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Lecciones, las justas

Lecciones, las justas
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Hay una frase que decimos mucho ahora. Lo de “tú a mí no me vas a dar lecciones”. Hoy creo habérsela escuchado al ministro de justicia, me parece que dirigida a Irene Montero, de Podemos.
“Lecciones de usted, las justas”. Se puede decir con algo de gracia, como advertencia garbosa, como un “no me hagas hablar”, o con chulería, que es como más se escucha. La frase tiene un punto de farruquismo hispánico importante, y suele aparecer al inicio de una discusión. Hay un reproche de la otra parte y, de repente, tajantemente, le recordamos que en esa materia concreta –aunque la inhabilitación pudiera extenderse a otros campos– no tiene autoridad para recriminarnos nada. Se expresa como una forma de igualación terminante en el diálogo. Estamos a la par, así que chitón.
Es una frase soberbia que nos coloca en la posición de administrar quién nos da las lecciones, cuando las lecciones nos suelen llegar desde donde menos esperamos.
Se habla constantemente de dialogar, pero con una frase así guardada dentro, ¿qué dialogamos? Si yo no te puedo dar lecciones, porque no mes las admites, ni tú a mí, ¿adónde va a ir a parar nuestro potencial diálogo socrático? A ninguna parte.
De ti admito un cigarro, los buenos días, el parte del tiempo, e incluso una opinión, pero una lección no. Es un poco como si todos estuviésemos matriculados en la UNED. Ya tenemos quien nos la de. Es todo no presencial.
Dicha por un político, la frase es poco elegante porque bloquea la discusión con un ad hominem y evita explicaciones y graduaciones. Es una frase muy del consenso: como todos estamos más o menos en lo mismo, ni me diga ni le diré.
Cuando he usado esa expresión me he arrepentido. Es una escalera hacia perder los papeles. A veces agarra una cadencia obsesiva y como iracunda: “No, no, lecciones ni una, eh, me dices lo que quieras, ¡pero lecciones ni media!”. La palabra “lección” acaba convirtiéndose en algo humillante. Es como si fuéramos tenientes y viniera a darnos instrucciones un cabo. O mejor, como si los dos fuéramos cabos.
Quizás sea una reacción a la fuerte tendencia actual al sermoneo y a la reconvención, pero la expresión tiene un punto bárbaro, refractario, que tolera al otro pero no le admite nada, y que deja las cosas en una rasero tras el que poco ya se puede decir.

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