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Blogs Entre barreras por Ángel González Abad

El día que Morante convirtió a su religión a un incrédulo

Rosario Pérez el

Era parada obligada antes de la luna de miel venidera. Iba a la plaza solo por acompañar a su novia, renegando del cartel. Ningún espada casaba con su concepto, que si mucho “arsa” y poco “ole”. Y aún le están escuchando bramar en Castellón, tan doliente es su rugido que su hoja de ruta tendrá que cambiar. Lo siento, Manuel, pero olvídate de la noche de karaoke… ¡Sin palabras y sin voz se quedó!

Aquella garganta ronca prendió como una hoguera de San Juan. Su mirada se iluminó. Me cuenta Luisa, su futura, que los ojos se le salían de las cuencas, como un niño viendo pasar a los Reyes Magos.

Ay, Manolito, tú que te habías sentado en el tendido a regañadientes, que hubieses apostado antes “por un maletilla de carnaval que por Morante”, y has salido toreando. Su verbo mana a borbotones: habla y no para de su pureza, de su valor, de su arte, de la torería, de esos zurdazos incluso ya con la muerte encima y de esa lentitud con la que cae la arena del reloj en los momentos amargos. “¡Charo, como decís los aficionados, ha estado cumbre!”, exclama. Y lo expresa al natural, con la naturalidad que, según leo y me cuentan, ha toreado el artista de La Puebla del Río.

Como mi tuit dixit, “hoy Morante ha convertido a la religión que es su toreo a un amigo cuya fe en él era limitada”. Potestades de genios. Ay, Manuel, incrédulo de mi alma, que te veo colgando tu uniforme en el Ejército para seguir las otras 26 trincheras del Tour morantista…

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