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Blogs French 75 por Salvador Sostres

La salsa de tomate

Salvador Sostres el

Mi hija Maria y yo pensamos que los mejores espaguetis con salsa de tomate son los de su abuela, pero como nos parece poco prudente mandarles en legión a su casa, hemos buscado un poco más y hemos llegado a la conclusión de que los mejores espaguetis con salsa de tomate de un restaurante abierto al público son los de Tramonti.

No me malinterpreten, mi suegra estaría encantada de recibirles, pero mi hija está poco dispuesta a compartirla: ni a su abuela ni a su salsa de tomate, realmente magnífica.

En Tramonti los espaguetis son de hecho linguine y es de entrada muy de agradecer que no quieran hacerse los italianos sirviéndotelos crudos, bajo la pedantería, tan molesta, de lo “al dente”. Probablemente en Tramonti no tienen que hacerse los italianos porque ya son italianos, y no hay como “ser” para ahorrarse fingimientos: y por eso cuando surgió Podemos, mi abuela dijo, todos tranquilos, porque nosotros “tenemos”. Ahora, por cierto, que también Pablo ”tiene”, no sé ustedes pero yo le veo mucho menos histérico.

Bien, y luego está la salsa, la salsa de tomate, que es lo que importa. Es densa y roja, nada líquida, no tiene grumos, ni tropezones, ni mucho menos cebolla. A lo sumo alguna hoja tontorrona de albahaca, que Maria minuciosamente aparta.

La salsa de tomate tiene que ser salsa de tomate. No hay que ponerle nada. Lo único que tiene que tener la salsa de tomate es infancia. Por eso a la niña le gusta la de su abuela, porque es lisa, simple, intensa, sin ninguna complicación, con todavía menos florituras. La salsa de tomate de mi suegra también tiene que ver con su infancia, y con su madre, que en paz descanse. Los espaguetis con salsa de tomate, más que un plato, son un regreso, una conversación retrospectiva, tu habitación tal como la dejaste el día que te fuiste de casa de tus padres.

Tramonti no intenta parecer nada, ni crear o inventar nada con su maravillosa salsa de tomate. Simplemente la hace muy bien hecha, con aceite y sal y tomate, sin poner grandes cantidades pero sin que falte; que unte bien los linguine pero que el plato no sea un barreño de salsa interminable.

También Tramonti brilla en su modo de servir el queso parmesano rallado, en unos potes suficientes, que uno puede volcar enteros sobre la pasta sin tener que perder la paciencia cucharada a cucharada. Es importante recalcar que el queso es parmesano, y un buen parmesano. Y es importante, igualmente, pedir un pote de este parmesano para ti solo, y que esté lleno, y que tus compañeros de mesa tengan el suyo para compartir, o para lo que quieran hacer con él, porque es muy irritante asistir a las expresiones y sonidos y carotas con que algunos de ellos lamentablemente se degradan cuando tú te sirves la ración de parmesano que necesitas. Hay que ser menor, ridículo, reprimido, cretino, estúpido y yo creo que hasta bastante mala persona -vamos, un hijo de puta- para opinar sobre las raciones de parmesano de los demás, pero créanme que puede pasar y pasa cualquier cosa en este mundo enloquecido en que a los forajidos se les llama exiliados y los que declaran una independencia ilegal y acto seguido se entregan se llaman a sí mismos presos políticos. Como dice un mi amigo de Londres, se empieza asesinando y se acaba llegando tarde a una cita.

Yo les invitaría encantado a probar la salsa de tomate de mi suegra pero elijo las guerras con mi hija y no quiero que una sea ésta. También en Tramonti hay algo de su infancia que les espera, algo de su abuela o de su madre, con su amor purísimo de cuando todavía creíamos que éramos inmortales y aún no habíamos leído ningún libro.

Tramonti. Diagonal, 501.
934101535

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