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Los veranos extravagantes de Eduardo VIII

Los veranos extravagantes de Eduardo VIII
María Luisa Funes el

El dandy más extravagante del siglo XX fue probablemente Eduardo VIII, duque de Windsor.

“The Duke”, por antonomasia, fue un personaje controvertido en la corte británica.  Las imágenes recientemente aparecidas, en las que incita a una reina Isabel II aún niña a saludar como el ejército alemán, no han mejorado las cosas. Pero este hombre,  que reinó mal y poco, fue el verdadero dandy del siglo XX.

El dandismo supone encontrar una manera compleja de utilizar las prendas habituales, mostrando signos distintivos de una clase social y prestando atención a los detalles más sofisticados. Los burgueses británicos de finales del siglo XVII crearon esta corriente de refinamiento al vestir, que más tarde se fue extendiendo por Europa. Beau Brummell, amigo personal del antepasado del duque, el rey Jorge IV, había comenzado esta tendencia.

Eduardo VIII, mostró desde joven una gran afición a adoptar las vestimentas de los campesinos en sus actos públicos o a elegir prendas de distintas zonas del mundo para vestirse.

Hizo popular para siempre el traje príncipe de gales, que ya había comenzado a utilizar su abuelo, hecho con la tela a cuadros de un clan escocés.

El duque de Windsor puso de moda los gruesos jerseys de Shetland; inventó los zapatos “brogue”,  cuando apareció en un partido de golf con zapatos perforados, tal y como había visto hacer a los campesinos irlandeses, habituados a agujerear su calzado para facilitar su secado tras un día lluvioso. Creó la habitual tendencia de la vuelta en el bajo del pantalón, algo que ideó cuando visitaba la campiña  y se remangó los pantalones para no mojarse.

Puso de moda el esmoquin azul cruzado con las solapas redondeadas,  el grueso nudo “Windsor” de la corbata y los zapatos de ante marrón con trajes grises o azules de vestir para el día. Escogía pajaritas de tamaño mayor al habitual, corbatas con tartanes británicos y pañuelos de bolsillo en cachemiras de la India, combinando todo con gran maestría.

Pero cuando más destacaba, era con su excéntrico estilo casual. Ya exiliado de su país y durante las vacaciones, mostraba un despliegue de curiosos atuendos.

Se cuenta que en una fiesta en el Marbella Club durante los años 50, cuando todos los señores acudieron en esmoquin a sabiendas de que el duque asistiría, Eduardo VIII se presentó con camisa de palmeras, más propia de un chambao caribeño que de una cena de postín. Todos los invitados corrieron a imitarle, eligiendo prendas menos vestidas.

Durante uno de sus viajes a Italia, como vemos en la fotografía tomada en el hotel Excelsior Palace de Rapallo, en Liguria, apareció con zapatos blancos de suela gruesa –una tendencia de los “modernos” actuales- y una  estrambótica bata cruzada con dibujo de inspiración japonesa. Iba acompañado de su esposa, Wallis, que a su edad se permitía ir en minifalda y blazer blanco.

El duque de Windsor no dudaba en aparecer de un absoluto sport en público o vestir extremadamente formal en su propia casa. Este hombre, que marcó profundamente la vestimenta occidental para siempre, se permitía todas las licencias imaginables, muchas de las cuales se convirtieron en clásicos intemporales.

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