Me temo que la unidad de España y Portugal es una utopía, pero yo me sumo entusiasta a esa utopía. Se ha hablado bastante de ella en las últimas semanas, a raíz de una encuesta de la Universidad de Salamanca que desvelaba unos importantes porcentajes de apoyo a esa idea en Portugal y bastante significativos en España. Lo cierto es que el porcentaje de apoyo de los portugueses, un 40% a favor, me ha sorprendido. Los españoles correspondemos en menor grado, con un 30% de acuerdo.
Me encuentro entre ese 30%, sobre todo por razones emocionales. Acabo de volver de un pequeño viaje allí, el que repito todos veranos desde que conocí ese país, hace tan sólo cuatro años. Ahora me sorprendo de haber esperado tanto tiempo para aquel primer viaje, porque inmediatamente me enamoré de Portugal. De su calma, de su silencio, de su clase, de su belleza. Los portugueses me parecen justamente el lado opuesto, y complementario, de nosotros, los españoles, que somos tan bulliciosos y exaltados.
Y, en estos tiempos de particularismos y nacionalismos excluyentes, me resulta estimulante saber que hay tantos portugueses y españoles partidarios de una federación de los dos países. De la unión antes que de la diferenciación. Sobre las razones históricas y culturales, las explicaba muy bien José Antonio Martín Pallín en una Tercera en el periódico el pasado 17 de agosto. Pero su entusiasmo por la idea, o el mío, o el de ese 30 por cien de españoles, probablemente no se harán realidad jamás. Demasiados intereses creados en las élites políticas, demasiadas parcelas de poder a repartir, y demasiados particularismos entre muchos ciudadanos. Y nosotros nos lo perdemos, los españoles sobre todo, quiero decir.
Portugal