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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

Un Starbucks en la Ciudad Prohibida

Pablo M. Díez el

Para asombro de los más de siete millones de turistas que visitan cada año la Ciudad Prohibida de Pekín, una cafetería de la popular cadena americana Starbucks se levanta en medio de los pabellones de madera que componen este histórico palacio imperial.
Desde 1421 hasta 1911, durante los cinco siglos que alojó a 24 monarcas de las dinastías Ming y Qing hasta la caída del último emperador Pu Yi, nadie podía entrar en este colosal recinto de 720.000 metros cuadrados que estaba reservado exclusivamente para la corte real. Pero las cosas han cambiado tanto desde que la otrora China comunista abrazó el capitalismo que la Ciudad Prohibida ya no está abierta sólo para los visitantes, sino también para las multinacionales extranjeras.

Y es que justo al dejar atrás el Salón de la Armonía Preservada, donde se celebraban primero grandes banquetes y luego exámenes imperiales, los turistas pueden recuperar fuerzas saboreando un Frapuccino, un chocolate caliente o un sándwich en un Starbucks enclavado a la mitad del recorrido por el monumento. El establecimiento se sitúa a la derecha de la impresionante calzada de mármol con dragones esculpidos por donde el emperador era trasladado en palanquín a lo largo de su único bloque de 25 de metros de largo, que fue transportado a la Ciudad Prohibida sobre hielo para que no se rompiera.

En esta explanada que comunica el Salón de la Armonía Preservada con el Palacio de la Pureza Celestial, el Starbucks se ubica en un pequeño rincón dentro de uno de los muchos pabellones de madera que, ocupados por tiendas de souvenirs, pueblan el recinto.
El hecho de que la Ciudad Prohibida, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987 por la Unesco, albergue un local como Starbucks levanta ampollas entre los chinos desde que, hace siete años, abrió sus puertas. Para evitar controversias, sus responsables decidieron retirar los letreros de su fachada, pero ni por ésas han podido acallar las voces que claman por su expulsión del antiguo palacio imperial.
El último en abrir este debate fue el diputado Jiang Hongbin, quien aprovechó la celebración de la Asamblea Nacional Popular (el máximo órgano legislativo de China) para pedir su cierre el pasado mes de marzo. Starbucks debe salir de la Ciudad Prohibida inmediatamente porque no se le puede permitir que siga mancillando la cultura china por más tiempo, aseguró el parlamentario, que recoge el testigo de la cruzada contra la marca estadounidense lanzada por el presentador de televisión Rui Chenggang.

Aunque resulte bastante chocante, el caso de Starbucks no es el único, ya que entre los 800 edificios y casi 9.000 habitaciones existentes en el recinto hay numerosas tiendas de regalos, salones de té y cantinas y hasta otra cafetería de la cadena Jazz Island, situada dentro del Jardín Imperial.
Por otra parte, todas las señales indicativas lucen la marca del patrocinador, American Express, y hasta el reverso de la entrada lleva publicidad.
Para defenderse, los responsables del recinto argumentan que los ingresos aportados por dichos locales y anunciantes sirven para el mantenimiento de las instalaciones.
Una buena prueba de que en la nueva China comunista todo es negocio, incluyendo, por supuesto, valiosos patrimonios culturales como la Ciudad Prohibida o la Gran Muralla, uno de cuyos tramos era alquilado hasta hace poco para celebrar cada verano una multitudinaria fiesta rave que provocaba graves desperfectos al monumento. Pero ésa es otra historia

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