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Blogs La capilla de San Álvaro por Luis Miranda

Menú degustación

Menú degustación
Luis Miranda el

Se ha hecho costumbre. En cualquier charla se cuelan la comparación y el recuerdo: «Han aprendido. Ha ido mejor de horarios que la otra, esta vez al minuto». Las magnas procesiones, con todo lo bello que dejen, ya son hábito en Córdoba, aunque haya años que según los cumple quien los cuenta se van haciendo más próximos unos a otros. El corazón abierto puede haber encontrado un abismo hermoso en las imágenes de Jesús Nazareno de Aguilar, de Priego, de Rute, de Lucena, de La Rambla, y eso quizá ayuda a que el lunes por la mañana amaneciera con la dulzura de un recuerdo que se agradece.
Pero al cabo del tiempo, cuando se pose otra vez la ceniza en la frente, alguien se habrá dado cuenta de que no hace tanta ilusión como otras veces. Fue más corta la espera. No es lo mismo, desde luego, un día de Semana Santa que un maratón con muchos pasos en la calle, igual que no es lo mismo este final de verano húmedo y bochornoso, que una tarde dulce de abril, y tampoco se asistió al lento llegar de los capirotes por la calle Alfonso XIII, ni de los cultos de cada semana de la Cuaresma. El aperitivo no alimenta, pero mata el hambre. No es bueno para el cuerpo, pero emborracha el estómago aunque no se acompañe con cerveza. Como un disco hermoso que se repite una y otra vez hasta que pierde el misterio y hay que apartarlo por bastantes meses.
Después de la alegría honda que inunda por dentro al cofrade cuando ha visto algo que le gusta, queda un poco de vacío y muchas preguntas incómodas. ¿Por qué queda la desazón de pensar que se ha hecho una Semana Santa abreviada para que las disfruten los que no se mueven de su sitio, o mejor dicho de Sevilla? ¿Qué diferencia, aparte de una exposición en que las imágenes hubiesen estado muy bien sin sus pasos, hay entre la expectación ante las cuadrillas y las bandas y las chirigotas del Carnaval de Cádiz que van de feria en feria todos los veranos ante un público que se sabe sus pasodobles y popurrís? Las dos fiestas, tan unidas en el calendario, parecen poder celebrarse ya en cualquier momento.
¿No serán al final estas cosas ensayos generales, pruebas con público en los que pulir cosas para Semana Santa? Cuando entró la Virgen de las Angustias, la última de la magna procesión con que terminaba «Por tu cruz redimiste al mundo», faltaban casi 200 días para el Domingo de Ramos. En otro tiempo era el estreno de un mundo nuevo y efímero, de un tiempo en el que los afanes de todos los días importan mucho menos que las cita con una imagen en la esquina que el cofrade y Quien está representado ya saben. Ahora son el plato fuerte que ni apetece de tanto como se ha entretenido el tiempo en menús de degustación, como si la Semana Santa fuese una feria que cada mes se celebra en un sitio distinto. El olvido, cantaba Serrat, sólo se lleva la mitad, porque será mucho mejor guardarse las calles llenas y las chicotás con música que preguntarse por qué las cofradías se sentían contentas con el paso lleno de costaleros y un cortejo de cirios que pocas veces superaba a los que se ponen en los monumentos del Jueves Santo para recordar a quienes se sentaron en la última Cena.

Liturgia de los días

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