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¿Está Occidente yéndose por el desaguadero de la Historia?

Emilio de Miguel Calabia el

Una de las aficiones del Embajador y experto en relaciones internacionales singapureño Kishore Mahbubani es fustigar a Occidente. Su último libro titulado “Has the West lost it?” lleva el muy apropiado subtítulo de “Una provocación”.

El libro presenta dos grandes tesis. La primera es que Occidente ha aportado muchas cosas buenas a la Humanidad como el método científico y la democracia, pero que debe entender que el resto de la Humanidad ya las ha comprendido, las ha adaptado a sus circunstancias y no necesita que le den más la barrila. La segunda es que el auge de Occidente no fue más que un breve episodio que duró 200 años y que las cosas están volviendo adonde solían: la primacía de China, el Gran Imperio del Centro, en torno al cual orbitan todos los demás.

Esto último ya lo dijo Ander Gunder-Frank en “ReOrient. Global economy in the Asian Age”. Frank dice que en el siglo XVI los europeos eran unos pobres parias que vivían en la periferia de Eurasia. Dos factores les permitieron introducirse en las redes comerciales asiáticas: la plata americana y una superior tecnología militar. Sobre la base de esa ventaja y la crisis que simultáneamente sacudió a finales del siglo XVII a los imperios otomano, persa safávida, mugal y chino, Occidente comenzó a ganar posiciones, que afianzaría con el triunfo de la Revolución Industrial. Pero ahora ese veranillo de San Martín se nos ha terminado a los occidentales y las cosas vuelven a discurrir por los cauces por los que venían discurriendo más o menos desde que cayó el Imperio Romano.

Mahbubani señala que “Occidente ha estado en la vanguardia de la Historia mundial durante casi 200 años. Ahora tiene que aprender a compartir, incluso a abandonar, esa posición y a adaptarse a un mundo que ya no puede dominar.” El problema tal vez sea que Occidente se emborrachó con la gran victoria que representó la caída del Muro de Berlín. Ese fue el momento de hybris de Occidente, cuyo mejor representante fue Francis Fukuyama con “El final de la Historia”. En lo sucesivo toda la Humanidad viajaría, cada uno a su ritmo, hacia el modelo democrático occidental. Occidente estaba dándose tantas palmaditas en la espalda que no advirtió que China y la India había empezado a crecer. La ceguera era tan grande que a comienzos de los 90 el Ministro de AAEE de Bélgica, Willy Claes, se permitió decir: “La Guerra Fría ha terminado. Sólo quedan dos superpotencias: EEUU y Europa.”

El 11-S distrajo a Occidente de lo realmente importante, que era lo que estaba ocurriendo en China e India y en otras economías emergentes, y le llevó a iniciar una guerra innecesaria, la de Iraq. Como revancha por los atentados perpetrados por al-Qaeda, EEUU atacó a un líder laico, que no había tenido parte en los atentados y que, además, le podía servir de barrera frente a Irán. No sólo fue un disparate estratégico, sino que ni tan siquiera se consiguió convertir Iraq en una democracia vibrante. “Iraq se ha convertido en un ejemplo de manual de cómo no invadir un país”. Mahbubani recuerda cómo el fundador de Singapur, el pro-occidental Lee Kuan Yew, comentó que incluso los japoneses lo habían hecho mejor en los países que invadieron en la II Guerra Mundial.

Otro efecto aún más importante de la guerra de Iraq es que abrió una fosa entre Occidente y el mundo islámico. Mahbubani piensa que Occidente ha subestimado el Islam y no se ha dado cuenta de cómo está creciendo. “Dado que a la mente occidental le gusta extrapolar las asunciones occidentales a la condición humana, asume que la modernización y el desarrollo económico de cualquier sociedad levará a menos religiosidad y más secularismo. En el mundo islámico, está ocurriendo lo contrario: el desarrollo económico y la educación están llevando a más religiosidad.” Más aún, Mahbubani cree que Occidente tendría que plantearse cómo ha tratado al mundo musulmán en los dos últimos siglos.

A las equivocaciones cometidas con el Islam, se viene a añadir otra: no haber tratado a Rusia con generosidad tras el final de la Guerra Fría, sino como a un enemigo vencido, al que había que humillar. A la Rusia postcomunista de Yeltsin se la trató mucho peor que a la Alemania postnazi y al Japón postimperial. Cuando Rusia se hubo recuperado lo suficiente de su eclipse, nos devolvió esos desprecios con creces.

Un tercer error de Occidente ha sido interferir en los asuntos internos de otros países. Mahbubani enumera: Yugoslavia, Georgia, Ucrania, Iraq, Kirguistán, Túnez y Egipto. En muchos de esos casos, Occidente se apresuró a asistir en desarrollos puramente domésticos, movido por la convicción de que “exportar la democracia es inherentemente bueno”. El juicio de Mahbubani es devastador: muchos ven en esa promoción de la democracia un intento de prolongar los 200 años de predominio occidental.

Cree que Occidente se equivocó de rumbo en las últimas tres décadas y apunta qué elementos debería tener su reorientación. El primero sería un Occidente menos intervencionista y más dialogante. El segundo, un mayor recurso al multilateralismo. El tercero sería un mayor maquiavelismo en el buen sentido. Mayor maquiavelismo implica una mejor conciencia de su verdadero estatus y una apreciación de cuáles son sus intereses a largo plazo. A un Occidente en declive lo que más le interesa es una sociedad internacional que se rija por normas. Las normas, al final, son el mejor refugio de los débiles y es posible que Occidente dentro de poco lo sea.

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