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Blogs Puentes de Palabras por José Manuel Otero Lastres

El suicidio de los yihadistas

José Manuel Otero Lastres el

En la entrada de ayer en el blog hice algunos comentarios y reproduje algún pasaje del libro recientemente publicado por el neurocirujano británico Henry Marsh, titulado “Ante todo no hagas daño”. Hoy me vuelvo a servir de lo narrado por este prestigioso doctor para referirme a los malos tragos que pasaba cuando tenía que anunciarle a un paciente que le quedaba muy poco tiempo de vida.

Y aunque había unos que lo escuchaban con más entereza que otros, lo cierto es que no recuerdo haber leído que uno solo de sus pacientes hubiese admitido la cercana muerte con absoluta indiferencia. Antes al contrario, los ingresados y sus familiares solían recibir con gran pesar, profunda desesperación y hasta rebeldía la pésima noticia de su inevitable y anunciado próximo final.

Viene esto a cuento porque pienso que la gran mayoría de los mortales, no es que aceptemos muy mal el hecho de nuestra muerte, es que procuramos pensar en ella lo menos posible como si se tratara de un acontecimiento que solo les va sucediendo a otros. Dicho más llanamente, en nuestra manera racional de ver la vida pienso que en lo concerniente a la muerte preferimos situarnos en la incertidumbre de cuándo sucederá que en la certeza de que indefectiblemente ocurrirá.

Por eso, situados en el plano de nuestra “racionalidad” nos cuesta, al menos a mí, comprobar que hay sujetos, los yihadistas, que son verdaderos asesinos, que llegan a convencerse de que su destino es morir, pero matando. Los que están impuestos en el mundo Yihadista suelen explicar esas conducta suicidas recurriendo a creencias religiosas. No solo no lo voy a discutir, sino que hasta lo admito.

Pero esto sentado no puedo menos que indicar que me llama la atención que cuando los medios de comunicación publican algunos retazos de las vidas de algunos de ellos (por ejemplo los que acaban de atentar suicidándose en Bruselas) suele tratarse de sujetos relacionados con los bajos fondos, las drogas o la delincuencia menor, que son ámbitos muy alejados del mundo religioso en el que supuestamente recibirían los impulsos irrefrenables para quitarse la vida.

Por lo que antecede, no dejo de pensar que, además de los pertinentes lavados de cerebro efectuados en las sesiones de adoctrinamiento yihadista, los que desprecian hasta ese grado su vida tienen que formar sus pensamientos y creencias desde una “racionalidad” completamente diferente a la nuestra. Tienen que formar su entendimiento a partir de una realidad muy diferente a la que vemos la gran mayoría de nosotros. No quiero decir que sean “irracionales” en el sentido de que “no tienen razón”, pero sí sostengo que su razón y discernimiento son completamente ajenos a los nuestros.

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