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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

El imperio y sus heces (y 4)

Emilio de Miguel Calabia el

Mueller dice que en buena medida Caraman compartía la mentalidad de los colonos, aunque él la llevaba al extremo, y que ésa fue la causa de su fracaso como plantador. Caraman y los colonos vivían en un mundo de ensueño que ellos mismos habían inventado. Cuando las cosas no salían como las habían planeado, no hacían autocrítica, sino que achacaban sus fracasos a sus enemigos, que bien podía ser la administración colonial que no les apoyaba lo suficiente, o los indígenas, que eran estúpidos y malévolos. No querían ver cómo era el mundo real, la sociedad sobre la que se estaban imponiendo y a la que, con sus proyectos, estaban alterando.

Aunque los administradores coloniales supieran que muchos de sus compatriotas eran infumables, trataban de protegerlos. La piedra de toque del colonialismo era la superioridad de la raza blanca. Si un colono fracasaba, de alguna manera se estaba poniendo en cuestión todo el edificio colonial. Los métodos que utilizó la administración colonial para proteger a su hez eran: 1) Los subsidios y los contratos ocasionales, para que al menos pudieran mantenerse a flote; 2) El proteccionismo, para protegerles de la competencia, especialmente de la de los chinos; 3) El reemplazo de la iniciativa privada de esos colonos incompetentes por la del Estado.

Inicialmente Francia había concebido Camboya como un Estado tampón que protegiera a la Cochinchina de la influencia siamesa y británica. En principio correspondía a la iniciativa privada explotar sus supuestos abundantes recursos. El fracaso de la mayor parte de esa primera generación de colonos franceses en los negocios, forzó a la administración colonial a involucrarse más en la explotación del territorio y con ello aumentaron sus gastos. Una manera de cubrir los déficits fue promover el comercio y el consumo del opio. Otra manera fue promover los cultivos industriales para la exportación. Ahí chocaron con la falta de mano de obra.

Vietnamitas y chinos eran buenos trabajadores, pero había demasiado pocos de los primeros y a los segundos sólo se podía acceder recurriendo a intermediarios chinos que encarecían el precio. La solución era poner a trabajar a los campesinos khmeres (la población urbana khmer era escasa). El problema era que los campesinos khmeres no querían entrar en la economía capitalista y preferían seguir con su manera tradicional de cultivar. Los administradores coloniales decían que eran “vagos”. Yo diría que simplemente estaban defendiendo sus intereses.

El país estaba poco poblado, con lo que sobraba la tierra para cultivar. Cuando una familia roturaba y plantaba un terreno, ese terreno le pertenecía de alguna manera, en tanto lo siguiese trabajando. Si durante tres años no lo trabajaba, perdía sus derechos sobre él. El campesino pagaba un impuesto equivalente al 10% de su producción, porque se entendía que en último extremo toda la tierra pertenecía al Rey. El sistema beneficiaba a ambos: el campesino se veía reconocer un derecho sobre la tierra, que era respetado por todos, y el Rey obtenía unos ingresos de unas tierras que no hubiera podido cultivar con sus propios recursos.

Una manera de entender el proyecto colonial (no sólo el francés) es verlo como la necesidad de abrir nuevos mercados para el capitalismo, integrando en el sistema a sociedades que hasta ese momento se habían mantenido al margen. Jeremy Rikfind en “La era del acceso” describe al capitalismo como un sistema que no puede dejar huecos, que tiende a absorberlo todo. Con el colonialismo el capitalismo logró englobar a todo el planeta. Luego ha venido a conquistar o a convertir en mercancía dominios que hasta entonces habían pertenecido al ámbito privado como el cuidado de ancianos o la crianza de los niños.

Dos herramientas en esta labor de conquista del capitalismo han sido el dinero y la propiedad privada. En el caso de África, por ejemplo, una práctica que siguieron los franceses en muchos sitios fue obligar a pagar los impuestos en metálico. Eso forzó a los campesinos que practicaban el trueque a entrar en la rueda capitalista para conseguir el dinero necesario para pagar los impuestos.

En Camboya la manera seguida por los franceses fue la conversión de la tierra en un bien comercializable, sobre el que se podía adquirir un título de propiedad. Una ventaja de esta conversión sería que donde hay propiedad, también hay campesinos sin tierra que podrían convertirse en la mano de obra barata que necesitaba la colonia. En 1884 se aprobó el decreto que permitía la propiedad privada sobre la tierra. Los franceses no fueron conscientes del terremoto social que ello suponía para los camboyanos, pero pronto se enterarían.

El 14 de junio de 1884 desembarcó en Phnom Penh un contingente militar francés. Tres días después las tropas rodearon el palacio real y el gobernador forzó a Norodom a firmar un acuerdo por el que aceptaba todas las reformas administrativas, judiciales, financieras y comerciales que Francia tuviera a bien imponerle. La alternativa era la deposición. La máscara de la tutela y el protectorado se había caído.

El 8 de enero de 1885 estalló la rebelión. Los puestos militares franceses fueron atacados en todo el país. La rebelión pilló por sorpresa a los franceses que, además, la menospreciaron en los primeros momentos. Cuando se dieron cuenta de su magnitud, la reprimieron con una ferocidad que si hubiera ocurrido hoy habría llevado a sus responsables ante la Corte Penal Internacional. No obstante, los rebeldes se mostraban huidizos y a los franceses les costaba dar con sus líderes. Para acallar su frustración, mataron a muchos campesinos inocentes “por si acaso”. Aquí se mostraron adelantados a su tiempo: en Vietnam y luego en Afghanistán muchos civiles inocentes fueron muertos “por si acaso”.

Mueller señala que es difícil determinar las razones de la insurrección. Es posible que se entremezclaran muchos intereses cruzados. Por un lado, es posible que fuera un nuevo capítulo, el último, de la lucha por el Trono entre Norodom, Sisowath y Sivotha. Algunos dignatarios locales la apoyaron posiblemente porque sintieron que las reformas francesas les iban a arrebatar sus fuentes tradicionales de ingresos. Los campesinos se sumaron por una variedad de motivos: lealtad a Sivotha, expectativas de botín, temor a lo que les ocurriría si los franceses seguían con sus planes en el campo…

La insurrección terminó con una victoria táctica camboyana. París quería terminar con un conflicto que ya se estaba prolongando. La administración colonial entendió que era preciso llegar a un acuerdo con el rey Norodom y la facción tradicionalista en palacio, que se sospechaba que habían sido los instigadores de la rebelión. Las concesiones francesas fueron: 1) Reducir el número de residentes en el país; 2) Prometer que los franceses dejarían de intentar sustituir a la administración camboyana; 3) Permitir que el rey nombrase a los gobernadores provinciales, los cuales se encargarían de recaudar los impuestos para el tesoro real; 4) Amnistiar a los rebeldes. Los franceses debían de tener muy claro quién había ganado, cuando se vieron obligados a publicar una circular a los funcionarios civiles y militares del protectorado, diciendo que no se había dado un paso atrás, sino que Francia retomaba su papel de protector, del que nunca hubiera debido apartarse.

Los franceses celebraron el final de la rebelión el 1 de enero de 1887 con una solemne ceremonia, con la que querían marcar un nuevo comienzo en sus relaciones con Camboya. Caraman no tuvo ocasión de tener un nuevo comienzo. Ese mismo día murió pobre como una rata en un hospital en Saigón.

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