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Elogio definitivo de la mariliendre

Elogio definitivo de la mariliendre
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En “Dolor y Gloria”, la última de Almodóvar, hay un homenaje que no sé si se ha reconocido lo bastante. En el yermo existencial del personaje, en el que ya no hay amor, ni amigos, ni madre, ¿qué queda? Queda el dolor. Los mil dolores que le aquejan. Y queda la obra, el cine, “el cine de mi infancia, que olía a pis y jazmín”. Sí, pero no solo. Hay un personaje en el que no se repara lo suficiente: el de su asistente personal. Una mujer que interpreta Nora Navas y que es casi todo para él. Le lleva los negocios, le lleva la agenda, le lleva las visitas a los médicos, le asiste con urgencia y abnegación, le escucha y es tan importante que acaba instalada en la cama de la madre en su piso.
Mercedes, que así se llama, no recibe grandes palabras de amor. Almodóvar/Banderas casi da por descontada su existencia. Le une un vínculo profesional, otro personal y una especie de devoción, algo que coloca al hombre/artista en una posición superior en la que ella asiste y cuida. El potencial de crítica feminista que esto tiene supongo que estará siendo explotado, pero a mí me interesa otra cosa.
Lo que la Mercedes de Dolor y Gloria supone es un homenaje total de Almodóvar a un tipo de mujer que está en su cine y en la sociedad: la mariliendre.
La amiga devota del gay, la mujer que ha especializado su sensibilidad en el homosexual. Un tipo humano que además de una constante almodovariana en obra y vida (esos sequitos suyos maravillosos de lolesleones), es una realidad social que aquí Almodóvar eleva, sitúa en un plano superior.
En el universo de relaciones, esa amistad adquiere una importancia definitiva con la edad, a medida que se va acercando lo serio de la vida.
Cuando ya se ha ido todo, cuando la madre (¡la totalización sentimental, rural, manchega y temporal de Al-Modóvar!) ya no está, cuando los actores son amigos del ayer y con todos se ha discutido o agotado el vampirismo, cuando incluso uno mismo es dudosa compañía queda ella.
En el páramo metafísico de la existencia queda la mariliendre como figura de postrimería, como última resistente.
La coincidencia temporal de “Dolor y Gloria” con “La Mula” de Clint Eastwood fuerza a comparaciones tan odiosas como involuntarias. En La Mula hay un mensaje-testimonio: centraos en la familia, lo demás no importa. Eastwood transmite una última alegría de vivir y ese consejo sabio y reconfortante. Hay un plano muy bonito en el que está enfrentado a Bradley Cooper, Bradley en posición superior, Clint menguante, y lo repite por segunda vez: nada más importa.
En Almodóvar hay una sensación algo desesperante de esterilidad (que es la sensación que va dejando la cultura del 78), sin muchos sitios donde volver. “Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope”. El Almodóvar del dolor quisiera ser, pudiera parecerse o tener algo cernudiano.
El Tiempo es irrecuperable, el Pueblo se lo llevó la Madre, los amores ya no están (están tan lejos como en Buenos Aires, tan imposibles que han cruzado el charco físico y el sexual), y en ese estado de soledad y farmacopea queda el cine, queda la ciencia médica (la sotana negra del principio, la bata blanca del final) y queda la mariliendre.
La mariliendre es la conciencia asistencial. La mariliendre es ser asistencial, es ser cuidador (¡Gran Mariliendre estatal! ¡Oh, Estado Mariliendre!). Es en cierto modo continuidad de la madre, una continuidad imposible, pero necesaria mediante una amistad indestructible que está reforzada con el titanio de lo profesional y de la devoción artística.
La madre almodovariana, que es nuestra madre manchega, genial, entrañable, tradicional, surrealista, inacabable, será sustituida por la mariliendre urbana, paciente, previsible y coherente.
Creo que la Mercedes de Dolor y Gloria, que no es graciosa (la graciosa es la asistenta que dice “Señora, aquí todo es raro), que no es en un sentido estricto “almodovariana”, supone un tránsito en la importancia de ese personaje secundario pero cada vez más importante en Almodóvar y en la vida.

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