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Boicot

hughes el

No creo en el boicot. Me parece una forma desproporcionada y atrasada de expresión. También incontrolada: puede dañar más allá del objeto de la ira.
Es feo por redundante, por enfático: la libertad comercial y de consumo ya recoge silenciosamente la posibilidad del boicot.
La posibilidad de sucesivos boicots de respuesta llevaría la vida pública a una especie de apocalipsis, de desierto comunicativo. Aunque… ¿no es un poco así ya?
Las declaraciones de Trueba no me parecen tan graves. El “no me siento español” podría ser una licencia, y debería serlo. Es como lo de la Primera Enmienda de los americanos. El quemar la bandera conceptual (otro rato vamos con lo de Trump). Debería exigir de nosotros una aceptación amplia.
Es una mera licencia, expresada, creo, con poca gracia. El odio a lo propio es algo necesario. Es como “odiar a la gente”. Debería estarnos permitido, también deberíamos conocer el riesgo que corremos.
Con Trueba, creo, estamos ante un caso de poca gracia, de pedantería y de sectarismo enquistado. Creo que si saliese Arévalo diciendo que no se siente español nadie se ofendería (de hecho, sería maravilloso). Con todo, es necesario proteger la libertad ambiental para no solo no sentirse español, sino, más allá, incuso no sentirse vasco, o sevillano. Proteger el derecho expresivo a ser, por ejemplo, un valenciano antivalenciano.
Pero los boicots no han funcionado nunca, no han conseguido hundir del todo las cosas. Es seguro que en el caso de Trueba ha habido un fracaso comercial “por causas propias”.
Y lo curioso, llegados a este punto, son las reacciones en defensa. “La caverna o los fachas atacan a Trueba”.
Bueno, es exactamente lo que la política y culturas oficiales (sabemos quiénes son, sabemos dónde están) han venido haciendo con el otro lado, “the dark side”.
Ostracismos organizados. No en forma de boicot, sino de silencios sólidos y programados. Su misma forma de expresarlo lo revela: fachas, caverna… Arrojan a un más allá de la vida pública. “Ah, nos están haciendo lo que nosotros a ellos, ¡pero qué se creen estos ultras!”. Son los menos indicados para quejarse.
Pensemos qué le sucedería a un director de cine que durante años hubiera manifestado, y de la forma en que lo hace Trueba, unas opiniones político-sociales opuestas.
Ese hombre probablemente estaría exiliado o reducido comercialmente a una visión retronostálgica y senil del mundo. ¡Condenado al “Cine de Barrio” de la vida!
Por eso, hace tanta gracia la reacción al boicot. El boicot es una cutrez, pero… ¿no es sólo una forma organizada e iracunda de ostracismo (con internet todo es un poco así) que además permite al boicoteado esgrimir la postrera medalla de la represalia ideológica?
El boicot hace pensar también en cuántas de nuestras decisiones de consumo no están compuestas de pequeños boicots, de un núcleo boicoteador inalienable y personal. En cómo lo primero que iniciamos contra otro es siempre una guerra comercial.
Yo creo que vivimos en el boicot silencioso.

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