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Los efectos de una bandera

Los efectos de una bandera
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Que colocaran ayer la bandera de España en la fachada del ayuntamiento de Madrid tuvo un efecto curioso. Durante todo el día pudimos ver las manifestaciones de inquietud sobre lo que sucedía con la bandera gay. Si se colgaba o no, si su tamaño era el “tradicional” o no, si se colgaba a la hora debida o unas horas tarde, incluso su posición y tamaño relativo respecto a la bandera española. Asomaba una gran preocupación por la bandera. Una preocupación nueva, con un nivel de exigencia y detalle casi protocolario o diplomático. Casi militar, como de militares ante un cambio de guardia.
Esto es nuevo. Toda la vida, desde que tengo uso de razón, he escuchado que la bandera “sólo es un trozo de tela”. Durante años se ha ultrajado la bandera española ante el más olímpico pasotismo de casi todo el mundo, muchos de los cuales ayer observaban la necesidad oficial de colocar la bandera del arco iris con una fidelidad absoluta a lo que se considera pertinente en cuanto a longitud, posición, y condiciones de izado, como si fuera una cuidadosa ceremonia castrense en el Alcázar.
¿Ya importan las banderas? ¿Entendemos desde hoy que deben figurar en sus sitios oficiales? ¿Comprendemos de repente la solemne importancias de las mismas o de los himnos?

La colocación de esta bandera española adicional parecía un acto redundante y movido por el ánimo “rosendiano” de incordiar, pero ha provocado un segundo efecto casi malicioso: ha despertado a parte del llamado centrismo, su conciencia vigilante de lechuzos institucionales. En este centrismo nuevo son, precisamente, como Cármenes Lomana de lo democrático. Son medidores de estilo, del largo de la falda, del número de cuchillitos en la mesa pública, y han llegado a la conclusión de que un ayuntamiento no puede ir colgando banderas fuera del mástil oficial, aunque para ello hayan tenido que comparar la española con una independentista o un lazo reivindicativo. Pero entonces, si es así, ¿por qué no han dicho nada o han dicho tan poco mientras el ayuntamiento de Madrid y casi todos los edificios oficiales se convertían en un panel de anuncios de las mejores intenciones? Asomaba aquí, como un meñique enhiesto y familiar llegando a lo lejos, la habitual contradicción de nuestro centrismo, su escrúpulo cuestionable y siempre finalmente caprichoso, esa a veces irritante figura del medidor de la pulsión ajena, del virólogo un poco pedante y gratuito que trata de evitar a toda costa que los demás contraigan unas fiebres tifoideas de las que él está a salvo.

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