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Blogs Los cuatrocientos golpes por Silvia Nieto

El año que nos mudamos a «La Polinesia meridional»

El año que nos mudamos a «La Polinesia meridional»
la-casa-azul.jpg Fotos Propias
Silvia Nieto el

Empecé a seguir a La Casa Azul cuando el instituto estaba a punto de terminar. Vinculo sus canciones a junio, a los exámenes de Selectividad y los viajes en el coche de uno de mis mejores amigos. Casi todos los temas que escuchábamos pertenecían a los primeros discos, «El Sonido Efervescente de la Casa Azul» (Elefant Records, 2000) y «Tan Simple Como el Amor» (Elefant Records, 2003). Recuerdo «Hoy Me Has Dicho Hola Por Primera Vez» -«Pero tú tienes novio / siempre me pasa igual»- y «Como Un Fan» -«¿Qué quieres que te diga? / ¿Que escogiste lo mejor?»-, que desprendían inocencia y me hacían mucha gracia. Los enfados del protagonista, del chaval que cantaba, tenían más que ver con las rabietas que con el odio; los ritmos eran bailables, y las letras describían las desventuras de un adolescente tímido y metepatas, con inquietudes culturetas y muy poca maña para ligar. Desde luego, no hablaban del tipo popular de la clase, o del que siempre se llevaba a la chica. Transmitían dulzura.

Dos años después, salió «La Polinesia Meridional» (Elefant Records, 2011). Me comentaron que era un disco un poco triste. Yo sabía que ese reverso existía en La Casa Azul por una canción de «La Revolución Sexual» (Elefant Records, 2007) que anunciaba algunos de los temas del próximo trabajo de Guille Milkyway, el líder del grupo. En «Esta Noche Solo Cantan Para Mí», el miedo, las decepciones o la ansiedad irrumpían en la letra, que hablaba sobre un chasco sentimental. Solo la música servía de consuelo: «Hay que ver cómo mi amor / se desvanece en el colchón, / no me viene a la memoria / cuándo pudo ser peor (…) / Esta noche, Blossom canta para mí / y me lleva de la mano hasta París / Desde Verve, hasta Fontana y Daffodil / esta noche Blossom canta para mí». Blossom era Blossom Dearie, una cantante estadounidense.

Si escuché «La Polinesia Meridional» el año de su publicación, fue vagamente. Durante un tiempo, me desconecté del grupo, aunque de vez en cuando regresaba las canciones de mi etapa final en el instituto, que me seguían sacando una sonrisa. Todo cambió hace más de un año, cuando me enteré de que Guille Milkyway iba a dar clases de cultura musical en un programa de la televisión, Operación Triunfo. Busqué los vídeos y me pasé varias noches escuchando lo que contaba a los concursantes, a los que les decía con especial hincapié que la música sirve para ser feliz, y que respetaba el virtuosismo, aunque sin elevarlo a los altares. Les hablaba con la misma pasión de Julio Iglesias que de Frank Sinatra, y añadía que lo importante es que la música nos conmueva, y no lo que digan los críticos o los que pretenden alzarse en jueces del buen o el mal gusto. Admiraba «Amar Pelos Dois», la preciosa canción que ganó Eurovisión en 2017, y se emocionaba cuando explicaba los temas, como hacen los buenos profesores.

Tras ver los vídeos, decidí ponerme al día sobre su carrera. Descubrí que Guille Milkiway había grabado música para publicidad, ganado un Goya por la banda sonora de «Yo, también» (Álvaro Pastor y Antonio Naharro, 2009) y recuperado las canciones de Nino Bravo, al que empezó a escuchar al mismo tiempo que los Beatles, según explicó a Europa Press. En sus declaraciones para la agencia, Milkyway añadía que en su disco sobre el músico valenciano, titulado «Nino Bravo en libertad» (Universal, 2013), había trabajado con «respeto», pretendiendo que el resultado sonara «natural y atemporal». Cuando le entrevisté, hablamos sobre la canción melódica española. Milkyway comentaba que cantantes como Marisol o Nino Bravo tuvieron un reconocimiento menor porque su carrera se desarrolló durante la dictadura, a la que no contestaron con canción protesta. También alabó a Augusto Algueró, el compositor genial que nos regaló «Noelia» o  «Penélope», y dijo que el reguetón y el trap, que son géneros muy criticados, sufren de la misma incomprensión que el jazz o el rock cuando nacieron.

