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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Un autor menor, como casi todos (1)

Emilio de Miguel Calabia el

La posteridad trata mal a casi todos los escritores. Hay poco espacio en el podio de la gloria y no hay medallas de oro para todos. Estoy convencido que todo el que llega a convertirse en un clásico, es que se lo merecía. Baroja, Flaubert, Tolstoi, Valle-Inclán, creo que están donde les corresponde. Pero hay muchos que tenían los mismos merecimientos y que se han quedado en autores menores. Los contactos, la suerte, la difusión que se consiguió de la obra en vida, la personalidad del autor… son tantos los imponderables que le pueden cortar a uno el camino hacia la gloria…

Hace poco, leyendo a Juan Bonilla, descubrí a uno de esos autores menores de los que hasta ese momento ni había oído hablar: Julio Mariscal Montes. He leído sus poemas. Tal vez no estén completamente a la altura de los de Gil de Biedma o Claudio Rodríguez, pero tampoco se merecían el olvido en el que han caído. Tan olvidado está que ni aparece en las listas de integrantes de la generación de 1950, que es donde quienes le han estudiado (que no son muchos), le ubican.

Mariscal lo tuvo todo para no ser feliz. A los catorce años mataron a su padre en los primeros compases de la guerra civil y en lo sucesivo, la muerte sería una presencia constante en sus pensamientos. Tuvo que compaginar una religiosidad intensa con una homosexualidad que vivió de manera avergonzada y nunca aceptó completamente. Llegó a ser detenido en aplicación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Fueron pocos los episodios de plenitud amorosa y sexual en su vida y llegó al final con una sensación frustración y desengaño, mientras que sus tendencias sexuales eran la comidilla del pueblo. Era hipersensible, tímido y, al final de su vida, con tendencia a la depresión. Ninguno de esos tres rasgos ayuda a ser feliz.

Tal vez en lo poético, también se vió acompañado por la mala suerte. No basta con ser un buen poeta. Hace falta que te lo reconozcan y ahí entran factores como la personalidad, las habilidades sociales, la oportunidad o la pura suerte, que no tienen mucho que ver con el talento.

Para empezar, creo que su personalidad tímida y reservada, no era de las que ayudan a brillar en sociedad. No he conocido a ningún trepa que fuera introvertido. Por otra parte, escogió no salir de Andalucía. Cierto que se carteó con los principales autores de aquellos años, pero eso nunca puede reemplazar la importancia de que te vean en las tertulias y en los sitios donde se corta el bacalao literario, que en esos años eran Barcelona y Madrid.

Su primer libro, “Corral de muertos”, es un paseo por el cementerio de un pueblo. Yo diría que es un libro que va un poco a contracorriente de la poesía que hacía entonces la generación de 1950: rural y no urbano, muy preocupado por lo estilístico, más dado a lo concreto que a lo abstracto. Para colmo, aborda uno de esos temas tabúes, la muerte, con los que yo creo que no resulta muy conveniente iniciar una carrera poética. De ese poemario, tal vez el poema más conocido sea “Rosario Atienza”.

“¿Quién eres tú, “Rosario Atienza”,
y quién ”Tu esposo e hijos que te lloran”?
Sabemos
que fue en octubre, un veintisiete
de hace ya… ¿Cuántos años?
¿Cuántos olvidos desde aquel octubre?

Iba a pasar de largo. Estaba
por no pararme un tan siquiera. Pero
los ojos me han huido
de tanto ya inútil clamor de nombres,
de esperanzas que fueron con las mías,
y me han traído hasta este mármol tuyo
sin manos que se estrechan,
sin el vaso de agua
o el «tanto gusto» de las buenas formas.

Iba a pasar de largo. Pero, mira:
vuelvo a la flor y al hombre que se mueven
por otros vientos que los de estos chopos
y he pensado: Quizás tú quieras algo,
un beso o un consejo
o una camisa limpia
para ese esposo e hijos que te lloran.
¿Qué te lloran aún, Rosario Atienza?

En 1955 publicó su segundo libro “Pasan hombres oscuros”, que es un libro de evocación: la madre, el pueblo y el amor. Fue el libro que tuvo más eco y yo me pregunto si en lugar de haber estado en Arcos de la Frontera, hubiera vivido en Madrid o en Barcelona, si no habría bastado para catapultarle a la fama poética y darle un lugar de honor en la generación del 50. Coloco un fragmento de uno de los poemas de ese libro por lo que tiene de amor adolescente:

“Tú mirabas el río,
la flor recién abierta,
el pequeño morir de los boyeros…
Yo miraba tus ojos.
¡Y ya eran mías todas esas cosas!
Y me iba preguntando:
¿Cómo es posible
que en esta cabecita de alfiler de tu pupila
quepa todo el baldío que es el mundo? (…)”

Ese cierto vivir fuera de los tiempos literarios, se notaría en su cuarto libro, “Quinta palabra”. Se trata de una colección de poemas religiosos en forma de soneto, que prologó José María Pemán. Arriesgarse a hacer poesía religiosa a finales de los 50, era tomar mucho riesgo. Las temáticas que interesaban, iban por otros derroteros. Además, hacer poesía religiosa después de la de Pemán, suponía arriesgarse a las comparaciones. Por último, el recurso a una forma tan clásica como el soneto, le da al libro un cierto sabor rancio. Tomemos el ejemplo de su poema “Ecce-homo”:

“Así es como te quiero. Así, Dios mío:
con el dogal de “hombre” a la garganta.
Hombre que parte el pan y suda y canta
y va y viene a los álamos y al río.
Hombre de carne y hueso para el frío
guiñol que nos combate y nos quebranta.
Arcilla de una vez para la planta
y el látigo del viento y del rocío.
Así, Señor, así es como te espero:
vencido por el fuerte, acorralado,
cara al hombre y al mundo que te hiere.
Carne para los perros del tempero,
piedra en que tropezar, luz y pecado:
hombre que solo nace y solo muere.”

Hay algo en este soneto que me suena a terriblemente anticuado. No consigo vibrar con él y todo el sentimiento con el que está escrito se me atraganta con sus versos consonantes.

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