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La enfermedad que mató a Blas de Lezo

El 7 de septiembre de 1741 moría Blas de Lezo victima de una enfermedad

La enfermedad que mató a Blas de Lezo
Mariela Beltrán y Carolina Aguado el

Hoy, 7 de septiembre, se cumplen 278 años de la muerte de Blas de Lezo. Apenas cuatro meses antes, en los primeros días del mes de junio, los ingleses habían desistido de su intento de conquistar Cartagena de Indias y abandonaban la plaza, humillados por una aplastante derrota. Pero, ¿qué se llevó de este mundo al glorioso marino en plena resaca del éxito de sus armas?

El teniente general Blas de Lezo murió a las ocho de la mañana de aquel 7 de septiembre de 1741, en su casa de Cartagena de Indias, una vivienda propiedad del marqués de Valdehoyos. Tenía 52 años. Falleció sin su familia, casi en soledad, con la única compañía de su secretario o mayordomo. La presencia y el amor de su mujer, a quien algunos textos sitúan junto a su lecho de muerte, son un recurso literario, conmovedor y emotivo, pero rotundamente falso. Josefa nunca viajó a Cartagena de Indias. En 1737, cuando Blas abandona España, su mujer se encontraba en avanzado estado de gestación y con otros cinco hijos a su cargo. El mayor, Blas Fernando, contaba con apenas 10 años. Un mes más tarde de la partida de su marido, Josefa dio a luz a la última hija del matrimonio, Ignacia, que ya no conocería a su padre.

Algunos autores también mencionan que Lorenzo Alderete, capitán de la Galicia, presenció la muerte de su comandante como depositario de sus últimas voluntades. Nuevamente, la afirmación es falsa. Alderete se encontraba prisionero en Londres. Tras ser capturado durante la pérdida de Bocachica, fue enviado a Inglaterra el 11 de abril de 1741 en la fragata Spence.

Otro personaje identificado erróneamente como oficiante de los funerales y responsable de todos los gastos del entierro es Diego Martínez Garrido, obispo titular de la diócesis de Cartagena quien, en realidad, nunca llegó a aquella plaza. A pesar de estar consagrado como obispo, nunca ocupó la diócesis, ni siquiera llegó a su sede, ante la imposibilidad de embarcar hacia Cartagena, entre otras causas por el estallido de la guerra entre España e Inglaterra. En su ausencia, la responsabilidad eclesiástica recaería en un gobernador, el deán Sebastián Petrel, nombrado por Martínez Garrido desde España.

Si han sido muchas las afirmaciones erróneas y conjeturas sobre las personas que le acompañaban en sus últimos momentos, no han sido menos las tesis difundidas sobre las causas de su muerte. Debemos descartar que falleciera a causa de las heridas provocadas por el impacto de una bomba el 4 de abril, mientras despachaba con el virrey en el alcázar de la Galicia. Todas las fuentes restan importancia a los daños recibidos, que califican de leves en ambos casos.

Por otra parte, los testimonios que conservamos de esos momentos finales no atribuyen la muerte a una infección y, dado el tiempo transcurrido desde que se produjeron las heridas, no parece probable que se desencadenara una septicemia. Los síntomas descritos en los testimonios contemporáneos permiten pensar en un fallecimiento por tabardillo. La enfermedad comenzó con calenturas y, una vez iniciado el proceso, Blas de Lezo murió tras nueve días, aunque pasó pocos postrado en cama. Coincidiendo con el momento álgido de la enfermedad, permaneció once horas sin conocimiento, pero volvió en sí y aprovechó para disponer algunas gestiones, confesarse, comulgar y recibir la extremaunción, que a diferencia de hoy se administraba a punto de morir.

