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Blogs French 75 por Salvador Sostres

Como una redención

Salvador Sostres el

Comilonas inmundas estos días, como cuando éramos pobres y celebrábamos hartándonos un día al año -o tal vez dos. Recuerdos de la miseria, estas mesas tan rebosantes de comida cargante, grasienta, absurda. “Es la tradición”. También era la tradición vivir en cuevas y tener esclavos. También era la tradición cocerlo todo al mismo tiempo y en la misma olla.

En casi todo hemos evolucionado menos en estos excesos de miserables. El restaurante de esta semana es Note de Yuzu, un perfume creado por James Heeley en colaboración con la Maison Kitsuné de París. No podemos comer más hasta pasado Reyes. Si los presos independentistas hicieron su dieta prenavideña nosotros tenemos que hacerla ahora. Ni para adelgazar ni para morirnos de hambre sino porque nuestro cuerpo tiene que descansar, y nuestro cerebro. Hemos comido como cerdos. Hemos caído en la total vulgaridad. Si no paramos a tiempo nos acabaremos volviendo independentistas y diremos que España nos roba ¡y nos engorda!

Basta ya. No comas más. Note de Yuzu, del señor Heeley, que sin ser Jean-Claude Ellena es también muy nuestro.

El perfume se abre con el yuzu, este cítrico amargo y picante, entre la mandarina y el pomelo. En el corazón, la sal marina y las algas. Y de fondo el vetiver de Haití y el almizcle blanco. Es un perfume limpio como la derecha, japonés en su sutileza intencionada, inglés en su equilibrio y francés en su aire de música pop dependiente de la Maison Kitsuné. Queda muy de hombre en los hombres y muy de mujer en las mujeres: esto también es muy japonés.

El frasco de 100 ml cuesta 130 euros, como cualquiera de nuestros restaurantes, con la ventaja de que el perfume te dará de “comer” algunas semanas, e incluso varios meses si no abusas de él. Pero abusemos, abusemos de este cítrico picante y que sea cada día nuestro único alimento. Que con su elegancia nos recuerde que en la verticalidad está el sentido de cada cosa. Que con sus cítricos más volátiles nos devuelva a la virtud huidiza del genio, rescatándonos del empacho intolerable de lo obvio al que estos días nos hemos abandonado. Cochinillos y capones, turrones y canelones. Como si fuéramos bestias, como si todavía tuviéramos hambre. Qué ordinariez. Qué asco. Nace Jesús para salvarnos y nos encuentra mojando un barquillo en la copa de cava. Somos deleznables. Somos el caganer de cada Belén. No nos merecemos nada.

Que un rayo de Note de Yuzu nos devuelva a la fría sensualidad de las ideas, a la cristalina inteligencia de las metáforas que no necesitan desmenuzar la verdad sino simplemente esbozarla. Y todo se comprende sin necesidad de tragar. Tragar. Qué desastre. Podría vivir de oler este perfume y nada más. Podría fundar con él una família. Póntelo en la mano, entre el pulgar y el índice con el puño cerrado. Huélelo enseguida. Luego dale unos minutos y vuélvelo a oler, con el corazón y el fondo abriéndose paso. Es una fresca mañana de junio en una calle secundaria del Upper East Side. La seducción de los cerebros cuando ni los cuerpos hacen falta. Un guiño irónico que remite a lo que entonces nos dolió pero de lo que tanto hemos aprendido. Querría escribir siempre así, de un solo trazo como Dios hace a algunas chicas porque Él no necesita borradores.

Todo más sutil, menos invasivo, más libre, más de hombre que intenta parecerse a Dios en lugar de recordarse a sí mismo en cada acto, en cada rendición, que viene del mono, con esa arrogante ordinariez de los ateos. Todo más elevado, menos rastrero.

Note de Yuzu para descansar de nosotros mismos, de nuestra brutalidad atroz. No podemos volver a comer hasta pasado Reyes si no queremos acabar abriendo las cárceles o delirar repúblicas imaginarias. Del capón a la revolución hay sólo un paso. Hasta la cárcel hay dos. Los Jordis se hartaban a cocidos: por Navidad y todo el año.

Volvamos a pensar, volvamos a sentir, volvamos a lo que escapa a las normas del tráfico diario. Dejemos lo orgánico para las bestias y acunemos al Niño de todos los hombres en la mirada limpia del almizcle blanco y el yuzu, como una epifanía, como una redención.

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