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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cuando a un mediocre le das poder (4)

Emilio de Miguel Calabia el

Si durante la anexión de Austria, Ribbentrop había sido relegado, se tomaría su revancha durante la crisis de los Sudetes. Ribbentrop asumió plenamente las intenciones de Hitler: aniquilación de Checoslovaquia, aunque eso llevase a una guerra con el Reino Unido y con Francia. El enemigo a batir era el Reino Unido, no la URSS. Los diplomáticos tradicionales observaban las nuevas orientaciones con terror. No entendía la necesidad de alienarse a un Reino Unido complaciente que buscaba el apaciguamiento, ni la disposición a ir a la guerra con el Imperio británico, que estaban convencidos de que sería un hueso mucho más duro de roer de lo que pensaban Hitler y Ribbentrop.

Para la realización de estos planes, Ribbentrop pensó que era necesario dotar de contenido militar al Pacto Anti-Commintern y a ello se dedicó con ahínco a lo largo de 1938. Mientras que el deseo de atraerse a Italia era congruente con la amistad que se tenían los dos dictadores, su acercamiento a Japón nunca fue bien entendido por sus subordinados, ni por nadie que considerase la situación fríamente. Alemania llevaba dos décadas cortejando a China, con la que tenía muy buenas relaciones. China era un socio importantísimo en el Extremo Oriente. Ribbentrop se cargó esa asociación en seis meses y dio un vuelco a la política asiática de Alemania, que en lo sucesivo estaría aliada con Japón, un socio que sólo le daría problemas.

Durante la crisis de los Sudetes Ribbentrop sería más belicoso aún que Hitler. Su odio hacia los británicos se había convertido en algo cerval e irracional. Ribbentrop realmente deseaba la guerra con ellos. Cómo sería, que Hitler tuvo que contenerle en varias ocasiones en aquellos meses, porque sus exabruptos alarmaban a británicos y franceses sin conseguir nada a cambio. La gran bajada de pantalones anglo-francesa conocida como los Acuerdos de Munich de septiembre de 1938 fue una amarga decepción para Ribbentrop, que consideró que habían sido una estupidez. “Todo esto significa que tendremos que luchar con los ingleses dentro de un año, cuando estén mejor armados… Habría sido mucho mejor que la guerra hubiese venido ahora.” A la postre Hitler acabaría viendo los Acuerdos igual que su esbirro.

La ocupación de Bohemia-Moravia en marzo de 1939 y la subsiguiente conversión de Eslovaquia en un protectorado alemán supusieron un punto de inflexión. Los anglo-franceses finalmente se dieron cuenta de que Hitler no era de fiar y de que ninguna concesión satisfaría su apetito insaciable. Fue en ese momento que decidieron que no tolerarían nuevas anexiones alemanas. Los polacos, por su parte, viendo cómo les había ido a los checos, decidieron que más valía arriesgarse a luchar por mantener su independencia y su integridad que capitular.

Hitler hubiera querido pactar con los polacos, siempre que éstos le hubieran permitido ocupar Danzig y le hubieran concedido el Corredor; de esta manera habría tenido sus espaldas cubiertas cuando hubiera empezado la guerra en el oeste. Ribbentrop con sus modales de matón de barrio impidió cualquier acuerdo. Los polacos, asustados, acudieron a los británicos que les dieron garantías de que intervendrían en caso de ataque alemán. Ribbentrop se las había apañado para crear el escenario a partir del cual estallaría la II Guerra Mundial. Peor aún. Le dijo hasta la saciedad a su señorito que no había que preocuparse, que las garantías británicas eran papel mojado y que a la hora de la verdad los británicos se echarían para atrás. Aparte de su odio y desprecio inveterados a los británicos, Ribbentrop deseaba que su señorito tuviera en Polonia la guerra de la que le habían privado en Checoslovaquia y para ello le convenció y se autoconvenció de que las potencias democráticas no reaccionarían cuando estallase la guerra con Polonia.

