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Blogs Música para la NASA. por Álvaro Alonso

Te juro que no es demasiado tarde

Te juro que no es demasiado tarde
Álvaro Alonso el

En las notas originales del segundo disco de The Byrds, Derek Taylor cuenta cómo durante las sesiones de grabación en 1965 del álbum Turn! Turn! Turn! en los estudios de Columbia, aparecieron de observadores dos de los componentes de The Beatles: George y Paul. John les había avisado de que aquel grupo “tenía algo”. Buscaban ese algo, que había dejado maravillado al mundo con su primer disco Mr. Tambourine man. La grabación duró un solo día, igual que ocurriera con el anterior.

Era como un milagro. El sonido supralunar de la guitarra de doce cuerdas de Jim McGuinn y sus misteriosos arpegios, la compacta base rítmica de Hillman y Clarke, las armonías vocales en las que participaban los cuatro, todos excepto el batería, dejaron sin habla a George y a Paul; sobre todo cuando escucharon aquella canción cuyos versos salían del libro sagrado del Eclesiastés. Pete Seeger había poco antes adaptado el texto, para convertirla en una canción folk que sería incluida en el tercer álbum de la cantante Judy Collins. The Byrds lo que hicieron en aquella jornada de grabación no fue solamente transformarla en una canción de rock eléctrico de guitarras, sino en un símbolo generacional.

Pese a que se ha querido ver en ella una canción antibelicista, en realidad apelaba a la compasión y al sentido común. “Hay un momento para cada propósito bajo el cielo. Te juro que no es demasiado tarde”. Este último verso es el único que incluiría de su cosecha Pete Seeger. Pero es el que sitúa los textos del Eclesiastés, atravesando la frontera del sonido, en la sinrazón de mediados de los sesenta.

Las voces de The Byrds, de David, de Jim, de Chris y sobre todo de Gene, elevándose en los peldaños de las escaleras de acordes de guitarras que parecían multiplicarse, entre versos que hablaban por encima del tiempo, mantuvieron mudos y extasiados a Paul y a George, que no olvidaron nunca aquel día y lo que allí habían visto y oído.

En aquellos vertiginosos años The Byrds, luego escindidos y con apasionantes carreras en solitario de la totalidad de sus miembros, se convirtieron en la banda por antonomasia del sonido de guitarras. Su estética era intachable. Rozaban la perfección en todo lo que hacían. Cientos de miles de fans adolescentes eloquecían cada vez que se subían a un escenario. Luego, cada uno a su manera buscó su propio camino en una u otra forma de misticismo.

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