exhumaciones en masa que imponen los vivos a los muertos. Sin embargo, tengo para mí que el futuro disector de Zaragoza, el catedrático de Anatomía de Valencia y el investigador modesto que vine a ser andando el tiempo, fueron el fruto de aquellas primeras lecciones de osteología explicadas en un granero.

Sin embargo, de pequeño tenía usted una clara vocación artista, ¿por qué no se dedicó al arte?

Tendría yo como ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irresistible manchar papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las fachadas del pueblo. Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. Sin embargo, mi padre carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y recreo. Así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra una vocación tan claramente definida, en la cual murieron definitivamente mis aspiraciones.

¿Cómo surgió su interés por la ciencia?

Podría decirse que algo tuvo que ver el eclipse de sol de 1860, que anunciado por los periódicos esperábase ansiosamente en el pueblo, y fue para mi tierna inteligencia luminosa revelación. Caí en la cuenta de que el hombre, desvalido y desarmado enfrente del incontrastable poder de las fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia poderoso y universal instrumento de previsión y de dominio.

Y desde ahí, ¿dónde está la clave para que llegara a convertirse en una de las figuras de la ciencia más importantes de todos los tiempos?

Quizá en mi herencia biológica paterna. Mi progenitor con su sangre me legó prendas morales, a que debo todo lo que soy. De él adquirí la hermosa ambición de ser algo y la decisión de no reparar en sacrificios para el logro de mis aspiraciones, ni torcer jamás mi trayectoria por motivos segundos y causas menudas.

¿Cuál diría usted que fue su mayor descubrimiento?

Probablemente el neuronismo, las concepciones de la independencia morfológica de las neuronas y de la transmisión de los impulsos nerviosos por contacto, que se oponía a la teoría reticular de Golgi. En aquel momento, el gran enigma de la organización del cerebro se cifraba en averiguar el modo de terminarse las ramificaciones nerviosas y de enlazarse recíprocamente las neuronas.

Sus trabajos le llevaron a recibir el premio Nobel compartido con Golgi en 1906, ¿qué sintió entonces?

Recibir el premio Nobel, tan universalmente conocido como generalmente codiciado, prodújome un sentimiento de contrariedad y casi de pavor. Tentado estuve de rechazar el premio por inmerecido, y, sobre todo, por peligrosísimo para mi salud física y mental. Medallas, títulos, condecoraciones, son distinciones relativamente toleradas por émulos y adversarios. ¡Pero un gran premio pecunario!… La honra opulenta es algo irritante y difícilmente soportable.

¿Qué puede decirnos de Santiago Ramón y Cajal como profesor?

Mi papel principal ha consistido en fomentar el entusiasmo. Fue siempre mi lema confortar e ilustrar la voluntad con pleno respeto a las iniciativas individuales. Siempre procuré, y de ello me felicito, pesar lo menos posible sobre el cerebro de mis discípulos. Toda opinión fruto de esfuerzo honrado de pensamiento infúndeme simpatía y respeto, aunque contradiga concepciones personales largamente acariciadas.

¿Algún consejo que ofrecerle a los jóvenes investigadores?

Que los obstáculos pueden salvarse analizando a fondo los hechos contradictorios, y que, en fin, el primer esbozo teórico se afina y depura por la reflexión.

 

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