Es difícil resumir de manera más brillante que Sergio Ramos el absurdo lingüístico de los idiomas en España que con ese “Contéstale en andaluz, que está muy bien” que le sugirió a Gerard Piqué cuando éste fue requerido por un periodista catalán a contestar en catalán a sus preguntas. “Es que le cuesta entender el castellano”, añadió Ramos en el mismo tono irónico.

La rueda de prensa era en Salamanca y con la selección nacional. Pero hasta allí viajó también ese fanatismo lingüístico tan extendido en Cataluña y en el País Vasco que usa la lengua como un arma política y no como un instrumento de comunicación. Y que se niega a utilizar el español aunque lo conozca. Sea en la rueda de prensa de Salamanca o en el Senado.
No estaría mal que atendieran también allí, en el Senado, a la sugerencia de Ramos, “que lo traduzcan al andaluz, que está muy bien”. Que se desenmascare el disparate, que se llame por su nombre a todos esas decenas de miles de euros que se van a gastar en puro esperpento. En idiotez, en desprecio al español, en desprecio a los demás. En desprecio a toda la sala que sí conocía el español pero no el catalán, como ocurrió en Salamanca.
Y no es la primera vez que Ramos demuestra su falta de complejos y su refrescante incorrección política fuera del campo. Me impresionó cuando se envolvió en varias banderas nacionales para celebrar el triunfo de la selección. Con más orgullo, más alegría y más desparpajo que nadie. Tiene madera de líder, fuera del campo tanto como dentro del campo. Mucho más que una buena parte de nuestros políticos.
Fanatismo lingüístico