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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Ladyboys

Emilio de Miguel Calabia el

Para hablar de un fenómeno social, pueden adoptarse dos aproximaciones. La primera es la científica, que todo lo explica con estadísticas y diagramas: el 30% de los ladyboys tailandeses, procede de las zonas rurales, el 50% ha pensado en suicidarse en algún momento, el 90% son budistas… Todo muy clarito y muy nítido, pero sin vida. La otra manera de contarlo es entrevistando a una muestra de sujetos y dejando que el lector infiera de las entrevistas cómo es el fenómeno social en cuestión. Tal vez no sea muy científico, pero el impacto es mayor. Se conocen mejor las cosas por el corazón que por la cabeza.

Susan Aldous y Pornchai Sereemongkonpol optaron por la segunda de las vías en “Ladyboys. The secret world of Thailand’s third gender”. El título es un poco presuntuoso y supongo que fue una imposicion del editor. El libro consiste en nueve testimonios de otros tantos transexuales: una chica go-go, una columnista de moda, una actriz en un cabaret de transexuales muy famoso de Bangkok, el “Calypso”, una prostituta en la sesentena, otra prostituta, una empresaria, una azafata, la boxeadora de muay thai en la que se basó la película “Beautiful boxer” y una mujer al inicio de la setentena, que fue prostituta y bailarina. Los autores cuentan cómo junto a las prostitutas y a las transexuales que tuvieron vidas desgraciadas han querido presentar también a otras transexuales que han tenido éxito y han hecho las paces consigo mismas y con la sociedad.

Empezaré diciendo lo que no me ha gustado del libro. Los testimonios son muy impactantes y están muy bien escritos, pero todas las transexuales hablan exactamente igual. Sospecho que el traductor no se preocupó por reflejar sus manierismos y el habla individualizada de cada una de ellas. O bien puede ser que el editor haya querido “perfeccionar” los testimonios y el resultado haya sido que todos suenen igual. Por otra parte, he echado de menos algún tipo de consideraciones generales sobre las transexuales tailandesas. La lectura de los nueve testimonios puede dar alguna idea de cuál es la situación de las transexuales en Tailandia, pero noto muchas ausencias. Entre las prostitutas y las transexuales exitosas, hay muchas otras transexuales muy normalitas que me encuentro todos los días y que no entran en ninguna de las dos categorías: la cobradora del autobús, la taquillera del cine, la que atiende el mostrador de la agencia de viajes…

Tres comentarios que suelo oír a menudo sobre la transexualidad en Tailandia son: 1) Hay muchas transexuales en Tailandia; 2) Las transexuales tailandesas son muy guapas; 3) Hay mucha tolerancia con la transexualidad en Tailandia.

Con respecto a 1), cuando uno vive en Tailandia se lleva la impresión de que hay muchos transexuales. Parece que no sólo es una impresión, sino una realidad. Según un estudio que leí, la proporción de transexuales es de 1/3.000, bastante más elevada que en muchos países, sobre todo en Occidente. He encontrado explicaciones de tipo cultural a esa proporción tal elevada, que apuntan que el budismo es mucho más tolerante con la transexualidad. Puede, pero yo tengo otra teoría: en Tailandia se come muchísima carne de pollo, en cuya cría se utiliza gran cantidad de hormonas. Yo miraría más bien por ahí.

Con respecto a 2), es cierto. Los tais tienen mucho menos vello en el cuerpo, músculos menos pronunciados y facciones más suaves, con lo que, cuando realizan la transición, los resultados son mucho más femeninos que en el caso de occidentales. A ello se une el gran nivel que tiene la cirugía plástica en Tailandia.

En cuanto a 3), lamento decir que es un mito y la lectura del libro lo prueba. La cultura tailandesa rehúye el conflicto y una manera de rehuírlo es no meterse en los asuntos ajenos. Es una actitud muy sabia pero que puede hacer que la indiferencia pase por tolerancia. Los testimonios del libro recogen más de un ejemplo de intolerancia, sobre todo para aquéllos que provienen de las zonas rurales. Por ejemplo, uno de los peores insultos que se le puede hacer a un transexual es decirle que es “una reencarnación desperdiciada”. Habiendo nacido en el estado kármicamente superior de hombre, ha preferido convertirse en mujer. Más ejemplos: el chino-thai, cuya madre acaba aceptando su transexualidad, pero le pide que no pase por la calle vestido de mujer, porque los abuelos viven en un edificio cercano y nunca lo entenderían; la transexual que acude a una entrevista de trabajo y se da cuenta de que no la cogen por su condición; el hombre que se empareja con una transexual, pero no quiere que nadie de su círculo sepa que su pareja nació hombre… En fin, demasiados ejemplos como para poder decir que en la sociedad tailandesa se tolera la transexualidad, aunque también hay que reconocer que la situación es mejor que en muchísimos otros países.