Durante estos meses, he vuelto con atención a los discos anteriores de La Casa Azul, y he disfrutado muchísimo con «La Polinesia meridional». Creo que si lo hubiera escuchado en 2011 no hubiera sido capaz de apreciarlo, porque no habría entendido ni la mitad de los temas que trata. No es, a pesar de lo que me dijeron, un trabajo triste. Sí es un disco que recoge los altibajos de un momento de la vida que yo identifico como el paso a la edad adulta, con todas las decepciones y golpes que conlleva, pero sin abrazar una actitud derrotista, sino otra más bien rebelde y esperanzada, con un cierto empeño por recuperar algo de la inocencia perdida. Leamos la letra de «Los Chicos Hoy Saltarán A La Pista»: «Ya no les queda nada / les quitaron todo atisbo de color. / Les robaron las palabras, / les hundieron bajo el agua, / destrozaron su talento arrollador. / Lo que no imaginaban / es que alguno conservara el corazón». Y la de «La Fiesta Universal»: «Hoy no pasarán / hoy no pienso claudicar. / Me cansé de tanto imbécil / y he pensado que mejor era / empezar a respirar, / y volver a lo normal (…) /  Sortear la decadencia / y el despotismo intelectual / y retornar a la anarquía popular. / Que viva el arte menor / y el vodevil profesional».

Huir de los cenizas y del rollo cargante para recuperar la alegría, la sencillez y la espontaneidad, vaya. Pero hay algo más, que Milkyway explicó en una entrevista que concedió al blog «Confesiones tirado en la pista de baile»: el grito, o la necesidad de expulsar ciertas emociones a través de la música, de procesarlas de una manera creativa que nos genere alivio, «como cuando un niño pequeño se pone a hacer garabatos a toda velocidad y como poseído sobre un papel. Cuando termina, está más relajado y feliz», según sus propias palabras. Leamos «Colisión Inminente (Red Lights, Red Lights)»: «No consigo controlar las cosas, / no consigo moderar mi euforia, / no consigo respirar, y controlarme un poco más (…) / Qué desastre, cómo pasa el tiempo / sin mirarme, tengo tanto miedo / de olvidarme de las cosas que quería rematar». O también «La Vida Tranquila», que expresa esas inquietudes que asoman cuando nos damos cuenta de que nuestro tiempo es limitado y de que la monotonía tiene un punto asfixiante: «Me preocupa el futuro, el trabajo, el declive, / lo que le espera a las niñas, / mi salud, el fin del mundo. / Me da miedo la muerte, y a veces la gente / (bueno, según que gente)».

Solo una emoción nos libra de tantas preocupaciones: el amor, que a veces hemos perdido en plena vorágine. La canción que cierra el disco, y que también clausura más o menos esta entrada, se llama «La Niña Más Hermosa»: «Y entre el caos, de repente / te he mirado a los ojos / y he caído en el tiempo que hemos estado sin hablar. / Y sin darnos la mano, / sin contarnos la vida. / Cuánto tiempo ha pasado sin reírnos, sin gritar. / Y he caído en la cuenta / que entre tanto revuelo / entre tanto murmullo te oía yo cantar. / Con tu voz tan bonita / tu cadencia armoniosa / el amor de mi vida, la niña más hermosa».

https://www.youtube.com/watch?v=VVEd2CzvqS8

«La Polinesia meridional» me ha hecho reírme, emocionarme, bailar y sacudirme algún enfado. Recomiendo a todo el mundo el disco.

Hasta la semana que viene.

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