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Blogs La capilla de San Álvaro por Luis Miranda

Palacio sin Reina

Palacio sin Reina
Luis Miranda el

La ausencia puede ser a veces más reveladora, reveladora en el sentido espiritual, que la presencia. Caí en la cuenta la otra noche, en que salí tarde de trabajar y al acercarme a San Hipólito vislumbré a unos cuantos costaleros. No podían ser más que de una cofradía, claro, y al poco apareció la silueta inconfundible del paso de palio al que todavía no se había subido Nuestra Señora Reina de los Mártires. Para cualquier cofrade de Córdoba, acostumbrado a los pasos lisos y a la austeridad obligada, ese trono ha sido siempre una Catedral, una avanzada de la Semana Santa que se quería tener en el futuro, un tesoro incandescente que justificaba por sí mismo la noche solitaria. O eso se pensaba.
En la calle estaban, sí, los respiraderos inigualables, tan sevillanos en la ejecución y tan cordobeses en la inspiración de la sillería del coro de la Catedral, y que parecen obra de la naturaleza de tanta perfección. Y estaban los varales, de los que se cuenta que años después el mismo Jesús Domínguez dijo que no recordaba que hubiera hecho algo tan valiente y suntuoso. Y por supuesto, arriba, el palio perfecto: el techo como una hoguera hipnótica entre el rojo y el oro y las bambalinas como letanías de bordado finísimo para la Virgen.
¿Había que seguir al paso como una Madrugada de Viernes Santo, pararse con él, fijarse en los detalles, dar gracias por el feliz encuentro de una noche de Cuaresma? Quizá si había que admirar aquellas obras magnas de Esperanza Elena Caro y Jesús Domínguez, eran mejores las vitrinas de la casa de hermandad. Lo que yo vi era el testimonio de un vacío, un ensayo de costaleros necesario para que todo vaya como tiene que ir dentro de unos cuantos días. Si ese palio es un palacio, era un palacio sin su Reina; si aquello eran ofrendas para la Virgen María, lo perdían todo si Ella faltaba; si era una Catedral, estaba como desacralizada, sin el Santísimo. Hasta el fleco de bellota contra los varales, su música acompasada de siempre, estaba sordo y como tímido de sonar cuando no fuera ante Ella.
El corazón reconstruía entonces todo lo que faltaba: el rostro intenso, dolorido y pleno de la Virgen, la expresión de las manos, la candelería revelando a la imagen, el manto donde viven los mártires de todos los tiempos y, entonces sí, la emoción de que el conjunto tendría sentido, de que sí que merece la pena acompañar, rezar, no despegarse, pensar que la noche es mucho más hermosa. Hoy se forman bullas en algunos ensayos, se quema incienso en los bares y se enfoca al solista de la banda mientras las imágenes van delante como justificando que haya música, pero Dios corrige a su forma y se revela a veces allí donde parece que falta.

Cuaresmario

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