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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

La chica del tren

José Manuel Otero Lastres el

Las opiniones reproducidas en las solapas de “La chica del tren” de Paula Hawkins hacen creer que el lector se va a encontrar poco menos que con una obra maestra. Compruébenlo: dejo de lado los extractos de lectores que opinan en Twitter o Amazon (los más exagerados), y reproduzco solamente el parecer de personas reputadas. Así, Stephen King escribe “una gran novela de suspense… Me mantuvo despierto toda la noche” y Haaz Powell señala “la editorial me pasó ayer La chica del tren y no he podido dejarlo. Me siento culpable porque no me puse al día con los emails y mis hijos ¡consiguieron saltarse el baño! ¡Gracias!

Y lo que se resume de los medios revela que la recibieron con parecido entusiasmo. Por poner algunos ejemplos. The Guardian dice “un impresionante debut en el mundo del thriller”; USA Today aventura “Agárrate fuerte… Nunca sabes los horrores que acechan en la siguiente curva”; The Times, tal vez con una ambigüedad calculada, señala “Mi voto al mejor narrador engañoso del año es para La chica del tren”; y The Wall Street Journal sentencia “Lo nunca visto. Los libros vuelan en las librerías”.

Pues bien, acabo de leerla y, en mi opinión de simple lector, me atrevo a afirmar que no es para tanto. Es una buena historia con intriga, narrada en un lenguaje –entiendo- que sin pretensiones literarias y que resulta, en ocasiones, reiterativa en exceso. En una buena parte, la novela es una especie de diario de una alcohólica que cuenta tantas veces sus borracheras que a la novela parecen sobrarle bastantes páginas.

Por eso, su lectura, si bien me ha entretenido por momentos, no ha dejado de preocuparme, porque visto las alabanzas de la crítica estoy  seguro que soy yo el equivocado. Hay algo, sin embargo, que me hace dudar de que lo esté o, al menos, de que no yerre tanto. Y es que tengo la costumbre de leer las novelas con un lápiz en la mano para subrayar aquellos pasajes que me sugieren algo o que considero brillantes desde el punto de vista literario.

Pues bien, solo en dos páginas subrayé algo. En la 62, una referencia a la falta de autenticidad de Anna a través de  la expresión de que “todo lo que ella tenía era de segunda mano” y en la 480 en la que compara a Rachel con uno de esos perros maltratados a los que todo el mundo echa a patadas, pero siempre vuelven agitando la cola y con la cabeza gacha.

Es muy poco, sobre todo si pudieran ver, por ejemplo, cuántos párrafos tengo subrayados de las novelas de García Márquez, o de Vargas Llosa, o hablando de otras novelas que considero excelentes de “La impaciencia del corazón” de Stefan Zweig o de “El último encuentro” de Sándor Marai.

En resumen, se trata de una buena novela, que entretiene y solo por eso debe ser comprada, pero me parece una gran exageración todo el alboroto mediático que se está montando sobre ella.

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