Piojo del cuerpo humano

El tabardillo es la denominación popular del tifus exantemático epidémico. El causante es el microorganismo rickettsia prowazek, transmitido por los piojos del cuerpo humano, un insecto que vive en los pliegues y costuras de la ropa y se alimenta de la sangre de su anfitrión. Tras chupar la sangre de un enfermo, el insecto se traslada a un nuevo huésped y deposita sobre la piel las heces infectadas. Cuando la persona se rasca las picaduras extiende las deposiciones por la herida y facilita el acceso de las bacterias en el torrente sanguíneo. En general, los síntomas aparecen después de un período de siete a diez días de incubación, causando de manera súbita malestar general, escalofríos, fiebre alta, cefalea intensa y persistente, ojos rojos, confusión, inapetencia, estreñimiento y dolor y tensión en el vientre. A continuación, entre el tercer y el sexto día, aparece una erupción cutánea en la parte superior del tronco con manchas de color rojo vivo parecidas a la picadura de un insecto y que no desaparecen bajo la presión del dedo. Hacia el décimo día, momento crucial de la enfermedad, comienza una mejoría definitiva o por el contrario se produce el empeoramiento que desembocará en el coma y la muerte.

Durante el siglo XVIII, el tratamiento de esta enfermedad se basaba en el uso de diaforéticos, que desencadenaban la sudoración. La experiencia había demostrado que ésta aumentaba los índices de supervivencia. Otro de los tratamientos comunes para combatir las calenturas o procesos febriles, con independencia de su origen, eran las sangrías. Aunque se trataba de uno de los procedimientos más populares, era muy ineficaz. Su uso atribuía la enfermedad al desequilibrio en los fluidos corporales y consideraba que la extracción de una gran cantidad de la sangre envenenada propiciaba la curación, al reponer el organismo el fluido perdido. La realidad era bien distinta.

Si bien las fuentes se refieren a la presencia de fiebre y apuntan al tabardillo como causa principal, no es sencillo emitir un diagnóstico basado únicamente en estos testimonios, ya que no se menciona uno de los síntomas más característicos de esta enfermedad: las llamativas petequias. Además, se debe tener en cuenta que durante el siglo XVIII el término tabardillo se aplicaba indistintamente al tifus, la fiebre tifoidea y a cualquier calentura aguda, continua o intermitente.

Con independencia de la patología que causara su muerte, es evidente que coincide en el tiempo con un cúmulo de circunstancias adversas que precipitaron el desarrollo de la enfermedad. La tensión experimentada por la batalla, el agotamiento, la falta de alimentación y de sueño debieron de provocarle una extremada debilidad, tanto física como mental, a la que se sumaron, al finalizar la defensa, la tristeza y un bajo estado anímico. Blas de Lezo no disfrutó de una victoria que le fue hurtada, hasta el punto de calar en él cierta sensación de fracaso. El teniente general se sentía injustamente tratado por sus superiores y temía que se le exigieran explicaciones o que se le despojara de su honor por el rey. Todos estos elementos, bien pudieron sumirle en un estado psicológico de depresión. En este estado, la afección padecida pudo ser más virulenta, además de agudizarse por el uso de sangrías. Esta situación es la que parecen describir algunas de las fuentes que recogen su fallecimiento. Dionisio Alcedo, burócrata e historiador contemporáneo, señala que el descrédito, debido a la pérdida de sus navíos, junto a la implicación de su mayordomo en prácticas de contrabando, le amargaron sus últimos días de vida. Según su propio relato, Vernon, conocedor de su mala relación con el virrey, remitió a Eslava las facturas y cartas apresadas relativas a una pequeña cantidad de mercancías consignada al mayordomo de Lezo y este «se hecho a morir diciendo que habia perdido su crédito y el mérito adquirido en la defensa del Puerto y libertad de la Plaza en cuyo pesar y el de no haberle quedado embarcacion con que dar cuenta a la Corte […] falleció dentro de muy breves días».

