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Frente a la COVID había que estar atento, no te podías abandonar

Vicente, enfermo que venció el COVID

Frente a la COVID había que estar atento, no te podías abandonar
Ignacio Gil el

Vicente es uno de los más de 244.000 enfermos confirmados de COVID-19 y tiene la fortuna de hallarse entre los 150.376 que siguen aquí para contarlo. Hay tantas formas de vivirlo como enfermos ha habido. Cada vivencia ha sido diferente y única. Es consciente de que su testimonio es el de alguien muy afortunado. Pasó por varias fases que relata con la minuciosidad, el rigor y el orden de un buen profesor. 

Primera fase: De pie en urgencias. Se acababa de decretar el estado de alarma y Vicente se encontraba mal. “Tengo la gran suerte de tener un hermano médico y fue él quien me insistió que con estos síntomas tenía que ir al centro médico”. Su actitud inicial era de incredulidad. “Relativizas, no te quieres creer que tienes nada grave”. Efectivamente, del centro de salud le remitieron al hospital con sospecha de neumonía. 

Entraron por Urgencias y ya había un protocolo específico, se prohibía el acceso a los acompañantes. Ahí permaneció algo menos de 24 horas. Horas en las que a la tos y la fiebre se sumaron la descomposición y la debilidad. Pasó muchas horas de pie – no había sillas suficientes – y deseando que esta pesadilla acabase cuanto antes. Las salas y hasta los pasillos estaban llenos de pacientes, mucho tosiendo, o gimiendo de dolor y de miedo. Los enfermeros desplegaban una actividad frenética intentando mantener un control. “Era como una película de guerra. Había un caos tremendo. No era falta de eficiencia sino un verdadero colapso. Era una situación nunca antes vista”. Le realizaron el PCR y empezaron a medicarle. Cada vez se sentía peor, llegó casi a perder el conocimiento. Ahí recuerda un gesto de humanidad. “Un paciente muy mayor y frágil que estaba sentado se puso en pie para cederme su silla. Finalmente, de madrugada los médicos me confirmaron que me tenía que quedar ingresado”. 

Segunda fase: en una camilla.  No había habitaciones, pero cambiaba la silla por una camilla. “Me llevaron a una sala que era la zona de fisioterapia del hospital. Creo en la decisión de pasar a esta zona se priorizaba la expectativa de vida. Era como un hospital de campaña, con cables habían colgado sábanas para separar las camillas, y estaban numeradas con carteles de papel escritos a mano. Seguían dándome la medicación pautada. Me sentía cada vez más débil. Me dieron un bocadillo, pero ya no me sabía a nada. Bingo, la pérdida del gusto y el olfato. Ya tenía la pulsera del todo incluido de los síntomas”. 

A lo lejos oyó la voz de un enfermero que entraba de turno. “Acabo de firmar el contrato, vengo de Córdoba y no sé lo que tengo que hacer…”. Vicente sentía que tenía que estar muy atento.  “En esas largas horas de duermevela tenía un pensamiento recurrente, que no había preparado a mis hijos para afrontar una situación crítica como ésta. Tengo que hacer lo que sea por salir y que mis hijos nunca tengan que ver esto”.  Vicente, es un hombre polifacético, profesor, aventurero, viajero, pero ante todo es padre.  “Creo que muchos enfermos no lo han sabido afrontar psicológicamente. Como experto en supervivencia en mi cabeza no cabía la opción de pensar que esta enfermedad pudiese acabar conmigo”. 

La sábana de separación se había corrido levemente y le permitió ver al paciente que yacía en la camilla contigua. “Mientras le observaba vi que daba una respiración fuerte, larga, y dejó de respirar. Había fallecido ante mis ojos, solo. A partir de ahí mi reacción fue aferrarme mucho más a la vida, y tener claro que quería salir de ahí cuanto antes”. 

Tercera fase: habitación en planta. Dio falso negativo, y estaba respondiendo bien al oxígeno por lo que le pasaron a planta. Aunque los médicos y enfermeros iban ataviados con sus EPIs y pantallas protectoras, estar en planta era casi normal. Pero no del todo. Porque por los pasillos, a ratos, se veían pasar los ataúdes. La gravedad de esta pandemia se seguía haciendo evidente.  Su hermano solicitó proseguir su tratamiento en su domicilio con el compromiso de guardar absoluto aislamiento. 

Cuarta fase: aislamiento domiciliario. Como si estuviera recreando el aislamiento del conde de Montecristo, su casa se dividió en dos. “Una parte en la que estaba yo solo y mi mujer Paula y mis hijos no entraban para nada. Solo me pasaban la comida a través de una ventana. Pasé diez o doce días muy débil, durmiendo mucho. Tuve muchas pesadillas y a veces me despertaba con la sensación de ahogo. En realidad, estaba procesando lo vivido en el hospital. Varias semanas después intenté conectarme para teletrabajar”. Pero su hermano le reprobó.  “Muérete porque la medicina no sea capaz de curarte, pero no por trabajar”. Se le humedecen los ojos cuando lo recuerda y para su hermano guarda el mayor agradecimiento.

Superado el COVID aún permanecía la neumonía asociada que había empeorado. Tras la cuarta radiografía de control y 44 días de aislamiento, finalmente la doctora le dio el alta. “El reencuentro con mi familia fue como celebrar un San Fermín”. 

Vicente no llegó a pasar miedo. Se emociona aun cuando recuerda la fuerza que le dieron los cientos de mensajes recibidos. “Es importante haber sentido ese cariño, ver en esos momentos de soledad y fragilidad que ocupas un lugar en el corazón de muchas personas, que a lo largo del camino has ido sembrando”. 

Se ha inmunizado contra la clase política. “Les suspendo, de cualquier color. No han estado a la altura, no han querido asumir sus responsabilidades. Han primado los criterios políticos sobre los sanitarios”. Por lo demás sigue siendo el mismo Vicente de antes. “En urgencias me impresionó como trabajaban médicos y enfermeros, con un plus de humanidad. A muchos enfermos les superaba la situación, gritaban presos del dolor o del miedo. Se abandonaban. Mi tabla de salvación emocional fueron mis hijos: Pensar en ellos, y en seguir a su lado, para prepararles más y mejor para la vida”.

Rocío Gayarre

 

Covid-19Deporte

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