Diana Quer. Hacemos nuestro trabajo

Publicado por el Jan2, 2018

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La repugnante obscenidad de las informaciones sobre la muerte de Diana Quer, y la naturalidad con que se glorifica a su asesino llamándolo por du apodo, demuestran que incluso la prostitución es un oficio más digno que el periodismo, aunque sólo sea porque, como mínimo, sólo muñe a los vivos.

Especialmente El País, tan amigo de dar lecciones de cualquier cosa, sobre todo de feminismo, ha tratado la vida y la muerte de esta pobre chica como si fuera un objeto, refiriéndose a ella como si fuera no más que un trofeo de caza, y explicando lo que le pudo suceder como si lo que importara fuera poner la lupa en el detalle escabroso y no en el hecho de que se lo hicieron a ella: a una mujer, a una persona. Mareante amarillismo atroz, que de todos modos a nadie puede extrañar teniendo en cuenta el tradicional cinismo de la casa. Y más en los últimos tiempos: incluso la rotondera más tirada preserva algo de ella cuando ejerce, algo que no vende, cosa que no se puede decir del panfleto de Prisa, que a cambio de su supervivencia ha echado el resto como felpudo del Gobierno, y lo que le queda.

Más en general, pero siempre con El País en posición destacada, el repulsivo espectáculo de cómo el periodismo ha vuelto a asesinar a Diana Quer con su retórica miserable, con su afán por lo escabroso, con su regodeo inmundo en lo que ninguna persona decente habría de tener ningún interés por saber, ha dejado al desnudo la hondura de esta indecencia no sólo profesional, sino personal, de los que encima tienen la infinita cara dura de decir luego “nosotros sólo hacemos nuestro trabajo”, como si fuera obligatorio hacerlo, y como si la libertad y dignidad no consistieran en pagar el precio de tener que decir, tantas veces, un “no”.

Ese “no” que nunca han dicho. Esa valentía que siempre se han querido ahorrar y por eso corren como ratas -como ratas de auténtica cloaca- a refugiarse en el excremento andante de la corrección política y a linchar a quien osa ni que sólo sea un instante dar la cara por aquello en lo que cree.

Destrozaron primero a la familia Quer, con sus apriorismos, prejuicios y mentiras; y ahora están convirtiendo a un criminal en una estrella de cine, con su modo coloquial de tratarle, coloquial casi admirativo, dando relevancia a cada cosa que dice y construyéndole el personaje con su sintaxis impresentable, en la admiración de fondo y tal vez inconsciente que sienten por “el buen salvaje”: es lo que tiene vivir de espaldas a Dios, es la piedad que el naíf no comprende.

Ahí está El País, que destaca siempre en sordidez y en su permanente demostración de que nunca podemos dar por seguro que la condición humana no puede caer todavía más bajo. Y ahí está en general el periodismo, no sólo el español, porque la prensa anglosajona lo habría incluso empeorado, si es que no lo está haciendo ya; y ahí está también el público, todo el público, casi sin excepción, comiéndose compulsivamente los cacahuetes que le echan y quejándose luego que les traten como a monos de feria o del zoo.

Pero tranquilo, no pasa nada. Todo puede ir peor. E incluso mucho peor.

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