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El árbol caído

El árbol caído
Marisa Gallero el

«Si se va segando la rama de un árbol, cae la rama y, al final, caerán todas», amenazó Jordi Pujol en su intervención ante la comisión de investigación por corrupción en el Parlament de Catalunya el 26 de septiembre de 2014, dando puñetazos en la mesa, sin responder a ninguna pregunta. De momento, se ha demostrado que «todas», es toda su familia, al que el juez José de la Mata tilda de “organización», porque todavía en la jerga judicial no han admitido la palabra «mafia».

Un día antes de que acabe 2015, el magistrado de la Audiencia Nacional ha cercado las raíces del origen de los fondos del clan Pujol en 13 autos, citando a declarar como imputado al que llamaban Molt Honorable y a su esposa Marta Ferrusola por presunto delito de blanqueo de capitales.

El ex presidente de la Generalitat de Cataluña era el titular real de una cuenta en Andorra, donde se ingresaron en efectivo 307 millones de pesetas en el 2000 sin que se justifique con los ingresos obtenidos «por razón del cargo público» que ostentó durante los 23 años que estuvo «muy tranquilo» en el Gobierno. Ni tampoco los 3,4 millones de euros ingresados en las Navidades de 2010 cuadran con la famosa herencia sin regularizar durante tres décadas, y que realmente podrían apuntar como señala el juez a contratos públicos.

Tanto el ex presidente de la Generalitat de Cataluña como toda su familia tenían una «estrategia coordinada» para ocultar y lavar sus activos «de presunto origen criminal». Como los movimientos de 55 millones de euros en paraísos fiscales detectados a Jordi Pujol Ferrusola, tras la denuncia de su ex novia, Victoria Álvarez, que aseguró ante el juez Pablo Ruz «tener un miedo de narices, porque esta gente en Cataluña tiene muchos amigos y son muy peligrosos».

Jr. utilizó al menos cuatro testaferros y hasta nueve compañías instrumentales y entramados societarios internacionales. Victoria le acompañó durante dos años en viajes de negocios –Argentina, México, Reino Unido y en más de diez ocasiones a Andorra– hasta que vio en el maletero de uno de sus coches de lujo una mochila con grandes cantidades de billetes de 500 euros. «Tratan a Cataluña como si fuera suya. Cuando hablabas con ellos, es como si fuera su finca», me contaba.

Si no hubiese declarado en enero de 2013, la que muchos calificaban despectivamente como una mujer despechada, que arrastra consigo el episodio esperpéntico de su conversación con Alicia Sánchez-Camacho registrada en una grabadora escondida en un florero en el restaurante La Camarga, quizá la investigación nunca hubiese arrancado.

«Yo no he sido un político corrupto», soltaba en tono crispado Jordi Pujol en el Parlament catalán. Su mujer respondía con monosílabos murmurando que «Cataluña no se merece esto». Llegando incluso a manifestar que «no tenemos ni un duro». El próximo 10 de febrero, caigan las ramas o el árbol entero, se lo tendrán que explicar al juez de la Mata, y la excusa de la herencia recibida ya no cuela.

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