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Blogs French 75 por Salvador Sostres

Pequeña muerte

Salvador Sostres el

Macià Alavedra venía a Semon cuando salía de los funerales y pedía un nido de caviar, porque hay que celebrar cada día i és el contrast el que ens ajuda a estimar la vida. Del único funeral que salió y no vino fue del suyo, pero da igual porque hacía años que ya mi amigo era inmortal.

Yo no tengo aún que ir a funerales y lo más parecido a la muerte que de momento me toca son las discusiones con mi mujer. Son discusiones que antes de empezarlas ya sé dónde van a colapsar, dónde voy a colapsar y que tener razón no me va a servir de nada.

Pequeña muerte, muy pequeña; pequeña desolación, no tan pequeña; pequeña desesperanza si sólo fuera una pero se van amontonando y no sé cómo driblarlas para que no me sangren. Si Macià iba a Semon yo voy a Via Veneto y no me hace falta pedir nada para que la casa me acoja y me levante.

Puedo discutir con mi director, con mi director adjunto, con algunos de mis amigos, con mi hija. Puedo discutir hasta con mi hermana y pensar con una cierta frialdad en las cosas buenas y malas, en la parte de paciencia que pude haber tenido y en la que fui un cretino, un borde, un desgraciado.

Pero con mi mujer es distinto. Cada palabra resuena en el vacío. Cada bronca me funde entera la batería y es como si un dementor me chupara la vida. Llego a Via Vento agotado, rendido, y aunque si me vieran por dentro se asustarían del vacío me parece que por fuera todavía soy capaz de guardar la compostura.

Si me vieran por dentro verían el grito silenciado convertido en relámpago, y el árbol que el relámpago ha partido en dos y ha quedado tendido en forma de cruz sobre la nada. Me verían la lengua también quemada, el gesto clavado en la mano y los pasos que no llegaron a perderse porque simplemente se extinguieron, sin saber hacia dónde avanzar. Verían al que todo lo puede superado, al que todo lo escribe sin más palabras, y mi sonrisa helada por dentro y mis gracias sin la ternura con que solía envolverlas para que al rebotar no sonaran a lata. Y seca, ni siquiera pegajosa, sólo seca, reseca, mi alegría que siempre me acompaña.

Es angustioso notar cómo la vida se me funde, cómo el cuerpo no responde y el alma -como si de repente los ateos estuvieran en lo cierto- no puedo encontrármela. ¡Que vienen los ateos! ¡Qué espanto! Es La Angustia sentir que el nervio se desvanece y que no puedo controlar absolutamente nada.

Sólo mi mujer consigue llevarme a este sucio callejón, sólo ella sabe cómo acorralarme, sólo por ella pierdo el equilibrio, me quiero levantar y no puedo y justo cuando me parece que encontré el camino para no volver a perderme, otro vendaval desbarata los mapas.

Hay quien dice que esto es amor pero yo no creo que algo tan innecesario y tan triste pueda ser amor. Hay quien dice que sólo los que se conocen muy bien pueden desquiciarse de este modo, y también lo dicen como un mérito. Pero yo creo que no puede ser meritoria tanta devastación, tanta vida derribada, ni la amargura escurrida de estas palabras.

Y me pregunto cómo puede ser que queriéndonos tanto podamos caer tan bajo, que las trenzas de lo que tantas veces resulta ser el amor más fiero y la mejor estrategia para proteger a nuestra hija puedan abrirse al abismo en que parece que lo que cae jamás podrá emerger. Me pregunto cómo es posible que aún perdamos el tiempo, y la vida que se nos va, en estar tan tristes, en arrastrarnos tanto, en borrarle la alegría al día con una mano mientras con la otra convocamos el desastre.

Un hombre y una mujer, padres, ricos, blancos, católicos, sanos y afortunados es esto lo que hacen y es así como se sienten y es así como se tratan. Y eso que son inteligentes. Y eso que se quieren tanto. Y eso que tienen tanto que proteger. Y eso que de hecho se protegen tanto. Me lo pregunto. No dejo de preguntármelo. Cómo puede ser. Y no hallo respuesta. Y cuando creo la hallo pasan unos días y todo vuelta a empezar. Y vuelvo a preguntármelo. Y vuelvo a hacer el recuento. Y vuelvo a pensar en lo concreto y en lo abstracto. Y no se me ocurre nada. Y pienso entonces en Macià, a quien tanto agradezco, y voy a Via Veneto porque es verdad que cada día hay que celebrarlo. Y me siento y fluyo entre La Casa y mi infancia, y mi historia que cabe toda en esta sala, y lo que me pesa se desvanece, y lo que me alegra me levanta, y vuelvo a la vida, sin pensar demasiado, y vuelvo a notarme el alma, y el camino de vuelta, de vuelta a casa.

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