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Hernán Cortés: un gran estratega naval

Hernán Cortés: un gran estratega naval
Agustín Ramón Rodríguez González el

Una de las facetas del gran genio que fue Cortés, y entre las menos recordadas normalmente, fue la de tener una amplia y certera visión de todo lo marítimo y naval, desde lo táctico a lo estratégico y en el mas complejo sentido de la palabra.

Ya su primera fundación en el continente americano, la de Veracruz, implicó disponer desde su inicio del principal puerto de conexión entre España y América, punto de partida durante siglos no ya solo de las Flotas de Nueva España, sino incluso de las mercancías que hasta Acapulco llevaba el Galeón de Manila, uniendo así anualmente tres continentes, con todas las consecuencias que eso ha traído en la historia de la humanidad.

Unos elaborados planes

Tras la tan desesperada como épica victoria de Otumba, Cortés tuvo que dar descanso a sus agotados hombres. Se imponía recibir refuerzos y elaborar planes para vencer al poderío azteca, y gracias a su previsión al fundar la villa y puerto, envió a Santo Domingo cuatro de sus buques, que evidentemente no había quemado (según la leyenda), en demanda de refuerzos y sobre todo de armas de fuego y de caballos, elementos decisivos en esa lucha. También ordenó adquirir allí otras cuatro embarcaciones más, para reforzar su línea de suministro.

Y obtenidos unos y otros, y tras asegurarse el apoyo y la lealtad de los aliados de Tlaxcala y de otros pueblos indígenas, la expedición se puso de nuevo en marcha hacia Tenochtitlán. Avanzando metódicamente, la fuerza de Cortés fue aplastando cualquier pueblo afecto a los aztecas o consiguiendo su alianza o al menos su neutralidad. Ya a primeros de abril se dedicó a hacer lo propio con todos los pueblos ribereños de la gran laguna de Texcoco, en cuyas aguas se alzaba Tenochtitlán.

Los decisivos bergantines

Además Cortés ya había planificado con anterioridad su “arma secreta”, la que en sus propias palabras sería “la llave de toda la guerra”, pues de sobra conocía la extrema dificultad del asedio de una ciudad asentada en un lago y unida solo a tierra por tres grandes calzadas, lo que explica la división en tres grupos de los atacantes, sin olvidar que la ciudad misma estaba surcada de canales. Con mucha antelación había enviado al maestro calafate Martín López a que construyera con madera local, y con pertrechos, clavos y otros elementos extraídos de los barcos de Veracruz, nada menos que 13 bergantines.

A la dificultad de su construcción se unió la de su traslado a la laguna de Texcoco, por tierra, teniéndose que abrir una gran zanja llena de agua y forrada de madera por donde transportarlos más de ocho leguas, con la ayuda de unos ocho mil indios y una fuerte escolta para prevenir sorpresas. Al fin, y tras una obra verdaderamente faraónica, las 13 embarcaciones fueron botadas y alistadas en la laguna de Texcoco el 28 de abril de aquel año de 1521.

Conviene recordar que entonces se llamaba “bergantín” en castellano a una de las más pequeñas embarcaciones de la familia de la galera, y eso es lo que fueron exactamente las embarcaciones de Cortés: con un cañón ligero a proa, 6 ballesteros y escopeteros por embarcación, seis remos por banda, accionados por otros 12 remeros-marineros, y un capitán, con un total de 25 hombres por embarcación. Llevaban, según tamaño, uno o dos mástiles con velas latinas. Así, y dato decisivo para la importancia que les concedía, Cortés dedicó 13 de sus 18 cañones a los bergantines y bastante más de la mitad de sus escopeteros y ballesteros, así como casi un tercio de sus soldados, pero aquella decisión mostró ser verdaderamente genial.

Un asedio anfibio

En la ciudad los defensores contaban con miles de canoas para asegurar la comunicación con tierra y traer provisiones, hacer incursiones y contraataques contra tierra firme, etc, pues al carecer de animales de carga y desconocer prácticamente la rueda, aquella civilización hidráulica basaba su transporte táctico y logístico en los barcos. Pero los suyos eran pequeñas canoas de no más de seis remos e igual número de guerreros, y pese a su número, no podían competir con los bergantines. También había algunas piraguas mayores, pero no se solían utilizar en combate por su escasa velocidad y maniobrabilidad.

La flotilla dio la primera gran victoria a los sitiadores, cuando, embarcando Cortés en ella, se dirigió hacia la masa de cuatro mil lanchas aztecas. Navegando ambos bandos a remo, tal vez la propia masa pudiera envolver a los bergantines, bloquearlos y pasar al abordaje, pero se levantó un fuerte viento, los bergantines izaron sus velas y con la potencia ganada arrasaron por choque o fuego con la mayor parte de las canoas aztecas, haciendo que Cortés exclamara: “plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado”. Con aquella victoria, no sólo se conseguía el dominio de las aguas, sino que se bloqueaba por entero la ciudad, que ya no podría recibir refuerzos ni provisiones desde tierra.

Pero aquella fue simplemente la primera victoria de los bergantines, a ellos, como veremos, correspondería un papel decisivo en la lucha siguiente y el honor de la última y definitiva.

Además los aztecas quedaron sorprendidos, pues era esta un arma que los españoles no habían utilizado hasta entonces, y era por tanto desconocida para ellos.

Así que a los sucesivos asaltos de españoles y aliados indígenas por las calzadas, se unía el acoso de las tres flotillas de bergantines, que se aproximaban de flanco y batían con su fuego los flancos y la retaguardia de los defensores, cuando no hacían un desembarco.

Los ingeniosos aztecas idearon algunos medios para dañar a los bergantines, como clavar hileras de postes de madera a uno y otro lado de las calzadas, con lo que los bergantines no podían aproximarse, o quedaban encallados en ellos, facilitando el que las canoas aztecas los intentaran tomar al abordaje o prestaran parecido apoyo a los suyos, navegando entre la hilera de postes y la calzada. Un peligro mayor era clavar en el fondo postes con punta, entre dos aguas, con los que un bergantín podía chocar, produciéndole una peligrosa vía de agua. Sin embargo, y pese a algunas situaciones comprometidas, no se perdió ningún buque, y el imparable avance siguió hasta llegar a la ciudad.

La victoria

La suerte estaba ya echada para los defensores: completamente aislados del exterior, cada vez en un lugar más angosto, con enormes bajas en los combates, por las epidemias y el hambre, la voluntad y la capacidad de luchar se desplomaron.

Finalmente, Cuauthémoc intentó la huida con su familia, sus más fieles servidores y tesoros, en unas cincuenta grandes piraguas que tenía preparadas, pero apenas avistadas, salieron tras ellas los bergantines españoles dándolas caza. El que primero llegó al alcance de la del jefe azteca, lo mandada el capitán García Holguín y no tuvo más que amenazar con sus armas para que el abrumado líder se rindiera sin hacer resistencia.

Era la hora de vísperas del 13 de agosto de 1521, y aquella tarde llovió y relampagueó, señalando el fin de la orgullosa y dominadora ciudad que renacería como la actual México.

El Pacífico

Pero aquí no terminó la faceta naval de Cortés: cruzando el continente tuvo la genial visión de fundar los primeros puertos y astilleros en las costas del Pacífico americano, con lo que no solo se hicieron posibles nuevos descubrimientos en lo sucesivo, desde California hasta Alaska, sino la comunicación con el posterior Virreinato del Perú, y muy especialmente la navegación del Galeón de Manila y la exploración del Pacífico, que durante siglos fue verdaderamente un “lago español”.

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