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El jamonero

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La visita de Obama ha dejado algunos detallitos sorprendentes. Lo primero fue al bajar, con ese swing que tiene Obama. Le estaban esperando el Rey y la vicepresidenta con un abanico. Lo del abanico no es del todo normal. Ante dos Jefes de Estado, estar dándole el abanico es llamativo, porque además el abanico, que suele ser la mejor forma para hacer ojitos, funcionaba claramente como una extensión de la influencia territorial de Soraya. Abanicándose ganaba mucho espacio. No era un abaniqueo introvertido, sino casi un pavoneo. Lo manejaba con mucha soltura, y en cualquier momento le podía aterrizar allí un avión.
Esto se hace, seguro, porque “es muy español”. La España oficial acaba siendo siempre un poco España de Merimée. Pero ¿se pondrá de moda? ¿Irán las personas, las gentes, a las recepciones meneando el abanico, o esa forma tímida del pai pai? Eran las doce de la noche, ¿pero y si fueran las cuatro de la tarde? ¿podría llevarse un botijo?
Las sorpresas continuaron al día siguiente. No lo es que Iglesias regale libros. Es un legitimador libresco de grandes burradas. Tiene ese vicio. A mí lo que me llamó más la atención fue el regalo presidencial a Obama: un jamón con su jamonero.
Había algo chocante. En primer lugar, un jamón no es un recuerdo. Es lo más opuesto que hay a un recuerdo porque su durabilidad es muy reducida. Como mucho puede ser recuerdo el hueso del jamón. Luego, es un cambio de tendencia en el regalo entre mandatarios. Es como si Hollande regalara quesos. Se cede también con esto al españolismo más nuestro, que queda bien entre nosotros, pero que hay que controlar. Esto de que el jamón es la gloria bendita, esto de pelearnos en las aduanas por su introducción, de cantarle saetas nostálgicas… Esto es cierto, el jamón es una gran cosa, pero no es el Quijote, no es Picasso, ni la Alhambra. Sobre todo porque es comestible. Hay una desfachatez ibérica que habría que relajar. Un imbuirse oficial en el espíritu Campofrío.
Pero siendo el jamón un paso más allá, lo del jamonero deja perplejo. Es llevar la pulsión jamonera legítima de un Bigas Luna -totémica, racial- a un grado de detalle que le resta todo su valor simbólico. Como a la Merkel se le ocurra elogiar el arroz le clavan una paella, un paellero con su hornillo. Se nota que han pensado en el kit completo, que le han dado a la cabeza: el cuchillo y el mueble jamonero. Pero falta ese mantelito, o trapito que se le pone encima al jamón, que es como su sudario, y que ha de ser de un cierto tipo, no vale uno comprado en Washington. Se pensó en todo (un cachondo pedía el loncheado en sobres, pero allá habrá blísters).
Como el jamón es efímero (es el tempus fugit, el reloj de arena de las cocinas), será el jamonero, la otra peana, lo que marque para los restos la españolidad de la cocina de los Obama. Será siempre un reclamo, un grito (un jamonero grita calladamente “jamón” con la misma insistencia que el Cordobés). Porque un jamonero sin jamón tiene algo de utensilio de la Inquisición. Un souvenir español.

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