Un compañero marino sugiere que la muerte le sobrevino por una «bien rara y casual desgracia», y su hijo Blas Fernando, en su expediente de solicitud de un título de Castilla, dice: «Y sobreviniendo al referido D Blas una grabe enfermedad originada del excesivo y continuo trabajo que tubo así de día como de noche por espacio de más de dos meses que estuvieron los ingleses en Cartagena se siguió su muerte por septiembre del 41 en tiempo que esperaba de las piedades de SM recoger el fruto de tantos trabajos y continuados servicios».

Tras la muerte en soledad, llegó la última infamia. Sus papeles oficiales y privados fueron revisados por la última persona que él hubiera deseado: el virrey Sebastián de Eslava, quien había buscado con perseverancia su descrédito ante la corona y ante todo el aparato administrativo español. Tras recibir la noticia del fallecimiento de Blas de Lezo a través de Francisco de Ovando, el virrey no pierde un instante. Con el cuerpo del marino aún caliente, ordena a Melchor de Navarrete teniente del rey, gobernador de la plaza y comandante del regimiento Fijo, que se dirija a su casa para recoger del secretario las cartas e instrucciones del marino y elaborar un inventario que debía dejar en manos de Eslava. Ovando, presente en esos momentos, denuncia el saqueo y relata cómo Eslava obvia el hecho mismo de la defunción con el único interés de acceder a los papeles. Solo después de haber verificado su contenido devuelve los documentos al secretario de Lezo.

Blas era un hombre muy religioso, como muestran muchos de sus escritos. Su deseo, expresado a su familia, era que se celebraran cuatro mil misas por su alma, además de la donación de algunas limosnas. Sin embargo, no estableció disposiciones sobre su enterramiento ni dejó indicaciones sobre el destino de sus restos mortales en el caso de que llegara a fallecer en Cartagena de Indias. Por el contrario si expresó con claridad sus deseos sobre la educación y el futuro de sus hijos. Por ello son muchas las dudas sin resolver, y la más esencial: ¿dónde descansan sus restos mortales?

Carta de Blas Fernando indicando el lugar de enterramiento de Blas de Lezo

Hasta 2018, nada se sabía del lugar de enterramiento del marino, y todas las afirmaciones existentes se movían en el ámbito de la especulación. Pero en una carta conservada en el Archivo del Museo Naval de Madrid y hasta entonces inédita, fechada en diciembre de 1773, Blas Fernando, hijo primogénito de Blas de Lezo, afirma conocer el sitio exacto donde reposan los restos de su padre: el convento de dominicos de Cartagena de Indias.

«[…] Positibamente se que el retrato de mi padre esta colocado en el arco de mármol donde fue enterrado su cadáver en el Conbento de Dominicos de Cartag(e)na de Yndias […]»

Con su muerte lejos del hogar, con los esfuerzos de Eslava por lograr su descrédito y sin el reconocimiento de Felipe V a sus servicios, es fácil deducir la delicada situación en la que quedaba la familia de Blas de Lezo, no solo por la pérdida de prestigio de la figura paterna, sino también por la incertidumbre económica que amenazaba su futuro.

Iglesia Prioral del Puerto de Santa María

En 1742, en el Puerto de Santa María, Josefa iniciaba su vida de viuda con el desamparo de la Corte que desoía sus peticiones de ayuda. A un tiempo, comenzaba los preparativos para trasladar a su familia a Pasajes junto a su suegro Pedro de Lezo, tal y como le dejó indicado su esposo. Pero no pudo emprender este último viaje, ya que en diciembre de ese año comenzaron los síntomas de una larga enfermedad que la mantuvo postrada en la cama durante cuatro meses con mucha fiebre. Josefa murió el 29 de mayo de 1743, con solo 34 años. Dejaba huérfanos a seis menores en edad temprana –el mayor estaba próximo a cumplir los diecisiete años y la pequeña contaba con tan solo seis–. Los niños fueron criados hasta lograr su acomodo, con no pocos esfuerzos, primero por el abuelo y más tarde por el mayor de los hermanos.

Por Mariela Beltrán García-Echániz y Carolina Aguado Serrano

Autoras de La Última batalla de Blas de Lezo, Edaf, 2018.

 

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