Adiós a Flaubert (I)

Adiós a Flaubert (I)

Publicado por el 24/06/2018

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Decía el fallecido periodista Ignacio Carrión que el haber aprendido a callarse todo durante la infancia le había empujado, de mayor, a convertirse en un tipo un poco «impúdico», con «necesidad de contar».

No recuerdo la primera vez que escuché hablar de Flaubert. Sí que terminando la adolescencia, durante un viaje a París, me compré «Madame Bovary» en una librería de segunda mano próxima a la Universidad de La Sorbona. Me llevé una edición de bolsillo en francés, seducida por su bajo precio y porque pensaba que sería capaz de leerla si me aplicaba con disciplina. Mis intentos se frustraban en las primeras páginas, donde mi desconocimiento del idioma asomaba como un bostezo, empujándome a posponer la tarea hasta el abandono. La novela regresó a mi vida cinco años más tarde, cuando pasé un verano trabajando en un restaurante próximo a la catedral de Notre Dame.

Podría contar muchas anécdotas de esos tres meses, que fueron meses felices y absurdos, pero prefiero contenerme y centrarme en el propósito de este texto. El trabajo, que era esencialmente físico, alimentaba mis ganas por ejercitar la mente cuando terminaba mi jornada, que empezaba a las diez de la mañana y acababa a las siete de la tarde. Cerca del restaurante, la cafetería azul, que había bautizado así años antes por el color de su toldo, me parecía el lugar perfecto para sentarme, tomar un café y entretenerme con un libro; situada junto a la plaza Saint-Michel, resultaba agradable despegar la vista de las páginas y contemplar el trasiego de turistas, que paseaban sus excentricidades y buscaban un lugar barato para cenar. Una de las novelas que elegí para esos ratos ociosos fue «Madame Bovary». Si soy sincera, aunque me impresionó el estilo y la historia me pareció fascinante, la inmoralidad de la protagonista me inspiró una gran antipatía. El libro, que regalé a una amiga, se quedó en París.

Flaubert regresó luego, durante las clases del máster que cursé al año siguiente. Uno de los profesores, Pedro Sorela, citaba el «Diccionario de lugares comunes» que el novelista francés había escrito para criticar las prosas predecibles. El propio Sorela nos afeaba ese tipo de vencimientos cuando le leíamos los ejercicios que nos encargaba; temo haber cometido unos cuantos en estas líneas, pero le agradezco su dureza con nosotros y le envío mi afecto allá donde esté.

«La educación sentimental» me lo recomendó un buenísimo amigo. Me compré el libro hace unos meses, por prudencia en español y en una edición con un cuadro de Caillebotte en la portada. Aunque lo he leído con desorden, me ha emocionado. Flaubert escribe con una belleza que entristece. La novela narra el declinar de la juventud de Frédéric Moreau, que coincide con el hundimiento de su idealismo y con el desvanecimiento de sus ilusiones. Enamorado de Madame Arnoux, una mujer casada con un hombre poco delicado, y rodeado de amigos revolucionarios, de los que se distingue por sus ambiciones estéticas pero a los que se asimila por su afán de justicia y de excelencia moral, Frédéric es golpeado por la realidad sin contemplaciones. Flaubert, en uno de los últimos capítulos, dice:

«Viajó. 

Conoció la melancolía de los transportes, el frío despertar bajo una tienda, el aturdimiento de los pasajes y de las ruinas, la amargura de las simpatías interrumpidas. 

Volvió. 

Frecuentó la sociedad, tuvo otros amores nuevos. Pero el recuerdo continuado del primero se los hacía insípidos, y, además, la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación estaba perdida. Sus ambiciones intelectuales habían disminuido, igualmente. Pasaron algunos años, y soportaba la ociosidad de su inteligencia y la miseria del corazón».

El «recuerdo continuado del primero» es el de Madame Arnoux. Sobre ella versan algunos de los los fragmentos más emotivos de la novela, como el siguiente:

«Se hallaban el uno cerca del otro, en pie, en el hueco de la ventana. La noche se extendía delante, como un inmenso velo oscuro sembrado de plata. Aquella era la primera vez que no hablaban de cosas insignificantes. Llegó hasta a conocer sus antipatías y sus gustos: ciertos perfumes le hacían daño; los libros de historia le interesaban; creía en los sueños». 

Para Flaubert, el amor se traduce en una fuerza que conduce a la virtud. Así, cuando Frédéric decide batirse en duelo por Madame Aranoux, muestra una entereza de la que es incapaz su contrincante:

«Bajó a su jardín. Las estrellas brillaban, y las contempló. La idea de batirse por una mujer le agrandaba a sus ojos, le ennoblecía. Después fue a sentarse tranquilamente».

Continuaré con este texto dentro de unos días, comentando el marco histórico: los estertores de la Monarquía de Julio.

Por hoy, suficiente.

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Los cuatrocientos golpes

En los créditos iniciales de la película de Truffaut, recorremos París sin perder de vista la Torre Eiffel. Algo así se propone este blog: pasear por la historia y la cultura de esa ciudad y, por qué no, de Francia entera.
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