El 24 de agosto de 1939 Ribbentrop consiguió el único golpe genial de toda su carrera: el Pacto de No-Agresión Germano-Soviético. La idea era muy simple: es más lo que hermana a dos regímenes totalitarios que lo que les separa. Una URSS amiga aseguraría que no habría un segundo frente del que ocuparse mientras se desarrollaba la guerra en el oeste. La URSS, por su parte, tras los Acuerdos de Munich había visto que no podía fiarse de las democracias. Además, hacía tiempo que temía que las democracias estuviesen buscando enfrentarla con la Alemania nazi para que se desgastasen. Para Francia y el Reino Unido, que no habían visto venir el Pacto, fue una desagradabilísima sorpresa. De pronto fueron conscientes de que Alemania tendría las manos libres para actuar en Europa Central y Oriental como le apeteciese. Otro que se llevó una sorpresa desagradable fue Mussolini. El Pacto germano-soviético contradecía el Pacto de Acero firmado el año anterior entre Alemania e Italia. Además, la guerra parecía inminente e Italia no se sentía preparada para la misma.

Hitler recibió a Ribbentrop en Berlín como un héroe. Fue el momento culmen de su carrera. Al día siguiente vino la sorpresa desagradable de que el Pacto ni había provocado la caída del gobierno británico, ni había hecho que los británicos dejasen caer a los polacos. Ribbentrop siguió insistiendo, como en los meses anteriores, en que los británicos se achantarían al final y que buscarían una excusa para desdecirse de sus promesas a Polonia. Por si acaso, para disuadirlos de intervenir en favor de Polonia, Hitler mandó una oferta a Londres: Alemania garantizaría al Imperio británico, le asistiría militarmente cuándo y dónde lo requiriera y dialogaría sobre la limitación de armamentos. No era consciente de que sus promesas desde lo de Munich cotizaban a la baja en la Bolsa de Londres.

En los últimos días de agosto varios responsables alemanes prescientes se esforzaron porque el previsto ataque a Polonia fuese cancelado o al menos postpuesto y que se intentase hasta el final conseguir algún tipo de acuerdo con los británicos. El líder nazi de mayor peso que se esforzó en esa línea fue Goering. Ribbentrop, por su parte, hizo todo lo posible por sabotear cualquier posible negociación o movimiento de moderación y tiene mucha responsabilidad en el estallido de la II Guerra Mundial. Su odio y menosprecio a los británicos era tan intenso, que no quería ni oír hablar de nada que sonase a acomodo. Además, la intervención de su enemigo Goering en lo que consideraba su coto privado, la tomó como una afrenta personal. Bastaba con que Goering fuese apaciguador, para que él se pusiese en modo belicoso.

El 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia. Esa noche Francia y el Reino Unido hicieron llegar sendas notas a Berlín en las que anunciaban que, a menos que Alemania cesase en su agresión y retirase sus tropas, se verían obligados a cumplir con sus compromisos con Polonia. Ribbentrop quiso ver en esas notas una mera advertencia y no un ultimátum, y pensó que podía procrastinar.

El 2 de septiembre la Embajada alemana en Londres informó sobre el ánimo belicoso del Parlamento y que al día siguiente llegaría un ultimátum de los británicos. Esa tarde Hitler, Goering y Ribbentrop se reunieron para discutir la información. Hitler le preguntó enfadado a Ribbentrop por lo que significaba eso. Goering gritó “¡Ahí lo tienes, Ribbentrop!” Rechinando los dientes, Ribbentrop afirmó que todavía creía que estaba en lo cierto y que los británicos recularían. El 3 de septiembre, los británicos presentaron su ultimátum. Ribbentrop se había equivocado y la II Guerra Mundial había estallado.

Bloch discute sobre hasta qué punto cabe responsabilizar a Ribbentrop del estallido de la II Guerra Mundial y trae a colación varios testimonios contemporáneos. Su conclusión es que sin Ribbentrop espoleándole y diciéndole que el Reino Unido se achantaría, Hitler habría cancelado la invasión de Polonia. Creo que es exacto, pero también creo que tarde o temprano Hitler habría provocado otra crisis que habría conducido a la guerra. Hitler era un pirómano que tenía gasolina y cerillas. Para que la paz se hubiese mantenido, habría sido preciso que muriese el 31 de agosto de 1939.

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