Otra impresión que da el libro es que muchos transexuales se dedican a la prostitución. De los 9 testimonios, cuatro han ejercido la prostitución en algún momento de sus vidas. Esta impresión es corroborada por datos que he encontrado en otras fuentes. Por ejemplo, de los 5.000 transexuales que viven en la ciudad costera de Pattaya, el 75% se dedican a la prostitución. Otro dato: las transexuales que se dedican a la prostitución suelen tener más conductas de riesgo y tasas de HIV mayores que las mujeres que ejercen el mismo oficio; en Bangkok la prevalencia es del 11,5%, pero en Chiang Mai llega al 17,6%.

He leído que la razón de que tantas transexuales se dediquen a la prostitución es el rechazo que se encuentran en el mercado laboral debido a los prejuicios. Es cierto que lo tienen más dificil que los no-transexuales, pero su entrada en la prostitución yo la achacaría a factores socio-culturales, sobre todo entre aquellas transexuales que provienen de medios rurales desfavorecidos.

En Tailandia, cuando uno viene de un medio rural desfavorecido, ya sea hombre, mujer o transexual, tiene tres opciones en la vida: 1) Quedarse en el pueblo y llevar una vida dura y gris; 2) Trasladarse a la ciudad, principalmente a Bangkok, y encontrar algún trabajo duro y mal pagado, como el de obrero de fábrica o camarero; 3) Trabajar en la prostitución. La prostitución como profesión no está bien vista, pero no tiene un estigma moral tan fuerte como en otras sociedades. Además, lo más habitual es que si la prostituta es una buena hija y manda dinero regularmente a sus padres, éstos hagan la vista gorda y no se hagan preguntas sobre el origen del dinero.

Un rasgo común a los testimonios del libro es que desde muy pequeños se dieron cuenta de que eran diferentes y mostraron atracción hacia todo lo femenino, empezando por las ropas. Las que peor lo llevaron fueron las que nacieron en medios rurales. Varias de ellas se encontraron con padres y hermanos mayores que trataron de hacerlas hombres a base de golpes. Las madres en general fueron siempre más comprensivas. Todas ellas para hacer la transicion y vivir su transexualidad tuvieron que irse a Bangkok.

Varias de ellas describen el proceso de transición y lo menos que se puede decir es que es duro. El proceso comienza con la inyección de hormonas, que a menudo se hace sin control médico y siguiendo los consejos de otros kathoeys (kathoey es el término tailandés para designar a las transexuales). Lo más habitual es hacerse a continuación la operación de aumento de pecho, que es más dolorosa de lo que parece. En las semanas siguientes, el kathoey tiene que masajearse el pecho, aunque le duela, para evitar que se formen tejidos cicatriciales en torno al implante. Aunque eso es un juego de niños, comparado con la vaginoplastia, que no todos los kathoeys se llegan a hacer. El precio de verse como mujeres completas es muy alto: dolor agudo en muchos casos durante meses por los ejercicios que tienen que hacer para evitar que la vagina recién hecha se vuelva a cerrar y, a menudo, decirle adiós al placer sexual.

Y más allá de las operaciones, está muchas veces el sufrimiento psicológico tan duro por la vida que se ha llevado. Patchara, la prostituta, termina así su testimonio: “Últimamente he estado perdiendo peso a un ritmo tan alarmante que tengo miedo de haber atrapado “eso”. Me da pánico la idea de hacerme un análisis de sangre. Siempre he practicado sexo seguro, pero quién sabe si no me he descuidado una o dos veces. Todo lo que sé a ciencia cierta es que tanto si lo tengo como si no, no dejaré de trabajar. No puedo”.

Lily, la prostituta de sesenta años, termina su testimonio con una sabiduría resignada: “…Vieja como soy, todavía me siento joven en mi interior y quiero disfrutar lo que me queda de vida (…) No parece que pueda encontrar a nadie que quiera amarme (…) En lo más profundo de mi corazón, todo lo que quiero es tener una familia y vivir mi vida como una mujer normal (…) Como kathoey, no he tenido muchas oportunidades en la vida, pero lo he hecho lo mejor que he podido para salir adelante. Mientras continúe respirando, seguiré intentándolo. Me encantaría que la gente me recordase como una persona paciente y trabajadora que lo hizo lo mejor que supo a pesar de los muchos obstáculos que entorpecían su camino.”

Lo que más destacaría del libro al final es su empatía. Lo lees y te olvidas de que es un libro sobre kathoeys. Es, ante todo, un libro sobre personas que tratan de abrirse paso y ser felices con las cartas que les repartieron al nacer.

 

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